El pop disidente

Que Ariana Grande, sin duda la cantante consagrada de 2018, decidiera no asistir a la ceremonia de los Grammy, subraya una intransigencia que ha llegado para quedarse. La intérprete resolvió no cantar en la entrega de premios porque los organizadores condicionaban su performance.

Por J.C. Maraddón
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Aunque durante décadas los artistas de rock hayan declamado que su posición los situaba fuera del sistema, muchos de ellos ocuparon de forma placentera un lugar destacado en la estructura de la industria discográfica, con la que constituyeron una dupla imparable. Porque, a esta altura, resulta invaluable el aporte que ha hecho ese género al negocio del entretenimiento, que ha visto crecer sus ingresos en términos astronómicos gracias a la complicidad del rocanrol, cuyo predicamento entre los sectores juveniles logró que una masa de adolescentes se lanzara a comprar discos, tickets y un sinfín de productos afines.
Desde la controversia por el título de Caballeros que la reina de Inglaterra les otorgó a los Beatles en los sesenta, hasta la polémica por el premio Nobel de Literatura con el que fue galardonado Bob Dylan hace pocos años, siempre provocó escozor que las instituciones cobijaran a los representantes más conspicuos de un movimiento que se decía contracultural. Si aquellos que debían verse afectados por la iracundia rockera, terminaban deshaciéndose en elogios para con los músicos de ese estilo, algo estaba funcionado mal. O, por lo menos, se verificaba una de las típicas incoherencias entre los dichos y los hechos.
Así, mientras en su discurso los héroes del rocanrol se inflamaban en proclamas que denunciaban las tropelías de los poderosos del mundo, por debajo de la mesa no pocos de ellos negociaban contratos de varios ceros y se transformaban en el estandarte de un sector de la economía que iba en constante crecimiento. El juego de ese doble discurso se extendió a lo largo de varias décadas, aunque ya entrado este siglo veintiuno se hizo tan evidente el engaño que las consignas incendiarias fueron dejadas de lado, para abrazar banderas menos problemáticas, al estilo de “la paz mundial”.
Tal vez los últimos en rendirle culto a la sinceridad hayan sido los Sex Pistols, quienes llevaron a la industria de la música aquella estratagema de un cacique sindical argentino, que siempre recomendaba “primero, golpear… y después, negociar”. Ellos saltaron a la fama invocando la anarquía y denostando el régimen monárquico de Gran Bretaña, para luego sentarse a conversar con las discográficas de mayor renombre y acordar contratos que les reportaron grandes beneficios. Pero ya han pasado más de 40 años del jubileo punk y el discurso contestatario parecía condenado a asumirse como otra pieza de museo.
Mientras asistimos a una crisis creativa del rocanrol (que de tanto morderse la cola corre el riesgo de fagocitarse a sí mismo) y a un apogeo de las sonoridades afroamericanas y latinas, las voces disidentes asoman ahora desde el pop, aunque parezca mentira. Esa amplísima categoría, eternamente menospreciada por la elite bienpensante, jamás había renegado de su complicidad con las técnicas de marketing y se había mostrado dócil a los dictados de los gurúes de las compañías dominantes. Su único objetivo parecía ser encaramarse en la cima de los charts, a partir de la repetición de fórmulas de éxito ya probado.
En los últimos años, algunas de esas estrellas pop han aprovechado su fama para forzar cambios dentro de una estructura a la que los avances tecnológicos han vuelto más monopólica y, por ese mismo motivo, tal vez más permeable a las fisuras. No por casualidad, esas divergencias han surgido desde tronos olímpicos ocupados por mujeres, cuyo empoderamiento les imprime una potencia antes inexistente. Desde el errático devenir profesional de Miley Cyrus hasta la férrea resistencia de Taylor Swift a someterse a las arbitrariedades de las plataformas de streaming, las pop stars muestran una conducta que podría caratularse (al menos) como rebelde.
Pero lo ocurrido con Ariana Grande, sin duda la cantante consagrada de 2018, y su ausencia en la ceremonia de los Grammy, indica que esa intransigencia ha llegado para quedarse. La intérprete decidió no cantar en la entrega de premios porque los organizadores condicionaban su performance. Y desmintió a Ken Erlich, productor general de la gala, quien había explicado que ella no se presentaría porque se le había hecho “demasiado tarde para montar algo para el show”. Con su actitud, sumada a la de otras figuras ausentes en los Grammy, Ariana Grande subraya las implicancias de una crisis industrial de la que el rock parece no haberse enterado.



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