Suspicacias políticas por los males de la prole

El video que compartió Cristina Kirchner por la enfermedad de su hija señala un nuevo capítulo en su habitual uso de la tragedia personal como herramienta de construcción política.



Por Javier Boher
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Los que disfrutamos de la política tenemos un problema que se comparte con todos los que se apasionan por una actividad: creemos que todo el mundo siente lo mismo que nosotros. Por supuesto que eso no funciona así.
Fue hace ya casi 15 años, en medio de un apasionado relato sobre una serie de pactos y alianzas, que una chica me interrumpió y -de manera tajante- me dijo “yo odio la política, porque me dejó sin mamá”. Todavía recuerdo el impacto.
Su madre, dedicada íntegramente a la política municipal en una pequeña ciudad de la estepa patagónica, nunca había estado presente en su vida. No asistía a actos ni reuniones escolares, volvía a su casa cuando ya dormían o tenía reuniones partidarias que los dejaban sin ir a pasear los fines de semana. Además, pesaba sobre ella ser “la hija de”, cruz que muchos cargan por una elección que no les corresponde.
Algo de eso se pudo ver en el video con el que la senadora Cristina Fernández de Kirchner se victimizó por el “ataque y hostigamiento” que considera sufre su hija, la única del Clan que carece de fueros por no haberse dedicado -hasta ahora- a la política.
La viuda de Néstor Kirchner trató de aprovechar el momento para volver a ponerse el traje que mejor le sienta, el de víctima de la dictadura macrista. Con la épica de la que resistió los embates de los autoritarismos con la convicción de la militancia revolucionaria, su relato de la enfermedad de su hija buscó conmover a la tropa propia.
Sin lugar a dudas cumplió su objetivo. Decenas de militantes la acompañaron en las redes sociales, llegando a tener el Top 6 de Trending Topics en Twitter. Algunos le deseaban fuerzas y la acompañaban en la terrible realidad de cualquier padre que debe hacer frente a la nada deseable situación de la enfermedad de un hijo. Sin embargo, la mayoría mostró escenas de kirchnerismo explícito.
Cuando algunos periodistas resaltaron la casualidad de que es la única de la familia que no tiene fueros, que el tono del video es melodramático o que el proceso de extradición de Cuba puede ser muy complicado, arreciaron los ataques personales y a los medios en los que trabajan.
Muchos fieles de Cristina señalaron a los periodistas y los trataron como si desearan la muerte de Florencia Kirchner, paso previo a desearles terribles sufrimientos y crueles tragedias a ellos y los suyos. El gen autoritario del mesianismo kirchnerista se mostró intacto.
Lo cierto es que se entendió como una nueva acción de cara a lo que viene, exhibiendo los peores rasgos de una fuerza política que -aunque lo niegue- está en retirada. Pedir boicotear a los canales, ajusticiar a los funcionarios judiciales o dejar sin trabajo a los comunicadores que se preguntan legítimamente por la hija de la ex mandataria fue la respuesta más clara de cómo entienden el vínculo con los que pretenden descubrir la verdad detrás de discursos y acciones.
Finalmente, para cerrar el círculo de dudas que se teje alrededor de la situación, no es la primera vez que Flor K debe ser internada. Todo lo que antes se pudo resolver con éxito dentro de nuestras fronteras hoy debe ser tratado exclusivamente a casi 7000km de Buenos Aires.
Con el mismo hermetismo de entonces parte a hacerse un tratamiento a un país acusado de lavar dinero de grupos terroristas y que está, a su vez, rodeado de paraísos fiscales de los comunes, una casualidad más en la larga lista de conexiones fortuitas entre el kirchnerismo, el dinero y la ilegalidad.
Tal como surge de aquella experiencia relatada al inicio de la columna, los hijos de los políticos deben cargar con el peso de la decisión de sus progenitores de dedicarse a una actividad de alta exposición, muy demandante en cuanto al tiempo y objeto del descrédito de gran parte de los ciudadanos.
Sin embargo, la decisión de usar a los hijos como instrumento para la victimización tras haberlos incluido en un perverso esquema de corrupción no es exclusivo de la política, sino que es algo común a aquellas personas incapaces de reunir argumentos lo suficientemente sólidos como para defenderse por ellos mismos.



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