Grite, presidente (y haga crecer a Lavagna)

Ese parece ser el consejo por el que el gobierno nacional ha empezado a cambiar su discurso, pasando de la tibieza a los gritos, que tienen un nuevo destinatario: Roberto Lavagna.



Por Javier Boher
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Desde el gobierno nacional han tomado nota del hartazgo de la gente, ese colectivo deforme que ha reemplazado la vieja referencia al pueblo, otro término que a esta altura tampoco denomina nada. Eso sí, aunque no exista realmente, al final de las vueltas ese colectivo sin nombre es el que pone y saca gobiernos.
Macri inauguró las sesiones del Congreso con un discurso en el que trató de mostrar los dientes, pese a que su personalidad no marida con el tono combativo y de trinchera. Es muy difícil presentarse como un Rambo musculoso cuando en realidad se es como el Coronel Trautmann, que daba órdenes por radio y con su uniforme siempre impecable.
El cambio en la habitual tibieza del gobierno es palpable, con un giro comunicacional evidente. Ayer, al mencionar las propuestas de una salida simple y sin dolor para la crisis que vive el país (en clara referencia a los dichos de Lavagna y el eterno reflejo populista de prometer el oro sin tener que picar la piedra), se mostró ofuscado, diciendo que siempre le molestó la mentira. Presentarse como el bueno no es nuevo, pero oponerlo al comportamiento de un contendiente que no sea Cristina sí lo es.
Algunos consultores han reconocido este cambio, pero lo entienden como algo negativo. No tanto a lo de mostrar que tienen sangre en las venas -algo sobre lo que ya empezaba a haber dudas- sino sobre la decisión de elegir a Lavagna como candidato opositor: ¿cuál es la ganancia de bendecirlo como rival desde el poder, siendo que todavía no se ha oficializado su candidatura?.
Muchos entienden que el gobierno se ha apurado a abrir el paraguas, porque alimentan las posibilidades de que el peronismo encuentre finalmente el candidato del consenso. Aunque esa sea una posibilidad cierta, todo sigue en supuestos.
Las negociaciones en el peronismo siguen activas, especialmente en la provincia de Buenos Aires, territorio que necesita ser conquistado si se aspira a ganar una elección presidencial. Los promotores de la candidatura de Lavagna no son, precisamente, los dueños de esos votos.
El kirchnerismo duro sigue siendo el dueño de los votos peronistas del conurbano, y en la medida en la que no se logre cerrar allí un acuerdo, la cosa difícilmente cambie para los que apoyan la candidatura del ex ministro de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner.
A eso se debe sumar la posición de Sergio Massa, que aunque forma parte de Alternativa Federal no quiere desistir de su carrera presidencial. Quizás el favor que Macri le hizo a Schiaretti permitiendo la fractura de Cambiemos en Córdoba sea la condición por la cual el gobernador de Córdoba sostiene un frente en el que todavía ninguno depuso sus aspiraciones personales.
Otro miembro del gobierno que mostró su enojo con Lavagna impulsándolo como rival fue Nicolás Dujovne, el ministro que tiene a su cargo la delicada situación económica. Chicaneó al ex ministro planteando la debilidad del crecimiento del que se jacta, con algo de razón: si te piden ganar peso, no es lo mismo que sea de músculo que de grasa, aunque la balanza en los dos casos diga que estás creciendo.
La estrategia comunicacional está cambiando, con un perfil más activo en la demostración de obras, en los cambios cotidianos que ya pasan desapercibidos y en la identificación de un “enemigo” concreto. Por supuesto que esa selección deja afuera los desaciertos, que será responsabilidad de la oposición mostrarlos en toda su magnitud.
El candidato que el gobierno está reconociendo como rival, el que está tratando de posicionar Duhalde y con el que quieren acercar a los kirchneristas nostálgicos de la bonanza nestorista es un hombre que no quiere internas porque tiene la certeza de que no las gana. Y sin poder domesticar su propia fuerza pretende salir a conquistar el favor de la mayoría de los argentinos.
La lectura de los estrategas del gobierno parece basarse en eso, en la ilusión del candidato de consenso: está al alcance de todos y los unifica en una idea de proteccionismo económico que, sin embargo, no logra eliminar las desconfianzas en lo político.
Quizás el enojo con Lavagna y los apologetas del intervencionismo irresponsable sea una estrategia que -en la cabeza de los que piensan hacia dónde mover sus próximas fichas- se presenta como la que los conducirá a la felicidad de la victoria una vez que pasen las elecciones.



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