Acerca de la actualidad de la carta de Ortega y Gasset (Parte II)

Continuación de la charla de Soledad Justiniano, Profesora en Ciencias de la Educación egresada de la UNC, respecto a la actualidad de ese escrito dentro del contexto de Argentina y el mundo y Eduardo Dalmasso, Doctor en Ciencia Política.

Por Doc. y Prof. Eduardo Dalmasso

Soledad (S) -Me gustaría continuar indagando en este carácter enfático que Ortega y Gasset nos “descubre”, porque no es él el único que ha hablado de la juventud, e incluso de los argentinos en general, con distintos eirónicos adjetivos. Podría ahondar ahora respecto en el sistema universitario en particular. ¿Qué podría añadir al respecto?
Eduardo (E) – Más allá de lo respondido a esta pregunta en anterior, me cabe decir que si la pregunta es si este carácter riguroso comprende a todo el sistema universitario, mi impresión , -que no pretende ser general o abarcar todo el espectro,- es que en el sistema estatal los estudios exigen esfuerzos sistemáticos y de ello el éxito de los mejores o mejor dicho de los más talentosos, pero que por el propio hecho de ser un sistema de masas y sin el paradigma del mérito como parte de su esencia , permite el egreso de muy distintos niveles de preparación; su fuerte estriba en el proceso de instrucción pero no logra y creo no se lo propone, cultivar en los educandos el pensamiento crítico ni el enriquecimiento de la cultura de sus integrantes, o sea ni en valores ni pensamiento crítico, lo que pone a nuestro país en indefensión en términos de la conformación de las elites. Sobre todo en el campo de las instituciones y la acción política.
Existe una estructura y un modelo, que a mi juicio, hoy los cambios significativos en el mundo, en materia de ciencia, tecnología y conformación de redes globales lleva ala pérdida de vigencia en no demasiado tiempo el sistema imperante, fundamentalmente en lo organizativo y en los resabios positivistas. En mi opinión, hay que cambiar los modelos de enseñanza, la propia estructura, el sistema de soportespedagógicos y recuperar el sentido del mérito como paradigma universitario. Esto no sólo permitiría que la inclusión fuere más igualitaria, sino que la deserción no fuera tan significativa como lo es hoy. Por cierto, estoy hablando de rescatar la cultura como fuente del conocimiento fundado y no meramente tecnológico. Una preocupación fundamental en todos los líderes reformistas y especialmente en uno de sus mentores. Me refiero a José Ingenieros, tanto en su escrito sobre la universidad de la cual cuestiona por sus comportamientos estancos, como en su obra “el Hombre mediocre”
A propósito de este tema te expongo el pensamiento de EdmunPhelps, nobel de economía,- declaraba que nuestro problema es que desde hace treinta años “estamos educando a la gente para que busque el empleo mejor pagado”. En cambio, lo que necesitamos son soñadores capaces de innovar y cambiar el statu quo social y económico. Incluyo el pensamiento del Nobel, no por la distinción del premio obtenido, sino porque en su invitación revela una profunda desazón por los sistemas de educación que no incorporan la visión cultural. Esta misma visión, expresa el profesor español Juan Alfredo Obarrio, cuando nos habla como docente de derecho, de la importancia de leer. En “La colonia penitenciaria” y “El proceso” del escritor Checo Kafka, concretamente nos dice ¿cómo espera llegar a ser un buen jurista si no es capaz de valorar el pensamiento jurídico que anida en una Literatura que es, por su propia naturaleza, un discurso provocativo, heterodoxo, comprometido, desafiante, un veneno que carece de antídoto?
Lo que nos dicen el economista y el profesor de Derecho, se entronca con el sentido de misión que definía Ortega y Gasset: “La Universidad tiene como prescripción dentro del orden social vigente: Educar personas que contribuyan a regular y enriquecer la vida pública, mediante la aplicación de la capacidad desarrollada en su ámbito a través de conductas signadas por valores y una clara comprensión del sistema de ideas vivas, que encarnan la cultura de su tiempo”
Cabe decir, que las limitaciones que se ponen evidencia en nuestra vida pública, parecerían señalar que esa misión no se estaría cumpliendo. Pero me permito observar que antes del referido concepto, Los líderes del Movimiento Reformista nos planteaban los fundamentos de los estudios universitarios en el propio Manifiesto Liminar:
