Tinelli se juega una de las últimas chances

Marcelo Tinelli suena cada vez con más fuerza como candidato del peronismo Federal. Quizás, otra vez, nos muestre que no es tan exitoso como parece.



Por Javier Boher
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Cada tanto aparece alguna cara nueva que viene a oxigenar la política. Quizás no sea toda una novedad, pero el cambio de lugar le suma algún puntito. La receta duranbarbista de llevar gente ajena a la política es cada vez más común entre partidos que, aunque siempre sumaron famosos, nunca los usaron en el lugar de los políticos de carrera.
El sueño de algunos miembros de la oposición es poder ungir como candidato a Marcelo Tinelli, uno de los hombres más importantes en la historia de la televisión argentina.
30 años de éxitos lo convierten en una de las personas más conocidas dentro del “star-system” argentino, espacio que ocupa con notables personajes de la cultura popular como Marley, el difunto Ricardo Fort, Guido Süller o Mirtha Legrand, grandes valores de la Ilustración criolla.
El bajo techo de los candidatos peronistas que caminan la provincia de Buenos Aires ha impulsado a muchos dirigentes a pedirle su candidatura, soñando con sumar algún punto que esté escondido detrás de su fama ajena al lodo de la política partidaria.
Ya recibió en su casa a Roberto Lavagna, quien suena para llenar el tramo a presidente en las múltiples combinaciones que emanan de las cabezas de los estrategas que conforman el peronismo federal.
Lavagna no dudó en llenarlo de elogios, no solo como conductor televisivo y dueño de un estilo propio para llegar a las pantallas de los hogares, sino también como empresario exitoso que paga 400 salarios por mes.
La realidad, o la historia reciente, desmienten un poco a los que consideran a Tinelli como un exitoso nato, que sienten que es casi como un Messi del empresariado.
Lejos de ser un dotado que siempre pudo triunfar por sus cualidades excepcionales, Tinelli siempre supo vender sus proyectos (y su propia imagen personal) muy por encima de sus capacidades reales. El nativo de Bolívar fue más exitoso arrancando favores de los políticos para exponerlos en sus vitrinas o condenarlos con sus bufones que en la gestión de cualquier proyecto que no fuese uno televisivo.
Su primer intento con el fútbol, frente al Badajoz de España, marcó que su único logro fue el merchandising que se vendía entre algunos fanáticos que cosechó en estas tierras.
Su segundo intento, con San Lorenzo, fue parcialmente exitoso. Como alguna historia reciente de la política argentina, puso la cara en buenos tiempos pero se escondió cuando los triunfos no acompañaron. Hoy el club marcha último e hiperendeudado.
Su intento por la AFA se resolvió en aquella votación fraudulenta del empate imposible. Le iban a dar la presidencia de la Superliga, que finalmente quedó en manos de algún personaje con un perfil mucho menos conocido que el de él.
Intentó armar una liga profesional de voley en la que el único equipo que ganaba era el de él, y puso al deporte en una situación complicada, en el paso del amateurismo al profesionalismo en un país en el que es imposible generar recursos para otra cosa que no sea el fútbol.
Arregló la venta de su productora a Cristóbal López y se asoció con él en el experimento de las estaciones de servicio. Este último proyecto (estafando a los trabajadores al no hacerles aportes) fue el que financió parte del crecimiento de su socio, pero también lo que le valió la cárcel a uno de los empresarios favoritos del ecosistema de corrupción montado por el kirchnerismo.
Pese a que este repaso biográfico lo muestra como un emprendedor de dudosa eficacia, él pretende pasar por un rostro nuevo que quiere llevar su éxito al mundo de la política (como hizo el presidente en ejercicio).
No alcanza con algo de botox o con tatuajes en los brazos para torcer lo que en el rating ya se muestra como algo inexorable, un declive de popularidad que se vincula más íntimamente con el cambio demográfico y tecnológico que con su tendencia a fracasar en todo lo que no sea su vieja receta televisiva.
Si Tinelli hubiese escuchado a sus asesores, allá por 2009 o 2011 podría haber sido elegido presidente o gobernador sin gran esfuerzo, en un contexto socioeconómico mucho más favorable que el actual.
Hoy, en el mundo de las redes sociales, su éxito no es el mismo. Aunque quiera resurgir explorando los primeros planos de la política, quizás termine confirmando ese compromiso con el fracaso que tan bien logró esconder apelando siempre a un muy buen marketing personal.



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