Juego estratégico y vergüenza por la incertidumbre en Capital

Los múltiples rumores se han convertido en un arma con la que intentan precipitar la toma de decisiones. Los radicales capitalinos deberían tomárselo con calma antes de errar el camino.



Por Javier Boher
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Corren los rumores permanentemente, porque la situación de incertidumbre contribuye a la confusión y el arrebato. De uno y otro lado, a través de los partidos y cruzando el país desde Córdoba hasta Buenos Aires y de vuelta, todos contribuyen a empujar las decisiones al campo de la imprevisión.
La obstinación de Mestre a dar batalla por el poder territorial ha empujado al gobierno nacional a retirar el sello de la contienda, volteando la alianza y dirimiendo la interna en una elección general, entregando virtualmente el triunfo a los rivales pero separando la paja del trigo respecto a los alineamientos.
La estrechez de mira pensando en conservar la tan necesaria unidad nacional los ha convertido en rivales, con un radicalismo cordobés que se niega a someterse a los caprichos de un partido vecinalista porteño que trató de imponer su voluntad a la distancia.
Por supuesto que el radicalismo cordobés no es un bloque monolítico, y las grietas que lo recorren serán explotadas desde el laboratorio de Marcos Peña, explotando a fondo las viejas desconfianzas entre los nuevos socios.
Desde allí se entienden los fuertes rumores de presiones sobre el intendente capitalino para que reprograme la fecha de las elecciones, lo que pone al radicalismo en un dilema. Por un lado, competir con una boleta a gobernador duplicada reduce las chances de sus candidatos a la intendencia, pero diferir la elección los expondría en una debilidad terrible, la del temor a la derrota.
La negativa de Mestre a reprogramar no le preocupa tanto a él como a su socio, Rodrigo De Loredo. Mientras el primero sueña con una victoria que de antemano parece difícil, para el segundo sería la posibilidad cierta de perder lo que hoy es del radicalismo, el sillón del Palacio 6 de Julio.
En este punto, mientas lo racional empuja a separar las fechas, la venialidad de la política señala que hay que tratar de redoblar la apuesta para demostrar fortaleza. No sirve jugarla de guapo mientras no te responden, sino de demostrar la guapeza cuando te desafían.
El camino que debería tratar de seguir el radicalismo municipal no parece muy claro, pero sí señala algunas prioridades que resaltan a primera vista. En primer lugar, la difícil batalla por la legalidad de la candidatura de Llaryora, que aunque caprichosa no parece contradecir lo que podría determinar la justicia.
Acá vendría bien hacer un paréntesis para preguntarse por el peronismo capitalino, que tras 20 años de Unión Por Córdoba en el poder no logró construir un candidato propio para competir por la intendencia, y acepta someterse a la candidatura de un candidato que les acerca la posibilidad de la victoria por su buena imagen, pero que no es del distrito en el que tantos militan.
En segundo lugar, el radicalismo de Capital debería hacer todo lo posible por mantener la distancia (o al menos las boletas separadas) entre Ruitort y Llaryora. Si Cambiemos va dividido, un peronismo dividido es condición necesaria para no entregar el municipio en bandeja.
En tercer lugar, la imagen de De Loredo debe trabajarse apoyada en Macri y la gestión frente a Arsat, no pegada al intendente saliente. Aunque compartan la lista, tal vez debería quedar claro que no son lo mismo, para tratar de lograr el “corte” de boleta que le de algo de aire.
Finalmente, hay que repasar los números de elecciones anteriores. Hoy permanece como incógnita hacia dónde irán los votos del progresismo que quedan huérfanos tras la baja de Méndez, que sacó casi un cuarto de los votos. El bajo techo del kirchnerismo indica que habría unos diez puntos que migrarían a otra opción.
La última reflexión apunta a los que creen que un candidato radical perdería contra Juez como candidato de Cambiemos. El candidato de Marcos Peña sacó 15% de los votos hace cuatro años, mientras el radicalismo lo duplicó. Bajar la candidatura radical dejaría sin representación al piso de 20% que tiene el antiperonismo cordobés, que se resistiría a votar al ex intendente.
La disputa por la intendencia está mucho más abierta que la de la gobernación, y sería muy arriesgado hablar de un triunfo asegurado de alguno de los candidatos. Tal vez los que demuestran tanta seguridad por las chances de los distintos candidatos deberían dejar de mirar ciegamente encuestas que tienen un 15% de indecisos, gente que tal vez tiene vergüenza de adelantar a quién le pondría el voto.



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