Dólar, Neuquén y Córdoba, el combo que preocupa a Macri

Es un hecho que el derrotero hacia octubre estará jalonado de múltiples batallas electorales para las que la Casa Rosada no cuenta, en todos los casos, con los generales adecuados. En lo inmediato, el oficialismo cuenta con dos desafíos, Neuquén y Córdoba, aunque este último sea una especie de mamushka con múltiples amenazas contenidas dentro del riesgo mayor.

Por Pablo Esteban Dávila

Por estos días, Mauricio Macri adolece de buenas noticias. Nada parece aclararse en la marcha de su gobierno, ningún flanco luce contenido. La economía se empeña en dar señales negativas mientras que la política, otrora uno de los puntos fuertes de su administración, se encuentra en una zona de fuertes turbulencias. Es una combinación temible.

Entre las malas noticias económicas, sobresale la tensión con el dólar. Aunque haya indicadores mucho más preocupantes -por caso, la inflación y la caída de la actividad económica- la cotización del tipo de cambio siempre es motivo de histeria nacional. En vano se explica en reiteradas ocasiones que el valor del dólar es otro de los precios de la economía y que, como tal, sufre las presiones de cualquier otro precio. Racionalmente, nadie podría pretender que la divisa estadounidense permaneciese indefinidamente en, digamos, $40 cuando el índice de inflación acumula un crecimiento del 7% en lo que va del año.

Sin embargo, cualquier intención didáctica cede ante el temor popular a una corrida cambiaria. La cotización es un concepto simple, sencillo de entender y que, por justificables razones de historia económica, despierta desconfianzas profundas en el córtex argentino.



Esta visión subjetiva sobre el dólar, que paradójicamente excede con largueza a quienes pueden adquirirlo, es algo con lo que el gobierno debe lidiar. Por un lado necesita que el tipo de cambio no se retrase (ya se sabe lo que termina ocurriendo cuando aparece el fenómeno del atraso cambiario) pero, por el otro, debe prevenir cualquier histeria colectiva derivada de su acrecentamiento. Es un equilibrio de malabaristas que, hasta ahora, Guido Sandleris lo pudo ejecutar gracias al expediente de pagar tasas de interés astronómicas.

Pero este remedio es peor que la enfermedad, como cualquier economista lo sabe. Tasas altas equivalen a recesión y esta, a su vez, a desempleo, caída del salario real y enojo popular. La única solución para escapar a este caldo amargo es terminar de una buena vez por todas de reestructurar el gasto público, pero el mejor momento para hacerlo ya ha sido desperdiciado, una mora sólo atribuible al presidente. Ahora se trata de sobrevivir hasta las elecciones de octubre tratando, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde 2015, de que Cristina continúe generando el temor que supo conseguir para que, gracias al recurso del espanto, Mauricio Macri logre la reelección.

Pero este camino supone no sólo un control mínimo de la macroeconomía, sino también de la política. Y es un hecho que el derrotero hacia octubre estará jalonado de múltiples batallas electorales para las que la Casa Rosada no cuenta, en todos los casos, con los generales adecuados. En lo inmediato, el oficialismo cuenta con dos desafíos, Neuquén y Córdoba, aunque este último sea una especie de mamushka con múltiples amenazas contenidas dentro del riesgo mayor.

La provincia patagónica será la que inaugure el juego político del año el próximo domingo. Allí existen complicaciones parecidas a las de Córdoba para el gobierno nacional. Aunque el candidato nominal de Cambiemos es el buen intendente de la ciudad de Neuquén, el radical Horacio “Pechi” Quiroga, a nadie escapa que Macri prefiere al postulante del Movimiento Popular Neuquino (MPN), el actual gobernador Omar Gutiérrez. Esto sería anecdótico, una muestra mas de las contradicciones nunca resueltas del oficialismo, de no ser porque el representante de Cristina, Ramón Rioseco, parece estar a un tris de arrebatarle el poder a Gutiérrez. Para colmo, el exgobernador Jorge Sobisch, también del MPN, compite por afuera con el sello de la Democracia Cristiana, restándole votos a su partido de origen y, según dicen los analistas sureños, al propio Cambiemos.

