Menores y mayores

Los organizadores de la entrega de los Oscar propusieron que en algunos rubros técnicos la estatuilla se entregase durante los cortes comerciales, y que luego esas partes se emitieran en un compacto. Pero importantes referentes del cine pusieron el grito en el cielo y la Academia dio marcha atrás.



Por J.C. Maraddón
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oscarEl cine es una de las formas de expresión artística que mayor esfuerzo económico requiere para su realización. Por eso, también, es un género permeable a los procesos industriales, donde un inversor participa en el negocio (y, por ende, lo condiciona) para obtener luego una ganancia consecuente con el dinero que ha aportado a esa empresa. No cualquiera puede filmar una película y, una vez que alguien está en condiciones económicas de hacerlo, deberá seleccionar a un equipo de gente que será el encargado de llevar adelante cada una de las tareas que se requiere para la concresión de un proyecto de estas características. Productores y directores suelen figurar en lo más alto de la estructura jerárquica que toma las decisiones fundamentales sobre cuáles serán las características de esa obra cinematográfica en ciernes. De inmediato, se cuela allí la tarea del guionista (a veces, se trata del propio realizador), quien trazará los rasgos más prominentes de un relato que luego se traducirá en imágenes sonoras, en el mejor de los casos proyectadas sobre una enorme pantalla en una sala de exhibición. Podría decirse que esta es la tríada básica que determina cómo será el largometraje que veremos después. Pero también cumplirán un rol trascendental los directores de arte, al igual que los responsables de fotografía, sonido, maquillaje y vestuario, entre otros de los miembros del team cuya labor desembocará en una producción de cine. Y ni qué hablar de los encargados de la postproducción, en cuyas manos estará la forma definitiva que tomará la película: editores de imágenes y sonidos, especialistas en efectos especiales y esa serie infinita de nombres que corren a altísima velocidad en los créditos del final, a los que generalmente no vemos porque ya nos hemos levantado de la butaca o porque hemos pulsado la tecla de stop en el player del streaming. Sin embargo, pese al gran número de personas que intervienen en la confección de un filme, lo más probable es que el gran público sólo reconozca allí los rostros de los actores protagónicos, quienes gracias a la magia del séptimo arte son considerados poco menos que dioses olímpicos. Mediante recursos de marketing que llevan más de un siglo de eficacia, Hollywood patentó la técnica de instalar a las estrellas de la pantalla grande como personajes dignos de admiración, que por sí solos arrastran multitudes y generan fenómenos de taquilla. Por eso, sus apellidos suelen ser los de mayor destaque en los afiches. Así se explica que la ceremonia de los Oscar, que es la cita anual más esperada dentro de la industria cinematográfica mundial, tenga en la presencia de los actores su plato fuerte y el atractivo central de la transmisión televisiva, que lleva las alternativas de ese acto a todo el planeta. Y basándose en ese mismo argumento, los organizadores de la premiación habían resuelto que en algunos rubros técnicos (denominados, peyorativamente, “menores”) la estatuilla se entregase durante los cortes comerciales, para ser emitidas luego esas partes en un compacto. Pero importantes referentes del cine pusieron el grito en el cielo y la Academia resolvió dar macrcha atrás. Porque nadie puede dudar de que sin los actores, la cinematografía entera perdería el encanto que siempre ha tenido esa elite de seres que habitan el Parnaso de la fábrica de sueños. Pero tampoco cabe la posibilidad de imaginarse que esa factoría pueda funcionar sin el humilde aporte de cada uno de los que puso su granito de arena en la construcción del prodigio que nos hipnotiza con su ilusionismo. Y que nos hace reír o llorar, aunque sepamos de antemano que lo que estamos viendo no es cierto.



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