Papelón en debate por ley “anti barras”

El debate en comisión de la ley “anti barras dejó al desnudo el pésimo nivel de los diputados, que una vez más demostraron no entender qué significa “parlamento”.

Por Javier Boher
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anti barrasComo docente siempre me gusta tratar de explicar el origen etimológico de algunas palabras. Las que tienen raíz latina o griega suelen ser las más sencillas, pero hay otras que a los alumnos les cuesta un poco más identificar. Es el caso de la palabra “Parlamento”.
A algunos les puede resultar obvio, pero no a todos se les viene la palabra “parler”, francés para “hablar”. El Parlamento es el espacio al que se concurre a hablar, discutir o deliberar sobre las decisiones, no un lugar marcado por la imposición (como es el caso del Poder Ejecutivo, que ejecuta las decisiones).
Tan noble institución, central en todo régimen republicano y democrático, es fundamental en los sistemas parlamentarios (los más comunes en los países desarrollados). La tradición presidencialista de América Latina nos posiciona en ese selecto grupo de naciones atrasadas que considera al parlamento como una mera escribanía del poder de turno.
En el poder legislativo de la Argentina contemporánea revistan algunos de los peores representantes de la historia. Recintos que han visto pasar a grandes oradores, personajes de visión a largo plazo o representantes de sectores excluidos, hoy contienen a un rejunte de presupuestófagos que ven en la labor pública una posibilidad de extender su elevado nivel de vida a costa de los aportantes.
Ayer la discusión fue por el tratamiento en comisión del proyecto de ley “anti barras”, que el gobierno nacional logró aprobar en general el año pasado pero volvió a comisión por las modificaciones que los diputados trataron de hacerle al articulado en la votación en particular.
Las escenas de la reunión de ayer muestran el bajo nivel intelectual (o incluso cívico) de los elegidos para reflejar la voluntad popular en el Parlamento. Las acusaciones, los insultos y las puestas en escena desplazaron al debate maduro en torno a una ley fundamental para avanzar en el control de la violencia, la corrupción y los negocios en el fútbol.
A lo largo de la jornada, Facundo Moyano (el hijo de Hugo que coquetea con todas las ramas del peronismo) denunció oportunismo por el proyecto, que se propuso tras el escándalo que llevó la final de la Libertadores a España a fines del año pasado. Según Moyano, ese antecedente y las elecciones de este año marcan que el gobierno es “oportunista”, curiosa manera de referirse a un problema que obliga a legislar sobre los hechos.
El que apuntó contra Facundo Moyano fue Fernando Iglesias, que lo chicaneó con las actividades de su padre, que es presidente de Independiente, un club salpicado por denuncias de lavado de dinero, aprietes de los barras y el más grave, la red de pedofilia que llegó a varios clubes de Buenos Aires y el interior, casualmente de la que menos se habla.
Lo que vino luego fue un papelón: Iglesias le dijo a la diputada Moisés que no sea tonta, lo que se interpretó como si la tratara de tal (un error propio de legisladores que a duras penas entienden el sentido de las afirmaciones que los rodean).
La sobreactuación por la cuestión escaló a tal punto que la diputada ninguneó la labor de Iglesias como escritor, diciéndole que tenía un “cerebro de mono”, lo que fue complementado por el acting de Rodolfo Tailhade (uno de los diputados más ultakirchneristas) comiendo una banana para graficar el gorilismo de Iglesias (olvidando el orgullo que dicha etiqueta representa para vastos sectores del antiperonismo).
Finalmente, el intento por dilatar todo surtió efecto. Poco importó el pedido del cordobés Brügge para sancionar deportivamente a los clubes infractores (algo lógico en un ecosistema de organizaciones quebradas económicamente) o el pedido del diputado bonaerense Carlos Castagneto de consultar a los futbolistas (que seguramente disfrutan mucho jugar amenazados por los barras, incluso cuando están punteros, como en el recientemente conocido caso de Racing).
El nivel del parlamento está en uno de sus puntos históricos más bajos. Ganan peso las puestas en escena, las dilaciones y los insultos, todo en detrimento de su función primordial, el debate maduro de ideas. Quizás por eso a los alumnos les cuesta tanto entender el origen del término.



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