Relevo generacional centralmente planificado

Schiaretti bien se ha cuidado de afirmar explícitamente que habrá que buscar entre Llaryora, Calvo y Passerini el futuro del peronismo y es seguro que no lo hará en lo inmediato.

Por Pablo Esteban Dávila

Entre las frases crípticas que dejó Juan Domingo Perón para la posteridad figura, en un lugar destacado, aquella del “trasvasamiento generacional”. Aunque intuir el significado del sintagma es relativamente sencillo, es más complejo desmembrarlo en sus componentes. ¿Trasvasar qué? ¿Generación en el sentido de Ortega y Gasset (15 años) o en uno metafórico? Como era su costumbre, el general dejó también este aspecto de su doctrina sin explicar del todo.
Para empeorar las cosas, no sólo la definición quedó pendiente, sino que tampoco hizo ningún esfuerzo para “trasvasar” absolutamente nada. A su muerte no había ningún heredero digno de tal nombre. Apenas su mujer, con suerte un fantoche de las circunstancias, para hacer frente a las contradicciones que, desde el exilio, él mismo se había encargado de exacerbar. “Mi único heredero es el pueblo”, sentenció poco antes de morir. El resultado fue el caos.
La sucesión, ya lo hemos dicho en otras oportunidades, en uno de los problemas centrales en la ciencia política. Quien tiene el poder no quiere dejarlo y si, impelido por el principio de la alternancia republicana, no tiene otro remedio que hacerlo, es humano que se vea tentado a dejar latentes las posibilidades para regresar lo antes posible. En Córdoba, la dinámica sucesoria entre José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti fue un buen ejemplo de cómo un problema tan complejo podía ser abordado desde una perspectiva pragmática. Los 20 años del peronismo constituyen una verdadera editorial sobre el éxito de este experimento.
Sin embargo, y como cualquier construcción humana, aquel pacto implícito no podía continuar sine die. La prematura muerte del exgobernador y la imposibilidad del actual de aspirar a otro mandato (siempre que, por supuesto sea efectivamente reelecto en el presente turno electoral) supone un desafío que tensa la cuerda sucesoria al máximo.
Schiaretti, en este sentido, podría haber hecho la “gran Perón” y haber dejado el entuerto a los demás. De triunfar el próximo 12 de mayo, hacia 2023 bien podría haber optado por un retiro glorioso o transformarse en uno de los grandes electores de la Argentina, sin mayores preocupaciones por lo que ocurriese en su patria chica. Se lo tendría bien ganado. Pero este no es su talante, como tampoco lo era el de De la Sota. Nunca estuvo en sus planes dejar librado al peronismo a su suerte. El embrión de solución al problema debía implantarse ahora, y esto es precisamente lo que ha hecho: trasvasamiento generacional centralmente planificado, con perdón de la evocación colectivista.
La designación de Manuel Calvo como candidato a vicegobernador es, en este sentido, una de las pinzas de la tenaza que tendría que cerrarse dentro de cuatro años. La otra se encuentra integrada por el binomio Martín Llaryora – Daniel Passerini, aspirantes a intendente y viceintendente, respectivamente, de Hacemos Córdoba. Entre ellos existe sinergia y, debe decírselo, también contrapesos.
Estos dirigentes se encuentran dentro del intervalo de clase de los 40 y 52años, una plataforma etaria desde la cual todo puede hacerse. Todos tienen trayectorias razonables, han ganado elecciones en sus territorios (Llaryora y Passerini fueron intendentes, Calvo ganó elecciones de legisladores departamentales) y cuentan con experiencia de gestión. Distan de ser fenómenos coyunturales, como lo fueron Tomás Mendez o el primer Luis Juez. Son hombres de partido y habituados al cursus honorum. No son outsiders; sus rebeldías (a Calvo no se le conoce ninguna) no han pasado de amagues lícitos con el fin de lograr posicionamientos internos.
