Africanizar el tunga tunga

Con la publicación de “Raza negra” en marzo de 1994, el número uno del cuarteto cordobés, Carlos la Mona Jiménez, iba a sorprender a propios y extraños mediante un disco que, desde la perspectiva que dan los 25 años transcurridos hasta la actualidad, puede ser catalogado como excepcional.



Por J.C. Maraddón
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Mientras la muerte de Kurt Cobain daba inicio a una lenta declinación del género del grunge, que había dominado la escena del rock durante los primeros años noventa, en 1994 se verificaba la aparición de un disco clave que, si bien fue lanzado en Europa, tuvo una gran repercusión en el continente americano y, por ende en Argentina. La banda hispano-francesa Mano Negra, que había tenido un fugaz y accidentado paso por Buenos Aires en 1992, publicaba su álbum “Casa Babylon” y abría la puerta a una tendencia que fue etiquetada como “alterlatina” y que se caracterizaba por reclutar los folklores latinoamericanos para incorporarlos a la estética del punk rock.
Se vivían tiempos finiseculares, que promovían las mezclas y los brebajes sonoros más osados, en el fragor de ese clima apocalíptico que invadía a todos a medida que se aproximaba el final del segundo milenio. La Argentina de Carlos Menem, la de la pizza con champán y los sones bailanteros, era un terreno fértil para que se encendiera ese espíritu que caminaba siempre al borde de lo bizarro, porque parecía haberle perdido el miedo al ridículo. La televisión cobijaba en el prime time de los domingos al “Ritmo de la noche” de Marcelo Tinelli, pero también había un espacio en la televisión pública para “El otro lado”, con Fabián Polosecki.
El afán experimentador a toda costa que parecía reinar en ese tiempo, iba a atravesar todas las barreras estilísticas, hasta ingresar al corazón de la música de cuarteto, que se sumó a la ola del recambio y alivió el peso del ancla que la dejaba fijada en el tradicionalismo. El arribo de músicos extranjeros se hizo notar en las formaciones más conocidas, que poco a poco fueron delatando en su sonido la influencia cultural que habían traído esos nuevos integrantes. El merengue iba a ser, tal vez, el “intruso” que mejor prendería entre los cuarteteros.
En marzo de 1994, el número uno del cuarteto cordobés, Carlos la Mona Jiménez, iba a sorprender a propios y extraños con un disco que, desde la perspectiva que dan los 25 años transcurridos hasta la actualidad, puede ser catalogado de excepcional. Ni antes ni después de “Raza negra”, Jiménez se animó a tanto en el lógico devenir de una discografía que, si bien de vez en cuando apela a una rítmica menos ortodoxa, jamás había apostado (ni lo volvió a hacer) tan fuerte como en aquella ocasión.
Es evidente que fue fundamental en ese viraje la presencia en percusión del malogrado instrumentista peruano Bam Bam Miranda, cuya voz explica, en el primer tema del disco, que el continente africano es el origen y el destino de todas las músicas. Y la Mona, bajo esa premisa, asume así una herencia nunca antes declarada y pone al cuarteto bajo la protección de una rítmica mucho más carnal que la heredada del pasadoble, la polka y otros estilos europeos. Fue una apuesta atrevida, que sintonizaba a la perfección con la atmósfera que envolvía en esa misma época a otros géneros musicales.
“Nos fuimos a la mierda, ahora tenemos que volver al cuarteto”, me dijo el propio Jiménez en aquel momento, cuando le pregunté si iba a profundizar en la senda que se había abierto con “Raza negra”. Conocedor del paño, entendió que ese álbum había sido un excelente guiño para sumar otros públicos a sus huestes, pero que no debía por nada del mundo descuidar a sus bailarines. Y así, al año siguiente la Mona se despachaba con “El marginal” y volvía por sus fueros, con ese cuarteto típico que siempre le había dado resultado. Atrás quedaba un intervalo inolvidable, en el que se permitió africanizar el tunga tunga.



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