Según el Manifiesto Reformista, sus postulados bregan por la razón de ser de la enseñanza superior que, en su concepto, es la búsqueda de la elevación intelectual y moral de sus educandos, aunado a la producción de conocimiento científico como un valor que se constituye en un bien social. Esto no implicaba solamente la transferencia de conocimientos en un sentido instrumental, sino más aún la apertura y simbiosis entre la Universidad (como universo del saber) y las aspiraciones legítimas y democráticas de una sociedad que lo demandaba.
Con este postulado, los ideólogos reformistas atribuían a la reflexión crítica, un valor sustancial en el ámbito universitario. En sus enunciados, la institución debe preceder todo intento de producción de conocimiento, si se quiere que éste contribuya a generar cambios en los modos en que los hombres producen la sociedad y su propia historia. Según los mismos pensadores, y en palabras de ellos, las transformaciones deben provenir desde arriba, porque el cambio se genera solamente en el plano de las ideas.
Si estos objetivos que a su vez son los fundamentos de su existencia no se cumplen: ¿qué nos queda? La fuerza y disciplina a la que se refería Ortega, me parece se vincula con la profundidad del conocimiento y el dominio apropiado para pensar por nosotros mismos pero también con la templanza y capacidad de hacerse cargo de su existencia y de la ética social. Si aceptamos que nuestras universidades son instituciones que instruyen pero que no nos ayudan a cultivar el intelecto y menos el espíritu, ese requerimiento es adoptado sólo por estudiantes excepcionales. Que por supuesto existen por la propia conformación (diversa) de nuestra sociedad desde los tiempos que Ortega nos visitaba. Me gustaría señalar una frase de Deodoro Roca que siempre me impactó: “La servidumbre de la inteligencia”. ¿Qué nos quería decir? Que sin pensamiento propio, sin una visión fundada de lo que acontece, sin rigor que exceda lo instructivo, el conocimiento adquirido puede rendir tributo a corrientes que no se condicen con la visión libertaria y cívica que buscaban como ejes de la acción de los líderes, que supuestamente debieran surgir de las aulas universitarias. Dicho de otra manera, no debiéramos confundir la misión de la universidad con la de un colegio técnico.
(S) – Eduardo: ¿podríamos pensar y leer entrelíneas en esta carta, una invitación a liderarse para liderar? Algoque usted propone e impulsa en los trayectos formativos que lleva adelante.
(E) – Cuando hablamos de líderes, hablamos de sujetos con un profundo autoconocimiento, con un sentido de responsabilidad que los haga actores conscientes del significado de sus decisiones, y con capacidad de pensar y recrear condiciones y situaciones que hacen a su bienestar pero insertos en el bien de la sociedad en la que actúan. Eso requiere de la disciplina y rigor que tanto le gustaba expresar a Ortega, para poder auto exigirse y exigir tal cual lo hacen los maestros sobresalientes. Para esto se requiere la trascendencia del espíritu que se logra a través de la meditación y la reflexión. Reflexiones insertas en la capacidad para asombrarse y desde el asombro llegar a la duda que inquiere y enriquece. Si no lo hiciéramos, no estaríamos construyendo un futuro basado en la razón y la cultura humanista, sino desde la ignorancia o la intolerancia, en suma la servidumbre de la inteligencia que he mencionado, tan temida por Deodoro.
Entiendo, por lo que vengo argumentando, que no podemos prescindir de la forja de líderes muy claros en lo que respecta: la defensa de la libertad, la tolerancia y la dignidad. Principios que deberían inculcarse en todas las Universidades que pretendan ser coherentes con la misión Orteguiana. Vale decir, trascender las modas y el consumismo, hoy viabilizado y expandido a través de las redes que nos conectan y revolucionan los sistemas de información, pero que también nos ahogan.
En resumen Soledad, nos queda un largo camino de reformas en un mundo pleno de cambios imprevisibles y manifestaciones del cierre de uno de los ciclos de la expansión capitalista. Necesitamos líderes que nos persuadan y nos guíen por un camino que nos exige abandonar paradigmas y modelos propios del siglo XX, hoy absolutamente inapropiados para esta etapa que la humanidad está transitando. De no entender esta realidad, el futuro no será de esperanza. Como te darás cuenta, eso requiere fortaleza, valores firmes y templanza espiritual para no ser arrojados a un oportunismo destructor
Desde esta perspectiva, considero que efectivamente la carta de Ortega: continua vigente.
(S) – Muchas gracias, Eduardo. Ojalá podamos volver a poner en cuestión este escrito más adelante, y descubrir al menos algunas pequeñas salidas de aquel círculo vicioso entre la esperanza y la frustración.



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