Orgullo de la ciudad

El Gordo Oviedo es una figura fundamental entre los adelantados de ese pelotón de talentos que timoneó Alberto Cognigni, porque su usina de humor es inagotable y porque su habilidad para el relato resulta deliciosa. A los 92 años, presentó el miércoles su último libro, “El absurdo, cuna del humor”.

Por J.C. Maraddón
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Aunque los habitantes de Córdoba estén particularmente orgullosos de su condición y reafirmen constantemente su pertenencia a esta ciudad mediterránea, su ubicación en una encrucijada de caminos y ciertos ingredientes de su evolución histórica, construyeron una identidad en la que las raíces se confunden con sucesivas capas aluvionales que fueron producto del permanente arribo de inmigrantes. Y muchos de los aspectos que hoy consideramos como esenciales de la “cordobesidad”, tal vez hayan sido incorporados a partir de componentes externos. Otros, en cambio, reclaman un origen que se remonta a los pueblos originarios o a los colonizadores que llegaron en el siglo dieciséis desde la vieja Andalucía.
Desde siempre, la presencia de la universidad y la confluencia de caminos que iban y venían hicieron de este lugar una (no tan) fugaz residencia para muchos de los que luego fueron nombres importantes de la historia. Pero, en los años sesenta, con la apertura de nuevas carreras y la mayor facilidad en los medios de transporte, se produjo el arribo de estudiantes de todo el país, e incluso del exterior, que cursaron estudios en la Casa de Trejo y que en muchos casos se quedaron a vivir y ejercieron sus profesiones en Córdoba.
Si de llegada de migrantes se trata, el fenómeno de la instalación de terminales de la industria automotor en el conurbano cordobés fue un factor determinante para que una mano de obra que hasta ese momento se había dedicado a tareas agropecuarias, arribara a la capital provincial tras el sueño de un empleo estable en el cordón fabril. En este proceso, se produjeron cambios fundamentales en el paisaje ciudadano y en la composición de su población, ya de por sí variada luego de las oleadas de inmigrantes europeos y del medio oriente que habían ido llegando a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve.
Más que el respeto por un patrón heredado a través de varias generaciones, fue esa riqueza demográfica la que acunó el crecimiento cultural de Córdoba, ese que alcanzó su madurez entre los años sesenta y setenta, con el florecimiento de dos expresiones típicas que perduran en la actualidad. Por una parte, la música de cuarteto, que en un principio eran la que bailaban los gringos en el campo y que se metió en la capital provincial a través de los que vinieron a ponerse los mamelucos de las fábricas. Y por otro lado, el humor, qué duda cabe.
La revista Hortensia no hizo sino aglutinar esa picardía que encarnaban los contadores de cuentos, inspirados en la espontaneidad de los personajes urbanos que siempre tenían un chiste a flor de labios. El circuito de peñas, donde obreros y estudiantes, cordobeses, norteños, cuyanos y litoraleños compartían largas noches de vino y empanadas, fue el caldo de cultivo para una manera de elaborar los chistes que tenía un sello propio, y a la que la vidriera que representaba Hortensia le posibilitó el acceso a una repercusión nacional, a través de la brecha que habían abierto los pioneros.
Entre los adelantados de ese pelotón de talentos que timoneó Alberto Cognigni, el Gordo Oviedo es una figura fundamental, porque su usina de humor es inagotable y porque su habilidad para el relato resulta deliciosa. A los 92 años, el Gordo Oviedo presentó el miércoles su último libro, “El absurdo, cuna del humor”, en una velada que por la música, la gastronomía y los cuentos, recreó aquel espíritu que desde hace casi medio siglo compone la esencia de esta ciudad. Honrar a estos referentes no solo es un acto de justicia. También es una forma de descubrir quiénes somos en realidad.



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