La medalla que faltaba

La habilidad para hacer dinero a través de discos y artistas que otros iban desechando, llevó a Richard Branson hasta el cuadro de honor de los multimillonarios británicos, aunque parece que, para completar la meta de sus aspiraciones le hacía falta, además, financiar el festival Venezuela Aid Live.

Por J.C. Maraddón
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Hace unos 50 años, en el momento en que el rock se había establecido ya como el sonido global, las tiendas de venta de discos y los sellos discográficos conformaban un eje fundamental dentro del negocio de la música, porque eran los canales por los que discurría un flujo de ida y vuelta: a través de ellos, los artistas accedían a la grabación de álbumes y sencillos que llegaban hasta su público; y de regreso, obtenían el pago por ese material. En el camino, quedaba una buena porción del dinero, que era retenido por los intermediarios, sin cuya intervención el proceso hubiera quedado trunco.
Hacia finales de los años sesenta, cuando todavía era un adolescente, el inglés Richard Branson tuvo la feliz idea (sobre todo para sus finanzas) de iniciarse en la venta en Londres de discos traídos desde la Europa continental, a los que ofrecía a un valor más barato que el usual en el mercado. Junto a un par de socios, abrió una disquería que se convirtió rápidamente en un local de culto, sobre todo porque en su vidriera se exhibían los long plays del naciente “kraut rock” alemán, un estilo muy requerido por cierta elite londinense.
Aunque fue demandado y condenado a pagar una multa por su irregular manera de competir en las lides comerciales, Branson no cejó en su crecimiento empresarial y decidió fundar un sello discográfico, para introducirse de lleno en las entrañas de la industria. La firma tomó su nombre de la disquería, Virgin Records, y replicó también la misma estrategia: reclutó a bandas y solistas de rock progresivo y de vanguardia qie otros descartaban, hasta armar un catálogo donde figuraban, entre otros, referentes del kraut rock como Faust, Can y Tangerine Dream. Con este argumento, Virgin sumó un rápido prestigio y se hizo un lugar en el circuito.
De hecho, el primer disco publicado por Virgin Records en 1973 fue “Tubular Bells”, de Mike Oldfield, una obra instrumental de avanzada, cuyos únicos dos temas ocupaban un lado del long play cada uno. Oldfield tenía entonces apenas 19 años y su magnífica creación hubiera estado condenada a permanecer en el gueto de los círculos más exquisitos, de no haber mediado una casualidad consagratoria. El director estadounidense William Friedkin desechó la banda de sonido que Lalo Schifrin había compuesto para “El exorcista” y, cuando estaba al búsqueda de una nueva, se topó con “Tubular Bells”. Un año después de su edición, el disco de Mike Oldfield batía así récords de ventas.
En 1977, cuando Virgin Records ya se había establecido como un engranaje importante del negocio musical del rock, una audaz maniobra de Richard Branson dio un giro fundamental a su emprendimiento. Luego de que hubieran sido contratados y luego expulsados por EMI y A&M, los irreverentes Sex Pistols lanzaron a través de Virgin su disco “Never Mind The Bollocks”. El escándalo por la aparición de este vinilo y, sobre todo, por la promoción que de él hacía el grupo, provocando a la prensa y a todo el que se les cruzara en el camino, le allanó a Branson el camino para convertirse en el padrino de la new wave y el afterpunk.
La habilidad para hacer dinero a través de discos y artistas que otros iban desechando, llevó a Richard Branson hasta el cuadro de honor de los multimillonarios británicos, aunque parece que esta figuración no alcanza para completar la meta de sus aspiraciones. Sus iniciativas para acompañar en final del apartheid en Sudáfrica, por invitación de su amigo Peter Gabriel, lo pusieron en contacto a finales de los noventa con Nelson Mandela, en el inicio de una serie de movidas solidarias que lo situaron al frente de un centro internacional para combatir la explotación infantil y para encontrar niños perdidos.
A los 68 años, tras los cambios experimentados en el consumo musical, tal vez su objetivo sea ahora cerrar este medio siglo de actividad con el broche de oro de una candidatura al Nobel. Quizás, en ese camino, ha considerado que financiar el festival Venezuela Aid Live, como presión para que Nicolás Maduro permita el ingreso de ayuda humanitaria en su país, es una medalla que valía la pena colgarse.



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