El pleno empleo del sector público

Tanto se habla del pasado de algunos candidatos que el repaso por las listas de hace unos años nos puede ayudar a ver cuántos de los nombres de han renovado.



Por Javier Boher
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La política es una actividad maravillosa, que en su plano ideal contribuye al bienestar y la prosperidad general. En el plano terrenal, la política es una salida laboral para gran cantidad de personas que, luego de probar las mieles del servicio ciudadano rentado, no se imaginan llevando su vida por otros rumbos.
A raíz de todo lo que se ha hablado este último tiempo sobre la candidatura de Martín Llaryora a la intendencia de la capital provincial, la duda sobre qué fue de la vida de los que compitieron contra su lista en 2013 (cuando se lanzó a los primeros planos de la provincia desafiando en las PASO al hoy gobernador Schiaretti) despertó la curiosidad de quien escribe.
En aquel entonces hubo cuatro partidos que lograron hacerse con al menos una banca de las nueve en juego. El radicalismo ganó tres, Unión por Córdoba también, hubo dos para el Frente para la Victoria y una para el PRO.
Aunque nueve fueron electos en aquel entonces, los titulares de aquellas listas sumaban 36 personas. Un rápido repaso por sus nombres muestra algunos que se destacan, principalmente Schiaretti y Aguad, dos de los animadores de la política cordobesa de las últimas décadas. Mientras el primero es gobernador de la provincia, el segundo es Ministro de Defensa de la nación.
La lista señala que hay siete de aquellos 36 que hoy son diputados, un 20% del total. Gran performance del Poder Legislativo nacional como empleador.
La unicameral solo recibió uno de estos valores titulares, aunque entre los suplentes (no contemplados en nuestro recuento) también hay alguno más.
A nivel municipal hay solo un concejal, aunque también hay quienes asesoran a distintos concejos deliberantes de la provincia. El caso del concejal es llamativo, porque en 2013 fue candidato por un partido, en 2015 fue electo por otro y ya en 2016 abandonó ese espacio para formar otro bloque, en un caso patente de convicciones a medida de las circunstancias.
Hay dos de aquellos candidatos que hoy ocupan bancas en el Senado, que significa tanto un crecimiento político como en edad: todos saben que la cámara alta es el lugar al que suelen ir a terminar su carrera los viejos caudillos (que no sería este caso) como premio por sus servicios.
Hay cuatro de aquellos candidatos que hoy desempeñan tareas en la administración provincial y dos en la nacional. Tareas de mayor o menor importancia, pero todas muy bien remuneradas.
La lista muestra que hay cuatro intendentes en funciones, dos ex intendentes retirados, y algunos más que dejaron la intendencia para ocupar otros cargos. Aunque lo más probable es que hayan llegado a las listas por su peso en el territorio, también es cierto que algunas veces volvieron a sus terruños para navegar en aguas mansas (o para hacer como los esquimales, que cuando ancianos son enviados a morir en alta mar, en un último servicio para preservar a los jóvenes).
De aquella vuelta hace seis años, hay solo cuatro en inactividad, entre los que se cuentan los dos ex intendentes mencionados, una jubilada y un fallecido. Esto significa que poco más del 10% se ha alejado de la actividad política activa.
Finalmente, el gran rival -y sostén- del sector público y la clase política, el sector privado. Esto engaña, porque aunque están en actividad profesional, la mayoría tiene son miembros de grupos de presión o con una actividad independiente dirigida al Estado.
Hay solamente seis en este sector, un escueto 17%, que integra el gran generador de recursos que sostiene al 70% restante (si le hacemos el favor a los números de no contar a los jubilados entre los mantenidos).
Así, con ese nivel de “reincidencia”, ¿qué garantía le queda a la gente de que eventualmente la política se oxigene? ¿Pueden personas que viven de la política full time hace años tomar decisiones que atenten contra su principal fuente de ingresos?.
La situación es una contradicción en sí misma, ya que los que no conocen de los mecanismos habituales de la política podrían quedar inmóviles en esas redes de lealtades y complicaciones administrativas, aunque sin renovación es muy difícil que aquellas se transformen.



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