Un eco que casi no se escucha

Tanto el Cosquín Rock como el Lollapalooza o el Personal Fest, son festivales representativos del estado que ha adquirido hoy la evolución rockera, cuya expansión requiere en la actualidad de una oferta que se aproxime más a un parque temático que al concepto clásico de concierto musical.



Por J.C. Maraddón
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Después de cada edición del Cosquín Rock, se renueva la polémica sobre los métodos mediante los cuales se seleccionan las bandas que participan de estos grandes eventos, acentuada ahora por planteamientos de género. A partir de esas disquisiciones, las críticas se extienden también a las carencias organizativas del festival, para culminar con un cuestionamiento general contra la entidad rockera del encuentro, que es puesta en duda en función de que cada vez suma mayor énfasis en aspectos colaterales, como la gastronomía, al mismo tiempo que se torna reiterativo en lo que refiere a su esencia musical.
Quienes realizan estas críticas de buena fe, en general, se plantan desde una posición principista, que se asume como heredera de una genealogía del rocanrol, digna de ser reivindicada en el presente. Sus argumentos abrevan en esa vertiente que abrieron, hace medio siglo ya, las tendencias pacifistas, ambientalistas y comunitarias que conformaron el ideario hippie, escenificado principalmente en la costa oeste estadounidense en la segunda mitad de los años sesenta. Desde allí, el movimiento contracultural se expandió en diversas direcciones y consiguió que sus proclamas dejaran de ser sectoriales, cuando las adoptaron jóvenes de todo el planeta.
Como fue el género del rock el que monopolizó la banda de sonido de esta verdadera revolución cultural, se lo asoció directamente con las revueltas juveniles, mediante un truco de ilusionismo que encantó a mentes y corazones, forzando la capacidad de ventas de los intérpretes que, con o sin convicción, se plegaban a estas ideas y las reflejaban en su sonido y en sus letras. En la confusión, muchos fueron los que creyeron que defendiendo a los estilos derivados del rocanrol, estaban también promoviendo un cambio de estructuras, aunque los hechos de ninguna manera corroborasen esta hipótesis.
El tiempo se encargó de poner las cosas en su lugar. Las caretas fueron cayendo y el rock se reveló como lo que es, un engranaje muy valioso dentro de la industria del entretenimiento, que alguna vez sacudió la furia adolescente y que hoy es capaz de apaciguar los ánimos de todos los miembros de la familia. Nada mejor que vender la rebeldía envasada al gusto del cliente y repartida en suaves dosis que harán sentir reconfortado a quien la consuma. Después de un buen pogo y con la garganta ronca, cada cual retornará a su casa con muchas ganas de retomar la rutina.
Quizás la contradicción que ahora se denuncia no sea patrimonio exclusivo de quien produce (y digita los protagonistas de) estos festivales, ni mucho menos de los miles de espectadores que pagan su entrada y disfrutan de un par de jornadas de música al aire libre. Dentro del juego de la oferta y la demanda, unos ofrecen un producto que otros compran, de la misma manera que ocurre con el resto de las mercancías que están disponibles. Sólo que aquí se añade el bien simbólico que envuelve a la mitología rockera, y que es en todo caso lo que debería ser puesto en discusión.
Tanto el Cosquín Rock como el Lollapalooza o el Personal Fest, son representativos del estado que ha adquirido hoy la evolución rockera, cuya expansión requiere en la actualidad de una oferta que se aproxime más a un parque temático que al concepto clásico de concierto musical. Buscar allí el eco de aquellos años dorados de los comienzos se torna infructuoso, porque es probable que tampoco esa génesis haya sido tal como nos la contaron. Ante una eventual debacle de las utopías, mejor sería no seguir defendiendo a ultranza aquellas sobre las que penden serias dudas de que hayan sido auténticas en su origen.



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