La inspiración caribeña

La muerte de Carlitos “Pueblo” Rolán obliga a ahondar en los motivos de su éxito. Y, en esa búsqueda, descubrir que hacia principios de los años setenta, el género venezolano de la gaita se introdujo de lleno en la música popular cordobesa, cuando muchos temas cuarteteros admitían pertenecer a ese estilo.

Por J.C. Maraddón
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Los comienzos de la música de cuarteto se remontan a aquellos bailes en los pueblos de la pampa gringa, que eran animados por orquestas cuyo único objetivo era musicalizar la reunión danzante para la que todos se habían congregado. Antes de que, décadas más tarde, los DJs tomaran la posta, eran los músicos en vivo los que repetían un repertorio que, como ocurre hasta el día de hoy, mezclaba canciones clásicas con los temas de moda, esos que otras orquestas y cantantes interpretaban a través de la radio y que en los hogares eran escuchadas por toda la familia, reunida alrededor del aparato receptor.
Para esas ocasiones festivas, se estilaba dividir la velada en dos selecciones, que muchas veces eran abordadas por dos conjuntos distintos. Para la típica, se recurría al ritmo del dos por cuatro, sobre todo a aquellas piezas que promovían el desplazamiento de los bailarines alrededor de la pista. El tango era, allá por los años cuarenta, un género que vivía su edad dorada y había ascendido en la escala social, sobre todo a partir de la aparición de grandes compositores y arregladores que habían dotado de sutileza a aquella música nacida en los piringundines del arrabal.
Y el otro momento esperado en estas noches pueblerinas era el de la orquesta característica, que resultaba bastante más ecléctico, porque recorría todos los estilos que habían traído los inmigrantes europeos, como el pasodoble, la tarantela y la polka. De la mezcla de todos esos condimentos, el Cuarteto Leo extrajo un sonido propio, que tenía como elemento distintivo el tunga tunga del piano de Leonor Marzano. Sin embargo, en los años cincuenta ese cóctel se iba a tornar explosivo con la incorporación de nuevos ingredientes: los géneros caribeños, que llegaron desde el norte y arrasaron con todo, hasta volverse insustituibles en las fiestas de los clubes.
Entre esos sones que hicieron furor en la misma época en que empezó su lenta declinación el impulso tanguero, se debe mencionar la gaita, que es oriunda de la región de Zulia, en Venezuela, y que reconoce una raíz ibérica y, al mismo tiempo, una notoria influencia africana. Comparada con estilos como la cumbia, el mambo, el son y el calipso, podría decirse que la gaita no encontró cultores que consiguieran imponerla como una tendencia dominante. Sin embargo, desde su remota cuna venezolana, iba a encajar a la perfección con la identidad cuartetera que estaba todavía en construcción.
Entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, la gaita se introdujo de lleno en la música popular cordobesa, cuando de hecho el propio Cuarteto Leo admitía en sus discos que había temas que pertenecían ese género. Y Carlitos “Pueblo” Rolán, que había sido cantante de la Leo y luego emergió como solista, fue una de las figuras que también reconoció en muchas de sus grabaciones la procedencia gaitera. “El Turco Abdón” es una de las más conocidas de esas canciones que lo tienen a Rolán entre sus autores, mientras que “Don Goyo”, el gran éxito de su discografía, es una adaptación de una composición original de la colombiana Graciela Arango.
Ayer, tras la noticia del fallecimiento de Carlitos “Pueblo” Rolán, se rescató su prosapia cuartetera y se describió cómo se transformó en un referente de la etapa en que esa música típicamente cordobesa adquirió una relevancia que la constituyó en una parte importante de la identidad ciudadana. Sin embargo, hasta en eso que parece fundamental en la esencia de Córdoba, se puede encontrar un aporte foráneo, sin que por tal motivo deba juzgarse que han dejado de ser algo auténtico.
La genialidad de aquellos pioneros ha consistido, precisamente, en regular las dosis de cada componente hasta lograr que el resultado sea algo original en sí mismo. Y abrir, a través de ese desprejuicio, la posibilidad de que detrás vengan otros autores e intérpretes a seguir motorizando la evolución del cuarteto, que por supuesto no guarda hoy demasiadas similitudes con lo que pasaba hace cincuenta años, pero que sigue respetando su mística y muchos de sus rituales. Por eso, la muerte de Rolán obliga a ahondar en los motivos de su éxito. Y, en esa búsqueda, admitir que la inspiración de algunos hits eternos pudo haber llegado desde lugares tan exóticos… como el Caribe.



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