Paradoja PJ: bueno para la provincia, malo para la ciudad

El electorado tiene una especie de cita a través de un “Tinder político” con la fórmula del PJ para la Municipalidad. Los conoce a través de campañas electorales, las redes sociales o por referencias del gobernador. No han sido los típicos militantes territoriales, que han construido su capital político cara a cara desde los barrios o las seccionales, sino dirigentes de alcance provincial que ganaron fama desde sus localidades de origen.

Por Pablo Esteban Dávila

Extraña paradoja la del peronismo capitalino. Ha dado a la provincia dos gobernadores con pretensiones de estadistas y de clara proyección nacional, pero no ha sido capaz de generar un dirigente capaz de ganar la Municipalidad de Córdoba.
No es un hándicap reciente. El último intendente peronista fue Juan Carlos Ávalos (de origen catamarqueño), electo el 11 de marzo de 1973, hace 46 años atrás. Germán Kammerath fue un riojano extrapartidario y no debe ser registrado dentro de esta contabilidad. Bueno para la provincia, malo para ciudad; este parece ser el destino de tango que le ha tocado en suerte al justicialismo local.
Hay que reconocer que tanto José Manuel de la Sota como Juan Schiaretti, cada uno a su turno, fueron perfectamente conscientes de esta singularidad. Por tal motivo, sus administraciones fueron abundantes en obras e inversiones para la Capital pese a que, en rigor, fue el interior provincial la plaza fuerte de su sostén político, especialmente desde 2003 hasta la fecha.
Pero todos sus esfuerzos resultaron en balde. El municipio siempre les fue esquivo. Probaron con Alfredo Keegan (que tampoco era del PJ), Roberto Chuit, Héctor “Pichi” Campana (también extrapartidario) y con Esteban “Tito” Domina sin lograr convencer al electorado citadino. Para mayor mortificación, la ciudad prefirió votar a candidatos aleatorios, casi experimentales (Luis Juez, Tomás Mendez) antes que a sus postulantes, generalmente sobrios y moderados, tal como la clase media cordobesa.
Más de una vez Schiaretti y su antecesor se habrán preguntado qué demonios sucedía en el distrito, de cómo permear a vecinos que preferían votar cualquier cosa antes que la oferta oficial del justicialismo. ¿A tanto llegaba la desconfianza? ¿Cómo es que todavía existía semejante resiliencia antiperonista? ¡Si hasta ambos tenían el acento de Córdoba capital con el que Rodrigo Bueno se hizo archiconocido en el país!
Para romper el maleficio hizo falta recurrir a dos dirigentes del interior provincial que, para mayor curiosidad, también fueron intendentes en sus respectivas ciudades: Martín Llaryora lo fue de San Francisco y Daniel Passerini de Cruz Alta. ¿Será esta la fórmula del éxito tantas veces negado? Las encuestas así lo sugieren. Sólo existe un antecedente, aunque a escala más reducida, de una transmutación similar. El radical Luis Brower de Koning fue alcalde de Villa Ascasubi en 1991 y 1995 y, en 2003 y 2007, también de Río Tercero.
Habría que recordárselo, tal vez, al jefe político del señor Brower de Koning. Ramón Javier Mestre, hoy candidato a gobernador por el radicalismo, ha señalado con alguna malicia que “ya tuvimos un intendente de Córdoba que fue de San Francisco”, en obvia referencia a Daniel Giacomino, sugiriendo implícitamente que, con él, las cosas no anduvieron bien. El ejemplo no sólo adolece de la falacia ad hominem (el exintendente reside aquí prácticamente desde su egreso de la Universidad Nacional) sino que, por añadidura, parece negar el carácter cosmopolita que ostenta la ciudad.
Bueno es recordar que sólo las urbes importantes cuentan con el acervo de gente de diverso origen geográfico y social en posiciones encumbradas. Este hecho constituye un verdadero certificado de grandeza, la prueba concluyente de la aptitud de una ciudad por asimilar exitosamente a personas que han decidido abandonar sus lugares de origen y hacer de la nueva metrópolis su tierra prometida. Mestre debería saberlo de primera mano: su padre fue sanjuanino de origen y a nadie pareció importarle cuando resultó electo intendente por dos períodos consecutivos. El chauvinismo no es un patrimonio cordobés peses a las características ínfulas de insularidad.
Además, la gente del interior suele gozar, en sus ciudades adoptivas, de buena prensa. Así lo dicen los focus groups contratados en ocasión de la campaña electoral. En general se los considera, textualmente, “menos mentirosos y más sanos” que los nacidos y criados en la capital. Estos atributos son especialmente idóneos para explotarlos políticamente.
Amén de ellos, también debe considerarse que tanto Llaryora como Passerini son residentes más o menos estables. El primero vive en Córdoba desde que asumiera, allá por 2013, como ministro de industria en la tercera gestión de De la Sota, en tanto que el segundo desempeña responsabilidades públicas (como legislador o como funcionario) desde, por lo menos, el año 2005. No son pocos años ni son recién llegados, aunque, hasta ahora y en rigor, su foco no haya estado en temas estrictamente municipales.
De cualquier manera, el electorado tiene una especie de cita a través de un “Tinder político” con la fórmula del PJ. Los conoce a través de campañas electorales, las redes sociales o por referencias del gobernador. No han sido los típicos militantes territoriales, que han construido su capital político cara a cara desde los barrios o las seccionales, sino dirigentes de alcance provincial que ganaron fama desde sus localidades de origen. No obstante, reclamar desconocimiento de la ciudad (de esta o de cualquier otra) por el hecho de no haber crecido en ella es un atavismo. En un mundo global todos somos ciudadanos del mundo y, potencialmente, habitantes de cualquier lugar. El certificado de nacimiento no es, por consiguiente, una prueba de competencia para entender en políticas públicas locales.
Una cosa es clara, no obstante que anecdótica: si Llaryora llegase al Palacio 6 de Julio, el peronismo podrá ufanarse de gobernar la segunda metrópoli del país, pero con un hombre que sólo vivió un cuarto de su vida en la Docta. Sus compañeros capitalinos deberán esperar, por lo menos, cuatro años más para demostrar que no sólo son capaces de producir gobernadores prestigiosos sino también un intendente a la altura de esta vara.



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