Humor en offside

Aferrados con uñas y dientes al estilo de comicidad con el que triunfaron, los Midachi no sólo no reniegan de su pasado sino que lo reivindican como válido para sostener su vigencia en el presente. Y las funciones a sala llena parecieran corroborar su pretensión de oponerse a las críticas.



Por J.C. Maraddón
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midachiA 35 años de que Midachi hiciera su debut en Villa Carlos Paz y se consagrara como trío cómico a escala nacional, volvió a la ciudad serrana y reunió a un buen número de espectadores en el teatro Luxor. Allá por los comienzos de los años ochenta, nadie podía imaginarse que esos tres jóvenes atorrantes santafesinos se iban a convertir con el paso del tiempo en los protagonistas de los espectáculos más taquilleros del humor argentino. Ni mucho menos se podía presuponer en aquel momento que Miguel del Sel realizaría una profunda incursión en la política, ni que Dady Brieva se desempeñaría como animador televisivo y galán de telenovelas.
Quizás lo que les ganó la simpatía del público veraniego fue la desfachatez con que encaraban su show, un estilo que rompía con el acartonamiento que había impuesto la dictadura. Chistes simples, con el aderezo de una picardía campechana, constituían el trasfondo de esa catarata de gags que no encajaban ni con las comedias reíderas ni con el teatro de revistas que conformaban el grueso de la cartelera de la villa serrana en esos días de despertar democrático. A manera de revelación y de propuesta fresca y desestructurada, los Midachi encajaron justo en el tiempo y el lugar indicados.
Visto desde hoy, su repertorio estaba plagado de lugares comunes, de frases denigrantes y de estereotipos propios de una época pretérita. Pero estamos hablando de un país que saludaba el retorno de las revistas eróticas como un síntoma de salud republicana y que empezaba a mencionar al Sida como “la peste rosa”, porque la mayoría de los casos se daban entre los homosexuales. En ese contexto, el del manosanta de Alberto Olmedo y las gatitas y ratones de Jorge Porcel, los Midachi aportaban una cuota de amateurismo que contrastaba con los yeites de los profesionales.
Esto podría explicar, en parte, la explosión de popularidad del grupo, que en menos de una década ya había alcanzado su techo y anunciaba su (momentánea) separación, a la vez que dejaba en libertad a sus miembros para seguir avanzando en solitario. En los noventa, esa misma comicidad burlona, que se especializaba en ridiculizar al prójimo, había sido enarbolada por Marcelo Tinelli, quien gracias a la efectividad de esas bromas, se había erigido en el zar del rating y había fundado un imperio que todavía perdura. Aquello que había surgido como una brisa de espontaneidad, se volvía así una tendencia dominante.
La vueltas de la sociedad han llevado a que ahora sea condenado como deleznable eso mismo que a finales del siglo veinte era consumido con fruición por el público mayoritario. Y los humoristas quedan, entonces, en un flagrante offside, repitiendo esos grandes éxitos que funcionaron a la perfección cuando el viento soplaba a favor, pero que ya provocan el mismo efecto, sobre todo en sectores que se ven menoscabados por los chistes. Algunos han optado por adaptarse a la nueva cosmovisión, en tanto otros se amparan a la universalidad del humor y en la supuesta licencia que otorga para disparar contra todo y contra todos.
Aferrados con uñas y dientes a esta segunda vertiente, los Midachi no sólo no reniegan de su pasado sino que lo reivindican como válido para sostener su vigencia en el presente. Y las funciones a sala llena parecieran corroborar su pretensión de oponerse a las críticas que se abroquelan en el tumulto de las redes sociales. Tal vez, se trate del prolongado ocaso de una forma anquilosada de ver las cosas, que se resiste a que la renovación la devore. O es que, simplemente, no se define aún del todo cuál será la futura veta humorística que va a destronarlos.



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