Acérrimos

El reclamo de los músicos por un aumento en los derechos de autor que pagan las plataformas de streaming (una demanda que se manifiesta en Estados Unidos pero que seguramente tendrá un efecto global), ha encontrado un extraño apoyo en los últimos días: el de las compañías discográficas.



Por J.C. Maraddón
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Hasta no hace demasiado tiempo, las compañías discográficas eran el gran cuco al que los artistas independientes se empecinaban en combatir, aduciendo que se quedaban con la parte del león en el negocio y derramaban poco y nada de sus ganancias hacia los músicos. Fueron largas décadas de una disputa en la que uno y otro bando esgrimían razones más que atendibles para sostenerse en su postura. Las empresas explicaban que el atruismo no estaba en sus planes y que el negocio musical se sostendría siempre y cuando los ingresos económicos lo justificasen. Y los creadores, por su parte, se quejaban de lo mal que se les pagaba por sus aportes.
En los albores de la industria del disco, se fijaron pautas de trabajo a las que nadie cuestionaba. Los sellos tenían la sartén por el mango y quienes quisieran grabar un disco tenían que ir al pie y aceptar las condiciones que les eran impuestas. Se decidía así quién triunfaría y quien no, además de cuáles serían los ritmos de moda y quiénes serían los encargados de componer las canciones que, tal vez, otros grabarían. Era un sistema de producción en escala que en los años cincuenta, cuando el rocanrol copó la parada, se encontraba en una instancia inmejorable.
Pero con los años sesenta y la contracultura, surgieron los cuestionamientos contra ese fordismo sonoro, que hasta los propios Beatles habían sufrido en sus primeros años cuando se les impuso una manera de confeccionar sus temas. Los nuevos aires que empezaron a soplar en la música popular de ese tiempo, reivindicaron la figura del artista romántico, cuya rebeldía se negaba a aceptar imposiciones y, por el contrario, obligaba a los empresarios a correr con todos los riesgos que implicara su ansia de experimentar, más allá de lo que indicaran los estudios de marketing.
Y si bien las discográficas nunca perdieron las riendas ni vieron en serio peligro su capital, debieron ceder ante las demandas de aquellos que se habían ganado un lugar como ídolos de masas. Aceptaron, a veces, financiar proyectos que requerían de inversiones irrecuperables, y renegaron con los caprichos de los famosos que ponían exigencias insólitas para renovar los contratos. Pero, aun así, el engranaje continuaba girando y las ventas de discos crecían de manera astronómica. Los sellos seguían siendo los ogros del relato que contaban las estrellas de rock, pero aceptaban con gusto ese papel con tal de que les fuera redituable.
A esta altura del siglo veintiuno y con las plataformas de streaming situadas en una posición dominante dentro del mercado del consumo musical, aquel panorama maniqueo se ha desencajado, como tantas otras cosas que parecían eternas y que han sucumbido ante las nuevas tecnologías. Ahora, los mismos músicos que aprovechan la vidriera de Spotify para mostrar sus obras, se asombran con lo mezquinos que son estos servicios on line para pagar derechos de autor. Y, por eso, han emprendido una lucha para aumentar el monto que reciben, indignados ante el exiguo porcentaje que están percibiendo en la actualidad.
Este reclamo, que se produce en Estados Unidos pero que seguramente tendrá un efecto global, ha encontrado extraños apoyos en los últimos días. Las compañías discográficas, esas mismas que alguna vez fueron el peor obstáculo para la creatividad, han salido a respaldar a los artistas, a través de la palabra de importantes directivos de los sellos Sony/ATV y Warner/Chappell, quienes instaron a las plataformas de streaming a que acaten lo resuelto por la Junta de Derechos de Autor estadounidense, que regló un incremento de 44% en las regalías. El espanto frente un futuro catastrófico, ha terminado convirtiendo en aliados a quienes supieron ser enemigos acérrimos.



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