Todo el poder al hombre gris

“Vice” (EE. UU.,2018. 132’) dirigida por Adam McKay es una de los ocho más amados: los títulos de 2018 nominados al Oscar como Mejor Película, que se develará el próximo 24 de febrero. Tiene posibilidades, aunque también grandes contendientes en la recta final por el podio: en especial “Roma” de Alfonso Cuarón y “BlacKkKlansman” de Spike Lee.

Por Gabriel Abalos
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Dick Cheney agigantado por el poder, se prepara para un discurso en “Vice”.

Cuando el gabinete de George Bush (h) construía su relato oficial para llevar adelante el bombardeo a Afganistán y la invasión a Irak, usando la tragedia de las Torres Gemelas para encaramarse a la cima del mundo, un espectador cualquiera, incluso uno de Córdoba, Argentina, podía sentir al verlos en la tele que Bush, Cheney, Rumsfeld, Condoleezza Rice, Colin Powell, esa runfla de petroleros despiadados, mentían a cuatro manos. Aquel período trágico dejó una masacre internacional como si los Estados Unidos hubiesen querido castigar al mundo por el ataque en 9/11 de 2001. Claro que muchas de las víctimas fueron jóvenes norteamericanos enviados a la muerte. Y por supuesto que “los Estados Unidos” estaban representados por aquellos políticos impresentables, que ya tienen sin duda en la actualidad herederos suyos sentados en el poder.
La película Vice de Adam McKay (quien obtuvo un Academy Award al mejor guion adaptado en 2015 con La gran apuesta – The Big Short), se cuenta entre las nominadas a mejor película este año y tiene por tema la carrera política de Dick Cheney, personaje escondido en los pliegues del partido republicano que llegó al máximo de poder como vicepresidente de George Bush (h). Cheney usó su cargo como una oportunidad histórica para hacer grandes negocios y también grandes matanzas: la guerra de Irak dejó 4.450 soldados norteamericanos muertos y 32.325 heridos, causó la muerte de 600.000 iraquíes civiles y, dando entidad por medio de la propaganda política mentirosa, al grupo terrorista ISIS, fue también responsable de la muerte de 150.000 civiles sirios y de 2.000 muertos víctimas de atentados terroristas en el mundo. No era poco el poder y fue enorme el daño causado por esa verdadera caterva de psicópatas encabezadas por Dick Cheney y Donald Rumsfeld. Atiendan las nuevas generaciones, pues el arte de convencer a través de los medios de noticias no ha parado de perfeccionarse.
La película Vice tiene varios costados interesantes. Por un lado, su mirada frontal a la administración Bush y a las anteriores administraciones republicanas, las de Reagan, Nixon y George Bush senior. Esa mirada desnuda todo aquello que realmente significó la política económica y militar estadounidense, incluidas las torturas al enemigo o al sospechoso, y que usó de la comunicación masiva para sacralizar insostenibles mentiras. El valor de dejar eso en exposición no está, por supuesto en la primicia, pero resulta importante que, canalizado por la gran industria audiovisual norteamericana, un filme pueda ayudar a romper el espejo deformado de la historia que vuelve una y otra vez a reaparecer gracias precisamente a la manipulación de los medios y la cultura, moldeando las mentes y los ánimos del pueblo norteamericano.
Desde el punto de vista cinematográfico, el guion de Vice es una joyita. Cambia cada tanto de registro, no le teme a la sátira, recurre a escenas no realistas, o se atreve a proyectar incluso un falso final de la película que hace remover a los espectadores en su asiento. Todos esos giros resultan didácticos, son guiños conscientes del director al público y actúan en beneficio de relato. Esto incluye la duplicidad de su título original, Vice, que a la vez designa al vicepresidente y al vicio. El vicio del poder. A la vez, todos esos elementos abonan lo que -no es un hallazgo personal- se puede llamar un anti-biopic.
La historia de Vice contiene elementos que hacen directamente a la tragedia, a esas tragedias que no tocan a los que encendieron la mecha, mientras destruyen miles de vidas. Es el original en el que se basa la sátira, con elementos narrativos que ponen sal en la herida, como el fuerte contraste que hay entre el irrelevante Cheney (un hombre callado, que hace lo que se le dice y es leal; no se sabe qué -o si- piensa) y la enormidad del poder que pasó por sus manos.
Hay cierta conexión con la construcción del personaje en Citizen Kane de Welles, aunque dedicado a un poder de mayores proporciones. Ambas películas coinciden al menos en su intención crítica, su dedicación a exponer a los peces gordos de la manipulación y quienes creyeron ser grandeza sus actos imperialistas e incluso genocidas. Seres humanos contradictorios también, entrevistos como quienes que eran cuando se hallaban lejos del botón rojo. Lo que no hace sino agregar horror al poder que detentaron. Vice no luce el refinamiento de Welles en su puesta, sino que pone sus fichas a una edición magnífica, y ofrece también -como Orson- una gran recreación de personajes reales (por grandes actores que los hacen respirar, y también por el departamento de maquilladores). El material documental que sirve de contrapunto a las dramatizaciones ayuda en gran medida a contextualizar la historia con dramatismo en directo.
Vice puede ser mirada como una versión demócrata de la historia, y eso no es en sí innegable. Claro que tampoco implica que no se pueda confiar en la veracidad de los hechos, ni dejar de aplaudir su puesta del pasado reciente y su modo de narrarlo. Algunas críticas señalan el período que toma McKay, limitado en cierto modo, porque no revela los años de Cheney como Secretario de Defensa de Bush padre, y su actividad como CEO de la compañía petrolera de servicios Halliburton.
de Su tema es el pasado, pero se proyecta a futuro por causa de la frágil memoria de los votantes. Y mira al hoy, cuando el presidente Trump por momentos se parece al espía ruso que algunos sectores norteamericanos han llegado a imaginar que es.



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