Señal de alarma

Apenas 11 años después de sus primeras canciones exitosas y con tan sólo 25 años de edad, Justin Bieber es hoy un claro ejemplo de ese síndrome autodestructivo que ha hecho añicos la carrera de varios cantantes de su misma generación, marcada por las exigencias cada vez mayores del negocio musical.

Por J.C. Maraddón
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bieberMuchas cosas han cambiado en los últimos años en la industria discográfica, pero hay aspectos bastante oscuros de ese negocio que parecen no haberse modificado. Por el contrario, la utilización de los músicos como meros objetos de consumo que se usan y se tiran, se ha tornado cada vez más brutal, por parte de un circuito de producción que, en su búsqueda de acelerar cada vez más la generación de ganancias, no trepida en emplear los métodos menos recomendables. Por supuesto, a los efectos colaterales de este mecanismo los sufren los propios ídolos, que rápidamente caen en desgracia debido a conductas que atentan contra su propia salud física y mental.

No es para nada nuevo este fenómeno, que lamentablemente se sigue reiterando, pese a la existencia de un largo archivo con decenas de nombres correspondientes a figuras musicales que no salieron vivos de su salto al estrellato. Y otros que remiten a intérpretes que sufrieron todo tipo de trastornos, cuyas consecuencias no fueron mortales pero los pusieron al límite de la subsistencia. No faltan, tampoco, los casos en que las presiones propias de la popularidad y de las exigencias laborales condujeron al suicidio a esos famosos que, pese a su aura de superioridad y liderazgo, no dejan de ser tan humanos como cualquiera.

En algún momento, el rock rindió culto a estos relatos trágicos, porque encontró en ellos el material para contruir una épica que contagiara a su seguidores y que los invitara a jugarse por enteros con tal de ser dignos de los preceptos de este género tan particular. Sin embargo, a la larga esta mística pasó a ser funcional a los intereses industriales, que lucraban a mansalva con la memoria de estos rockeros que habían cumplido con el precepto de vivir rápido y morir jóvenes. La crueldad de esta metodología, aunque parezca mentira, se expandido hacia otros estilos musicales.

El pop, que desde su origen representó el papel del hermano ejemplar frente al perfil impresentable del rock, se deslizó también por la pendiente que lleva a los excesos y los desquicios mentales que dejaron de ser exclusivos de los héroes del rocanrol. Y este nuevo milenio ha sido prolífico en situaciones desagradables, que involucran a jóvenes artistas, idolatrados por sus congéneres sobre el escenario, aunque al apagarse las luces su estado de ánimo se torne irascible, descontrolado, antipático y hasta repudiable. Para colmo, al resignar parte de los porcentajes que antes percibían por la venta de discos, ahora deben redoblar su presentaciones en vivo, lo que representa un esfuerzo que no muchos están en condiciones de afrontar.

A una edad en la que deberían lucir y vitales y eufóricos, a algunos se los ve con el rostro desencajado, ocultos detrás de capuchas y anteojos oscuros, recluidos en esa soledad que es propia de los que no pueden salir a la calle sin ser hostigados por sus seguidores. Los paparazzi, los fanáticos y hasta los mánagers los someten a una estresante persecución que los asfixia y les impide gozar del bienestar que merecerían a juzgar por sus ingresos.

Apenas 11 años después de sus primeras canciones exitosas y con tan sólo 25 años de edad, Justin Bieber es hoy un claro ejemplo de este síndrome que ha hecho añicos la carrera de varios cantantes de su misma generación. Señalado por sus desplantes y sus actitudes violentas, Bieber es noticia por padecer un cuadro depresivo que se ha reflejado incluso en sus posteos en las redes sociales. Se supo que contrajo matrimonio hace pocos meses y todo indicaba que sus días eran más relajados, pero las informaciones de las últimas semanas lo desmienten. Que desde su más reciente álbum hayan transcurrido ya cinco años, no deja de ser una señal de alarma.



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