Una vueltita por 2011

Aunque sea un elemento persistente en los slogans, el cambio social ha superado al político. Hoy se discute la situación de Córdoba sin darse cuenta que se hunde el arado en campos nuevos.

Por Javier Boher
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Qué semanita, amigo lector. Tuvimos de todo. Córdoba volvió a ser el corazón de mi país, con todos los analistas porteños tratando de descifrar nuestro dialecto comechingón y las prácticas tribales antropófagas que se vieron en la ex Cambiemos. Mejor llegar al prime time nacional por eso que por las desventuras de pareja de la Mole Moli.
Mientras repasaba todo el intríngulis en el que están metidos los muchachos de la ex alianza arcoiris pensaba en el largo desierto que tuvieron que cruzar los radicales para llegar hasta acá. Hace ocho años, cuando Reimon Jr. llegó a la intendencia, en la Casa Radical estaban a punto de poner una academia de apoyo escolar o un bar: el único movimiento que tenía era de los ratones que se comían los cuadros.
Hoy tienen la posibilidad de recuperar la gobernación después de dos décadas y ¡zas!, se olvidan de la abstinencia de antaño y se pelean de vuelta. Es como dejar un levante espontáneo porque no te gusta el perfume de la dama: tenés que venir muy bien para darte ese lujo (y no de 20 años de abstinencia).
Así y todo, seguramente sacan una victoria, aunque sea en el frente interno.
La idea está bien, porque si no se tiene la tropa alineada detrás de un liderazgo claro, las cosas muchas veces no salen como se esperan. Esto es como cuando se presenta a la familia: todos son los Ingalls, hasta que alguno de los vástagos abre la boca y los hace quedar peor que los Puccio. Está claro que si se quiere el poder hay que evitar esas cosas.

El mismo mundo
Mientras hacía el repaso de aquellos años pensaba en cómo vivíamos entonces y cómo estamos hoy. Antes de las elecciones de ese año, la Aforada de Recoleta estaba en pleno luto electoral, su habitual estrategia de mujer dolida y sufriente por su género.
En aquel entonces, antes de las elecciones todavía no había cepo cambiario ni “vamos por todo”. Todavía no había sido el escándalo Ciccone ni el memorándum con Irán. Ya existía 6,7,8 pero todavía no estaba de vuelta el gordo Sanata con Periodismo para Todos. No pasó tanto tiempo, y sin embargo pasaron un montón de cosas.
En 2011 Chávez estaba vivo y acá había gente que insistía que íbamos camino a ser Venezuela: unos festejaban (como hoy) y otros abucheaban (también como hoy). Lo que no había entonces era una legión de refugiados venezolanos que prefieren caminar descalzos 5000 km antes que quedarse a cabecear balas mientras hacen artesanías con billetes de bolívares para cambiarlas por un pedazo de pan.
Allá por 2011 había más o menos tres millones y medio de smartphones, mientras que ahora hay 36 millones, el 90% del total de líneas. Así y todo, en el kirchnerismo le quieren meter épica de mimiógrafo y Revista Crisis a una sociedad que sólo entiende las cosas si son bien simples y en video de guasáp, no con cortos filmados por Pyme Solanas en Super 8.
En 2011 no había P.O.Pe Pancho, ni el feminismo no era tema de campaña; no había más pañuelos que los de las Madres de Plaza de Mayo y el debate por el aborto estaba más guardado que De Vido.
En aquel entonces Rial o Tinelli eran defenestrados por un kirchnerismo que hoy eleva al primero a la altura de Habermas y le prende velas al segundo para que sea candidato contra la Heidi de Hierro. La debacle cultural de los que te venían a intelectualizar hasta la ida al baño es para relamerse.
Si hacemos la vista para atrás vamos a ver que algunas cosas se resistieron al cambio, como algunos slogans de 2011 que -en pleno año de macrisis- algunos quieren reusar en campaña para ahorrarse alguna moneda en consultores.
La gran esperanza blanca del progresismo culposo, Hermes Binner, ya decía en aquel entonces que “soplan aires de cambio”, y que él esperaba ser “el presidente de todos los argentinos”. Más cierragrieta que el tigrense taimado. Ricardito decía que él era “el cambio seguro”, aunque no era capaz de cambiar los trajes del padre por unos nuevos.
El Zabeca de Banfield, hoy cerebro detrás del Hombre de las Sandalias, decía más o menos lo mismo que ahora: “sabemos y podemos”; “tenemos con qué”. Ocho años y lo único que cambió fue que ahora ya no se tiñe el pelo, porque su plan de gobierno sigue siendo volver a 2003.

¿Cambia o no cambia?
Le digo, amigo lector, que estas crisis como la que metió el radicalismo local sirven para plantarse ante lo que viene mal barajado, renovando lo que se intentó cambiar en 2015 pero perduró bastante más de lo imaginado.
Aunque lo poco de campañas que se ha visto hasta ahora muestre que está todo planchado desde 2011 (el año en que el radicalismo cordobés volvió a soñar con dejar de ser un conjunto de franquicias desperdigadas por el territorio) la cosa está mucho más abierta de lo que parece.
Puede ocurrir que el peronismo cordobés meta el 1-2 con capital, proyectando al viudo de El Hombre a un juego nacional. O también puede pasar como en aquel lejano 1998 en el que el candidato que ganaba seguro se terminó quedando afuera de la gobernación, transformándose radicalmente -vaya paradoja- las reglas de juego.
Le juro que si supiera cuál de las dos toca, ya estaría jugando a la quiniela, pero como no sé, mejor esperamos a que llegue mayo.



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