PRO perfecciona el arte de destruir a sus socios

Tal como se aprecia, la mala praxis no concluyó en la múltiple amputación de la oferta cambiemita, sino que se ha extendido a los órganos profundos del radicalismo, la fuerza que, dentro de la coalición, exhibe una dilatada urdimbre de contactos, adhesiones y estructuras locales.

Por Pablo Esteban Dávila

El 8 de noviembre de 2017 el autor de esta nota escribió una columna titulada “el Pac Man macrista”. En ella daba cuenta de la voracidad de PRO por deglutir a sus socios, al igual que el mítico juego arcade de los años ochenta. Entre sus víctimas se mencionaba a RECREAR (la fuerza de López Murphy), la UCEDE (que ingenuamente supuso que los amarillos respetarían acuerdos preexistentes) y otras presas de ocasión, como Primero la Gente de Sebastián García Díaz. El escrito recogía, al final, una especie derivada del resonante triunfo de Cambiemos luego de las elecciones legislativas, esto es, la intención de ungir a Héctor “la Coneja” Baldassi como candidato a gobernador por sobre la histórica preeminencia de la UCR. Ante tal posibilidad se especulaba: “A muchos radicales le corre un frío por la espalda de sólo pensarlo. Militar para hacer de Baldassi el sucesor de Juan Schiaretti es un precio demasiado alto a pagar. Si esto ocurriera, buena parte de la dirigencia del centenario partido terminaría, al estilo de Jonás, en el estómago macrista, aunque sin el auxilio de la divinidad para liberarse de la inminente digestión”.
Un año y medio después de haberla escrito, el autor puede decir que, aunque se equivocó en los medios (Baldassi será candidato a vice de Mario Negri) los fines antropófagos del PRO parecen inalterados. Efectivamente, el radicalismo sufre en la actualidad un intento de destrucción masiva a manos de su socio mediante armas particularmente letales.
No es una exageración. Sólo la intromisión de Marcos Peña (y, en alguna medida, Horacio Rodríguez Larreta) explica el fatal desenlace que tuvo Cambiemos en la provincia. Desde la Casa Rosada se creyó, con una petulancia impropia de dirigentes con trayectoria, que las fuerzas tectónicas que movilizaban a Ramón Mestre se detendrían mediante teleconferencia, o que la imposición contra natura de Luis Juez como intendente sería bienvenida por la UCR sólo porque las encuestas le daban un par de puntos más que a otros interesados. Al intervenir en forma tan torpe dentro de su vida interna, Peña hizo estallar una bomba que, con algo de pericia (no hacía falta demasiada), podría haberse desactivado a tiempo.
La intromisión del jefe de gabinete no sólo sepultó las chances de que Cambiemos se hiciera con el gobierno de la provincia sino que, adicionalmente, sumergió a la estructura territorial del radicalismo en un verdadero caos. Muchos municipios y comunas, buena parte de ellas manejadas por el peronismo, han convocado a sus elecciones locales también para el 12 de mayo y, en ellas, la coalición macrista aparecía como la principal retadora. Pero ahora no hay coalición, lo que obliga a los dirigentes de tierra adentro a readecuar los planes originales.
El problema es que recalcular no es sencillo cuando se examina la polifacética estructura política del interior cordobés. En muchos lugares la colaboración entre la UCR y el PRO es razonable y, en otros, existen partidos vecinales de cierto peso con vocación de integrarse al espacio presidencial. Con el paraguas de Cambiemos era perfectamente posible unificar esfuerzos en torno a un único candidato a intendente y, a los efectos de traccionar votos, referirse a un candidato a gobernador también unívoco. Como hoy no existe tal cosa, la dirigencia territorial tiene que vérselas con dos cuestiones muy prácticas: la primera, con qué sello participar; la segunda, a cuál de los dos candidatos le conviene apoyar para mejorar sus chances locales.
