El cordobesismo, según Mestre

¿A guisa que qué visitarían la provincia Larreta y Vidal? ¿Cómo emisarios del presidente? ¿Cómo pretores del grupo Balcarce? Mestre debe de estar restregándose las manos. Más porteños del lado de sus adversarios y, para mejor, todos del PRO. Nada podría ser más funcional a la “radicalización” que ha diseñado para su campaña.

Por Pablo Esteban Dávila

Es altamente probable que Marcos Peña haya subestimado la determinación de Ramón Mestre. También es posible que no se haya tomado el trabajo de averiguar hasta donde pensaba llegar. Tal vez, si lo hubiera hecho, no lo habría llamado para que se bajase de su candidatura, dejando a la Casa Rosada en una posición más ecuánime de la que hoy se encuentra con relación a la interna provincial de Cambiemos.
Peña no habría gastado un peso en consultoras o analistas para hacer lo que, por pereza o negligencia, no hizo. Bastaba con abrir el buscador de su preferencia (Google es casi un genérico) y tipear “Ramón Mestre presidente radicalismo”. La consulta le hubiera devuelto, entre otros resultados, el discurso del intendente al momento de asumir la titularidad de la fuerza. Allí, con sólo un clic, habría podido tomar nota de que, en septiembre pasado, el intendente de Córdoba se proponía hacer un “Cambiemos a la cordobesa”, con la UCR como mascarón de proa de la entente y, por carácter transitivo, bajo su propio liderazgo personal. Auténticocordobesismo radical, invisible sólo para los despachos del gobierno.
Mestre podrá siempre sostener que sus intenciones eran transparentes. Y tendrá razón. Se propuso ser candidato a gobernador a lo que diere lugar, por consenso o por internas. Definido el asunto por las segundas, también dijo que se recostaría sobre el radicalismo, su partido, al momento de librarlas. Así lo hizo, para estupor de la Mesa Nacional de la coalición. Ahora planta cara a Mario Negri, el ungido, y al propio Mauricio Macri, su mecenas.
El problema para los coroneles del presidente es que la bravata mestrista tiene verosimilitud. Está lejos de ser un desafío testimonial. A diferencia del tridente oficialista (cuyo principal argumento es la falacia de la autoridad), el intendente tiene una estrategia sencilla: recuperar Cambiemos para el radicalismo. Sin decirlo -en realidad, no le hará falta- presentará a sus adversarios como meros delegados del poder central, un verdadero intento de intromisión foránea en cuestiones locales. Ayudará a su relato el hecho de que Héctor “la coneja” Baldassi y Luis Juez son dos cuerpos extraños a la UCR, fuertemente resistidos por buena parte de su dirigencia. Es difícil olvidar los pasados agravios del segundo y la exasperante precariedad conceptual del primero.
Para colmo, a la clara estrategia de Mestre se le opone un confuso aglomerado de acciones que, lejos de ayudar, podrían hasta complicar las chances de Negri. Las programadas visitas de Horacio Rodríguez Larreta y de María Eugenia Vidal se inscriben dentro del repertorio del desconcierto oficialista.
No hay dudas que tanto Larreta como Vidal son estrellas macristas y que ambas son cartas de triunfo del gobierno en sus respectivos territorios, pero esto no significa que puedan ayudar a Negri en Córdoba, al menos en esta instancia. Porque, a diferencia de lo que ocurre en una elección general, no se trata aquí de convencer al electorado de los méritos de sus gestiones, sino de un proceso de selección interno de candidatos que no reniegan ni de Cambiemos ni del liderazgo nominal (cada vez más nominal) de Macri sobre la coalición.
¿A guisa que qué visitarían la provincia Larreta y Vidal? ¿Cómo emisarios del presidente? ¿Cómo pretores del grupo Balcarce? Mestre debe de estar restregándose las manos. Más porteños del lado de sus adversarios y, para mejor, todos del PRO. Nada podría ser más funcional a la “radicalización” que ha diseñado para su campaña. Un Negri elegantemente presentado como cipayo del poder central contribuiría poderosamente a este diseño, con el agravante de que ni Baldassi ni -mucho menos- Juez podrían atenuar esta percepción: ambos son los vicarios por excelencia de la Casa Rosada y del señor Peña.
Es claro que Mestre tiene la iniciativa estratégica y las ventajas que otorga el haberse preparado para este escenario. Esto, por supuesto, no le garantiza nada (Negri es también un radical respetado y dispondrá de abundantes recursos) pero coloca a sus antagonistas en el terreno de dar explicaciones. Además, será inevitable que ellos deban defender, durante el decurso de la campaña, el manejo económico del gobierno, distrayendo esfuerzos y colocándose a tiro de cínicos y escépticos por igual. El intendente no tendrá que afrontar esta molestia.
Es un escenario preocupante para el oficialismo. El grupo Balcarce es vulnerable y no resulta descabellado que pueda perder. Y, si esto finalmente ocurriese, a la Casa Rosada no le estaría permitido exclamar, llegado el caso, que “ha triunfado la democracia” y que todos estarían en condiciones, en lo sucesivo, a comer perdices. Sería, sin atenuantes, una derrota presidencial, una infinitamente más grave que la infringida en La Pampa, y atribuible exclusivamente a la torpeza de su entorno en una de las provincias más relevantes en la geografía amarilla.
Es difícil aventurar cuál sería la hipótesis que se esgrimiría desde la conducción nacional de Cambiemos ante semejante posibilidad, pero resultaría, claramente, en un reposicionamiento del radicalismo dentro de la alianza, el surgimiento de Mestre como un dirigente nacional y un claro debilitamiento de la capacidad del presidente para ordenar su tropa e imponer prioridades en un año decisivo. Y, si en octubre, finalmente Macri terminara siendo reelecto, la eventualidad de un precoz triunfo mestrista tal vez le ayude -si su capacidad de entendimiento político mejorase con la adversidad- a idear un futuro gobierno de coalición que superase esta especie de unicato insípido que tan dificultosamente ha ejercido hasta la fecha.



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