Del etnocidio a la arqueología (Segunda Parte)

El envío a la Universidad de Córdoba de unas puntas de flecha halladas en los restos de un hombre aborigen en Cruz del Eje, en 1877, constituyó uno de los más antiguos vestigios arqueológicos conservados de pueblos originarios de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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El científico holandés Hendrik Weyenbergh, en un detalle fotográfico de 1876.

Los diarios de la década de 1870 daban cuenta de los enfrentamientos constantes del ejército contra pueblos originarios en las fronteras, con un comprensible tono de alarma, pero sin la menor conciencia sobre los derechos aborígenes. Se estaba en vísperas de que la llamada Conquista del Desierto quedase al mando del general Roca, máximo exponente de la política de invasión de tierras y exterminio de pueblos aborígenes. Por otra parte, y en un movimiento de orden diverso, el enfoque de la ciencia comenzaba a iluminar el pasado arqueológico y etnológico de los ancestros nativos de estas sierras comechingonas. Un particular, un señor Felipe Crespo, hizo llegar al rector Manuel Lucero restos de flechas acompañados de la carta publicada en la nota anterior, de octubre de 1877. Lucero le encomendó evaluar el envío y la información a Hendrik Weyenbergh, quien presidía la Academia Nacional de Ciencias y dirigía el recientemente fundado Museo Zoológico de la Universidad. El rector le respondió a renglón seguido en los siguientes términos a Crespo, según El Progreso del 23 de octubre.
“Estimado amigo
Recibida su comunicación, contraída a remitir las flechas de referencia, con el propósito que vd. manifiesta, fueron sometidas al examen del profesor de Zoología, Dr. Weyenbergh.
Por el breve informe del mismo, que acompaño en copia, conocerá vd. la importancia del obsequio que se ha servido hacer al Museo de esta Universidad.
Tengo el gusto de avisarle, que dicho Profesor ha sido autorizado para el reconocimiento o exploración de la localidad, y demás objetos que vd. relaciona, a fin de que pueda ser mejor apreciado todo, oportunamente.
Llegado ese caso, me complaceré también, en hacer conocer de vd. el resultado.
Agradeciéndole el precioso regalo que ha hecho al Instituto, y la noble inspiración que le ha guiado, aprovecho esta ocasión para repetirme una vez más su amigo y atento
S. S.
Manuel Lucero.
La copia del informe preliminar de Weyenbergh sobre su examen de las flechas y los datos provistos por Crespo, también era publicada por El Progreso en la misma edición. Decía así:
“Como director del Museo Zoológico de la Universidad, me cumple agradecer al señor Crespo su interesante regalo, y las importantes noticias con que lo adjunta.
Las flechas, que son de un hueso muy duro, se conservarán en el Museo, como lo merecen objetos de tanto valor científico.
No tengo duda que todo el esqueleto encontrado en el Departamento Cruz del Eje, merece un estudio detallado, estudio que debe extenderse al lugar o cementerio de donde se ha sacado.
El hecho de que el indio, a que ha pertenecido el esqueleto, fue muerto con las flechas enviadas, una de las cuales se le ha extraído del cráneo, revela claramente que no cayó en lucha contra los españoles, sino en peleas que probablemente tuvieron entre sí, antes de la conquista; pero de todos modos en épocas históricas.
Con relación al interés del asunto, propongo al señor Rector practicar una pequeña excursión al lugar del descubrimiento, para estudiar el paraje y el esqueleto, y traer este último al Museo Zoológico, si fuese posible. Entonces se haría el estudio antropológico debido.
Tan pronto como se realice esta excursión, en las vacaciones próximas de la Universidad, me propongo informar debidamente al Sr. Rector.
Recomiendo, entre tanto, la buena conservación de los restos aludidos, indicando a la vez, que sería conveniente que se dejase intacto el sitio donde se encontraron.
Saludo al señor Rector con mi consideración distinguida.
Córdoba, 13 de Octubre de 1877.
Dr. H. Weyenbergh”
La historia que prosiguió luego de estas noticias periodísticas, en torno a aquel hallazgo de restos humanos, a las flechas que en ellos estaban incrustadas, al estudio in situ que se comprometía a realizar Hendrik Weyenbergh, dejó en claro que aquel envío cobraba importancia como antecedente de los estudios arqueológicos en las sierras centrales de Córdoba, y era reconocido como un valioso aporte temprano y una marca firme para el conocimiento de las culturas precolombinas. La carrera de Weyenbergh fue por fuerza muy corta, pues debió abandonar Córdoba en 1884, ya enfermo de cáncer hacia su Holanda natal (era de Harlem, Provincia de Noword) donde falleció a los 43 años, en 1885.
Mientras trabajó en La Docta -logrando, entre otras cosas, junto al empeño de Manuel Lucero, participar en la creación de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad-, Weyenbergh eventualmente visitó el sitio de enterramiento donde habían sido encontradas las flechas enviadas por Crespo, y más tarde dio a conocer los resultados de su estudio a través de los informes anuales que publicaba en el Boletín Zoológico.
Esos datos son admitidos como una fuente primordial de lo que se sabe sobre los ancestros originarios de Córdoba, y para ilustrar este punto se cita el siguiente párrafo del estudio titulado Evidencias arqueológicas de conflicto y violencia en las Sierras de Córdoba durante el PPT final (ca. 900-1550 d.C.): una ventana al conocimiento de su manifestación material, un trabajo de campo firmado por Iván Díaz, Gustavo Barrientos y Sebastián Pastor (2015), donde se sitúa la importancia del informe de Weyenbergh, publicado por éste en 1880, original en alemán:
“Entre las evidencias más directas de situaciones violentas registradas en el área de estudio, se encuentran un conjunto de casos aislados de individuos -representados por sus restos óseos- cuyas muertes fueron provocadas por heridas producidas con proyectiles. En una de las contribuciones pioneras a la arqueología de Córdoba, H. Weyenbergh -primer presidente de la Academia Nacional de Ciencias- informó sobre un contexto funerario descubierto casualmente en los alrededores de Cruz del Eje, en el noroccidente provincial. Se trataba del esqueleto de un indígena muerto por impactos de proyectiles, como lo indicaban tres puntas óseas halladas junto al cráneo (Weyenbergh 1880).”



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