No es una posición fácil. Es perfectamente posible ser radical y querer a Mario Negri como, a un tiempo, detestar a Baldassi y a las zancadillas del PRO nacional. En lo único que hay consenso -aunque no tiene efectos prácticos fuera del anillo de circunvalación- es en censurar a Juez. Salvo esta certeza, el resto es desconcierto en estado puro.
Es un tema grave, que escapa a una mera cuestión sentimental. El período que se extiende desde la muerte de Ramón Bautista Mestre (2003) hasta el triunfo de Ramón Javier Mestre en la ciudad de Córdoba (2011) fue uno de los más difíciles del radicalismo. En las elecciones a gobernador de 2007, la fuerza fue relegada al tercer lugar por el Frente Cívico de Luis Juez quien, para empeorar las cosas, denunciaba que Negri, su entonces candidato, se echaba a menos por haber recibido incentivos del gobierno peronista. Durante ocho largos años, la UCR sólo pudo mantenerse en pie gracias a sus caudillos del interior y a una estructura política tan capilar como diversa. Mientras que a nivel provincial todo parecía desmoronarse, muchos dirigentes se las arreglaban para triunfar en ciudades grandes y pequeñas, manteniendo vivo al partido.
Mestre comprendió esta deuda cuando, virtualmente, se transformó en el jefe partidario desde su despacho del Palacio 6 de Julio. Por eso insistió con el foro de intendentes y cuanto placebo encontró para mantener a aquella tropa -no necesariamente verticalista- adherida a algún proyecto que pudiera calificarse mínimamente como provincial. Fue ese interior, precisamente, la apoyatura de sus actuales pretensiones.
Claro que a Peña como a tantos otros referentes en Buenos Aires esta historia no les dice nada. Ellos se sienten haciendo la gran política y ni Arroyito ni Hernando, por citar un par de ejemplos, se les antojan importantes. “Daños colaterales”, se justificarán intramuros. Habría que explicarles que los colaterales representan, en Córdoba, un factor nada desdeñable.
La conducción del PRO debería saber (después de todo se trata del lugar en el mundo de Mauricio Macri) que la estructura demográfica provincial es de un 60/40, en donde más de la mitad de su población vive en el interior. De hecho, fue el interior el que hizo gobernador a Schiaretti en 2007 a despecho de la votación en la Capital, mayoritariamente proclive a Juez. No se trata, por lo tanto, de una tierra incógnita, sino de un archipiélago político increíblemente dinámico y de gran importancia electoral.
La gran pregunta, entonces, es cómo se van a comportar dirigentes que han sido desamparados culpa del arte de la destrucción ensayado por Peña. Antes de la hecatombe, existía un acuerdo entre Mestre y Negri de dejar en libertad de acción a los dirigentes para que apoyasen a uno u otro, siempre en el marco de Cambiemos. Pero ahora deben elegir y, especialmente para los radicales, las opciones serán dolorosas. Esto es sencillo de comprender: quienes opten por el diputado nacional deberán adherir a Córdoba Cambia (el acuerdo Frente Cívico, PRO y lilitos) y renegar de la lista 3 y, quienes lo hagan por Mestre, tendrán que ser candidatos del radicalismo aunque pertenezcan al PRO. A esta mortificación debe agregarse que les será difícil utilizar a la diáspora provincial como punto de apoyo a sus propias ambiciones debiendo, en buena parte de los casos, privilegiar su identidad territorial por sobre la perspectiva de conjunto que, en los papeles, exigiría una elección provincial.
Por lo tanto, y tal como se aprecia, la mala praxis no concluyó en la múltiple amputación de la oferta cambiemita, sino que se ha extendido a los órganos profundos del radicalismo, la fuerza que, dentro de la coalición, exhibe una dilatada urdimbre de contactos, adhesiones y estructuras locales. El interior partidario pasó, en un santiamén, de garante territorial a cenicienta de la Jefatura de Gabinete de ministros de la Nación. Está a la vista que la nueva política ha decidido clausurar la estrategia de substitución de los partidos tradicionales por su lisa y llana destrucción. A juzgar por lo sucedido, lo está logrando.



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