Desde la perspectiva del gobierno, un triunfo de Rioseco sería un mal augurio. Neuquén no sólo es una provincia “correcta” dentro del mapa de poder oficial sino que, a mayor abundamiento, alberga la gran esperanza nacional, el yacimiento de gas y petróleo no convencionales de Vaca Muerta. ¿Cómo explicar a inversores del mundo que el territorio en donde se sitúa una “pampa húmeda concentrada” opta por el populismo en detrimento de un proyecto más racional? Vaca Muerta es el bastión de las expectativas macristas; su caída resultaría en un símbolo ominoso.

Macri bien podría lamentarse, lacónicamente, que en Neuquén las cartas ya están echadas y que sólo resta cruzar los dedos y esperar. Si hay un momento para adherir a la filosofía zen es este. Pero no es la situación de Córdoba que vive, por estas horas, momentos de zozobra para Cambiemos y a los que nadie les encuentra la vuelta.

Córdoba es la provincia presidencial por excelencia pero, sorprendentemente, la estructura local de la coalición nunca pudo vibrar a tono con tal privilegio. Una serie de errores, originados fundamentalmente en la Capital Federal, llevó a sus partidos integrantes a un callejón sin salida, en donde se agolpan recelos personales, dirigentes cuestionados y una alarmante falta de reglas de juego.

Es un hecho que hubo falta de previsión sobre los componentes profundos, estructurales, que orientan la dinámica interna de la entente. Se menospreció la voluntad de poder del intendente Mestre y el rechazo que produce Luis Juez dentro de la mayoritaria UCR. Tampoco nadie se tomó en serio (un pecado de soberbia) las internas convocadas para el 17 de marzo, excepto su principal ideólogo, el propio Mestre. El grupo Balcarce, vicario de la Casa Rosada, no puede entender esta obstinación; si ellos fueron ungidos por Macri, ¿porqué no se baja el intendente si, a la inversa, ha sido desautorizado por el presidente?

Esta adhesión sin fisuras al decisionismo PRO ha provocado una situación en donde el único que tiene iniciativa dentro de la parálisis es Mestre. Desobedecer es moverse, es luchar por la supervivencia, algo que el tridente Negri – Baldassi – Juez había descartado en esta instancia. Para colmo, el intendente ya tiene decidido reactivar la mítica Lista 3 si es que la interna fracasa.

Frente a este ejercicio de volición, el oficialismo amarillo sólo atina a convocar a las partes a un inútil ejercicio de mediación. La cita es el lunes, 11 AM, en Buenos Aires. Pero a esta altura de las cosas, nadie imagina a Negri o a Mestre declinando sus candidaturas, aunque el premio inmediato de la suspensión de las internas sólo se lo lleve el intendente, titular al mismo tiempo del radicalismo. Si el diputado nacional desea mantenerse en la porfía, deberá ser candidato del PRO en alianza con el Frente Cívico y la Coalición Cívica y por fuera de su fuerza de origen.

El galimatías preludia una nueva victoria de Juan Schiaretti y otro sofocón para Macri. Aunque el presidente nunca vio con malos ojos la continuidad del peronista, una cosa es tolerar un resultado electoral ajustado y otra muy diferente someterse a un bochorno electoral por desavenencias de su propia estructura. Si la provincia volviese a ratificar su lealtad para con Unión por Córdoba, mayo podría ser el corolario de un trimestre perdido. La única esperanza es que Gutierrez imponga la veteranía del MPN el próximo domingo y, aunque más no sea, un aliado lejano del gobierno devuelva algo de esperanza en momentos tan aciagos.



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