La crisis económica y el rol de la política

Los análisis que auguran un futuro económico sombrío no resuelven el mayor problema, que es qué pueden hacer las fuerzas en disputa si todo finalmente se derrumba antes de fin de año.

Por Javier Boher
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Numerosos analistas económicos coinciden en que lo que se viene por delante no es muy alentador. Siguiendo las metáforas climáticas que tan seguido usan Macri y su troupe, por delante se ve una tormenta muy negra, a la que todo indica que vamos derecho.
Si hasta hace algún tiempo la mayoría prefería la cautela al referirse al futuro, hoy son varios los que no se preguntan tanto por la posibilidad de que todo colapse, sino más bien por cuándo ocurrirá dicha tragedia.
Asumir que esa situación es inevitable sería -mínimamente- irresponsable, pero nunca está de más incorporarla en las ecuaciones y las conjeturas con las que pretendemos adelantarnos a lo que podría llegar a suceder.
Si este grupo cada vez mayor de economistas y analistas está en lo correcto (y el colapso nos llevará puestos a todos), la pregunta política sigue más o menos igual, porque la discusión sobre quién puede hacerse cargo de lo que nos depara el destino se torna aún más importante.
Hoy las principales críticas que recibe el gobierno de Macri llegan desde los sectores progresistas, nacionalistas y aislacionistas en general, que predican un decálogo de verdades intervencionistas con las que supuestamente resolverían los problemas generados por el “neoliberalismo” que impulsa el gobierno nacional.
Para este coro de keynesianos con estudios económicos por correspondencia, planchar tarifas, otorgar subsidios, cerrar las importaciones y usar controles de cambios no serían los males que nos pusieron en esta situación, sino el remedio a aplicar para corregir los desbalances propios de las economías de mercado que pretenden integrarse al mundo.
No hay dudas que abrir por completo el mercado -sin ningún tipo de excepción o restricción- puede ser tan nocivo como cerrarlo del todo, pero la verdadera discusión de fondo es qué se puede votar si los que gobiernan no dan en la tecla y los que quieren desplazarlos piden volver a lo que generó el grueso de la mala situación.
Algunos, bastante resignados, prefieren que la situación sea manejada por el gobierno. Es que, pese a su poca pericia en el manejo de los números, todavía cuenta con el favor (y los dólares) del FMI para tratar de enderezar el rumbo, con una situación en mente que es la de integrar al país a los circuitos productivos del mundo. Aunque todavía no tuvo suerte (o capacidad) para lograrlo, ese parece ser su norte.
Los que esperan que Macri sea eyectado de la rosada no son capaces de apreciar que las condiciones que permitieron financiar el consumo y las prácticas benefactoras del gobierno anterior hoy no existen, por lo que tratar de pilotear la (inevitable) crisis con las recetas anteriores sólo profundizaría la caída.
Así, la trampa permanece abierta, esperando a que nosotros decidamos por una u otra opción, sabiendo que en cualquiera de los dos casos hay una posibilidad cierta de que lo que nos toque vivir sean tiempos duros como los de hace años.
Lamentablemente, nuestras instituciones y prácticas políticas no son las de los países desarrollados (o al menos de los más comprometidos con la práctica republicana). Cuando las perspectivas a futuro son tan sombrías, los consensos entre facciones -independientemente de su orientación política- se imponen para definir políticas de Estado que permitan reducir las penurias de los ciudadanos que deben cargar sobre sus espaldas con todo el peso del desempleo o el hambre.
Aquí eso parece lejano. Los cálculos hacen pensar en que ninguno está dispuesto a colaborar, e incluso que esperan el empeoramiento de las condiciones.
Si el gobierno pierde, difícilmente asuma el costo político de corregir las variables para que disfrute la reactivación el grupo que lo releve (Duhalde con Kirchner en 2003). Si el gobierno gana y ajusta, difícilmente la oposición apueste por la estabilidad que podría abrir la puerta a una nueva hegemonía: los incentivos para ir por un diciembre inestable serían muy claros (Duhalde con De la Rúa en 2001).
Aunque las perspectivas económicas alienten el pesimismo, la discusión política es aún peor, porque implica pensar en cómo se posicionaría cada fuerza ante la crisis. Porque para resolver una crisis económica no alcanza sólo con acomodar números, sino también con demostrar grandeza, institucionalidad y una muy buena muñeca política.