La colonización del trap

Si Córdoba ha sido capaz de aportar a Paulo Londra como estrella global, no debería sorprender entonces que las revistas especializadas se peleen por entrevistar a un trapero oriundo de Estonia y conocido como Tommy Cash, que desde hace un par de años sube videos desopilantes a Youtube.

Por J.C. Maraddón
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Si asistimos o no a la debacle del rock tal como lo hemos conocido hasta ahora, es algo muy difícil de visualizar en el momento en que está ocurriendo. Sobre todo porque a ese género nacido a mediados de la década del cincuenta se le han escrito innumerables epitafios, dándolo por muerto y sepultado, para luego verlo renacer como si nada hubiera ocurrido. Sería prematuro, entonces, escribir su obituario, por más que sus síntomas vitales estén cada vez más debilitados, mientras que otros géneros comienzan a probarse sus ropajes, atentos a la herencia incalculable que podrían recibir en caso de que la defunción se confirme. Entre los postulantes a suceder al estilo formateado hace más de sesenta años por Elvis Presley, aparece por estos días en primer plano el trap, una variante del hip hop que se ha abulonado en las listas de éxitos desde hace unos años y que ha aportado una de las mayores renovaciones de la música popular en los últimos años. En su variante latina, que se catapultó desde Puerto Rico y derramó hacia todo el resto del continente, el trap es sin duda el vehículo del más fuerte influjo sonoro de los últimos tiempos en la región. Pero más allá del anquilosamiento que sufren los vasos sanguíneos rockeros, que deberían ser los que insuflen vitalidad a su existencia, lo que se resiste a derrumbarse es el esqueleto, la estructura montada por el rock a lo largo de todas estas décadas, en asociación con la industria del entretenimiento. Cualquiera que se postule para tomar la posta, deberá en un principio respetar ese andamiaje, que conlleva diversos protocolos acerca de las instancias de consagración y, sobre todo, de los artilugios utilizados en su afán de desparramarse por todo el planeta, capturando para sus dominios los colores locales. Al internacionalizar su mezcla original de rhythm & blues con country & western, el incipiente rocanrol encabezó en aquel entonces una sucesión de invasiones amigables que colonizaron el planeta y fueron el motor de un crecimiento constante que no ha parado de generar ganancias. En cada metrópolis, primero, y en cada pequeño pueblo más tarde, se empezó a escuchar rock, para luego reinterpretarlo de acuerdo a los parámetros creativos autóctonos. A través de ese procedimiento, en la Argentina se gestó a mediados de los años sesenta un movimiento rockero con características propias, que se contó entre los pioneros de Latinoamérica. El trap, que ha dado un giro radical a la sonoridad del rock hasta casi hacerla desaparecer, parece sin embargo estar repitiendo esas técnicas globalizantes, que combinan el desembarco en playas lejanas con la promoción de réplicas ancladas en cada punto geográfico. Si Córdoba ha sido capaz de aportar a Paulo Londra como estrella internacional, no debería sorprender entonces que las revistas especializadas se peleen por entrevistar a un trapero oriundo de Estonia y conocido como Tommy Cash, que desde hace un par de años está subiendo videos desopilantes a Youtube. Una aparición junto a Charli XCX a fines de 2017 lo puso en la mira del mercado de los países centrales, que de inmediato se encandilaron con las coreografías y la estética provocativa de sus videoclips, cuyo exotismo era prototípico de los países que alguna vez estuvieron del otro lado de la Cortina de Hierro. Que el estonio Tommy Cash conviva en el amplísimo universo del trap con los pilares estadounidenses del género, agiganta el panorama de un estilo que, mientras cosecha del repudio del establishment rockero, seduce la atención de las nuevas generaciones, de la misma manera que obró el rock en su momento, cuando se proclamaba como la música del futuro.



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