Schiaretti bien se ha cuidado de afirmar explícitamente que habrá que buscar entre algunos de ellos el futuro del peronismo y es seguro que no lo hará en lo inmediato. De triunfar en mayo tendrá que vérselas con dos largos años antes de que deba afrontar fenómeno del pato rengo. Pero, sin duda, las cartas han sido echadas y sus protagonistas están leyendo atentamente los pros y las contras de las posiciones en las que el gobernador los ha colocado.
De los tres, Calvo es el que, quizá, la tenga más fácil. Si, como todo indica, finalmente asume como vicegobernador, tendrá un punto de partida desde elque generar su propia épica. Los antecedentes lo ayudan. Germán Kammerath saltó a la intendencia de la ciudad de Córdoba desde la vice gobernación y el propio Schiaretti la utilizó como lanzadera hacia el gobierno. Si Alicia Pregno pasó al olvido fue porque De la Sota siempre supo que Schiaretti habría de reemplazarlo en cumplimiento de la regla establecida.
No es la misma situación de Llaryora. El sanfrancisqueño tiene que ganar la intendencia, una posibilidad de la que, a diferencia de la gobernación, se tienen menos certezas. Y, si por ventura lo lograse, todavía tendría que demostrar que es el alcalde a la altura de lo que la ciudad necesita. Recién en tal momento podría reclamar, con algo de realismo, el máximo sitial de la provincia y siempre teniendo en cuenta que, a diferencia de Calvo, la historia no parece estar de su lado: el último intendente en recalar en la gobernación fue Ramón Bautista Mestre, casi veinticinco años atrás.
Passerini, entre ellos, es el menos afortunado. Si su fórmula triunfase, le esperaría el destino de presidir el Concejo Deliberante y es difícil pensar que, desde tal lugar, pudiese disputar la gobernación sin chocar fatalmente con Llaryora, de quien se supondría las mismas intenciones. Desde la sanción de la Carta Orgánica en 1995 sólo un viceintendente ha logrado proyectarse, aunque más no sea en forma efímera, hacia responsabilidades más elevadas. Daniel Giacomino, de él se trata, sucedió a Juez en 2007 y heredó de lleno sus problemas hasta que, cansado de que su líder y amigo lo reconviniera por los medios, rompió con él y, también, con sus propias chances de prosperar políticamente. Es un hecho que Passerini deberá arremangarse y tener una creatividad sobrenatural para transformar su cargo en un verdadero trampolín político.
Los avatares del terceto son, por ahora, territorio de la especulación, pero no lo es el hecho de que Schiaretti se haya tomado muy en serio el futuro del peronismo. A diferencia de De la Sota y de él mismo -dirigentes consumados y con vuelo propio antes de los 40 años, no obstante que en la oposición-los candidatos bajo análisis no surgen de ninguna revuelta o crisis intestina; son, diríase, el producto de una planificación más o menos sopesada. Los históricos camaradas del gobernador son ellos mismos productos de otra época y, quien más, quien menos, comparten con él edades y categorías cognoscitivas similares. Sin De la Sota, quienes protagonizaron el triunfo del PJ a finales de los ’90 están llegando al clímax de su experiencia y sus expectativas. Es algo natural, parte de la evolución política, que deban buscarse otros horizontes generacionales.
Pero hay un dato que debe ser adecuadamente subrayado: ni Llaryora, ni Calvo ni Passerini son sucesores avant la lettre. No existe nada de inevitable en sus designaciones, ni predestinación ni pulseada interna que hayan ganado a sangre y fuego. Técnicamente, son sólo herederos de la fortuna política amasada por De la Sota y Schiaretti; como tales, deberán cuidarla y, con suerte y talento, acrecentarla. Ninguno tiene el destino de Bill Gates en su carta astral política, ni se advierte en ellos -al menos por ahora- la impronta de una nueva dinastía, renovación de ideales, promesas cambio de ciclo o de utopías. Quizá sea el símbolo de los nuevos tiempos, el de una adocenada república de dirigentes con experiencias acumulativas y no disruptivas, tan típico de los usos y costumbres contemporáneos de nuestra provincia.



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