El mejor baterista

Hal Blaine, músico de sesión estadounidense que falleció el lunes pasado a los 90 años, había trabajado junto a Elvis Presley, Frank Sinatra y Sam Cooke, por nombrar solo unos pocos, y había tocado su batería en temas como “Extraños en la noche”, “Good Vibrations”, “Mrs. Robinson” y “Deja que entre el sol”.



Por J.C. Maraddón
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Para qué negarlo, el instrumento más representativo de la cultura rock ha sido, es y será la guitarra eléctrica, empuñada por héroes como Jimi Hendrix, Eric Clapton o Jimmy Page en los años en que se consolidó esa estética roncarolera que se ha prolongado hasta nuestros días. Se trata de un artefacto que no sólo se transformó en algo así como la prolongación del cuerpo de los músicos; su sonido está presente en la mayoría de los himnos rockeros de aquellos tiempos, cuando el género construyó su propia mística, alrededor de algunas ideas sueltas que se unificaron hasta dar forma a un movimiento.
Desde el salto a la fama de Elvis Presley a mediados de los años cincuenta, tomaron un carácter icónico los vocalistas, ya fueran solistas o integrantes de un grupo. Su peinado, su vestimenta y hasta sus movimientos sobre el escenario fueron tomados como ejemplo por los colegas, y también por los fanáticos que desde siempre han querido parecerse a sus ídolos. Por el contrario, hubo quienes quisieron diferenciarse del resto y desarrollaron rasgos particulares en sus modales o en su aspecto, para a su vez hacer escuela y dar lugar al surgimiento de nuevas modas dignas de imitar.
No han tenido tan buena prensa los teclados y el bajo, a pesar de que han sido fundamentales para el sonido de muchas canciones emblemáticas del rock. Sin embargo, cantautores como Elton John o Billy Preston se aferraron al piano como nave insignia y contribuyeron a que la imagen del tecladista creciera en la consideración de la iconografía rockera. Bajistas como Paul McCartney, Roger Waters o Sting, por su parte, sacaron del ostracismo a esa profesión que tiene a su cargo una tarea muchas veces subestimada, sobre todo porque vocalistas y guitarristas eran casi siempre los que se destacaban del resto.
Muy por detrás de todos, sentados sobre un banquillo durante todo el show sin posibilidad de desplazarse hacia ningún otro lugar del escenario, los bateristas han quedado relegados a un eterno segundo plano, salvo raras excepciones como la de Phil Collins. Y a ese estigma se les sumó una fama de indisciplina que se forjó en torno a personalidades como las de Ringo Starr o Keith Moon. Si bien el rock ha requerido siempre de una pronunciada marcación del ritmo para ser tal, y en eso la batería es imprescindible, los responsables de ese instrumento han sufrido un desprecio consuetudinario dentro de la cosmogonía de las rock stars.
Tal vez por eso, han llamado la atención las columnas reivindicatorias que desató la muerte de Hal Blaine, un baterista de sesión estadounidense que falleció el lunes pasado a los 90 años. Los elogios hacia su talento han sido unánimes, y han estado acompañados de los nombres de los artistas que lo convocaron y de las canciones en las que intervino durante las sesiones de grabación. Tocó para Elvis Presley, Frank Sinatra y Sam Cooke, por nombrar solo unos pocos, en tanto que participó en temas como “Extraños en la noche”, de Sinatra, “Good Vibrations”, de los Beach Boys, “Mrs. Robinson” de Simon & Garfunkel y “Deja que entre el sol”, de The 5th Dimension.
Sin embargo, la necesidad de tantas alabanzas post mortem no hacen sino remarcar que, hasta ahora, no se había hecho justicia con la magnitud de su aporte. Mientras cientos de nombres rockeros se han ganado la posteridad a fuerza de fotogenia y poses desopilantes, el de Hal Blaine ha permanecido durante décadas alejado de las luces de la popularidad. Brian Wilson dijo hace poco de él que era “el mejor baterista de todos los tiempos”. Una lástima que la opinión pública no se haya enterado de eso mucho antes.



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