El Estado (vetusto e ineficiente) mata

Tras el accidente del Vento hace poco más de una semana muchos salieron a pedir mayor presencia del Estado en las calles, en lugar de pedir que se adapte a los tiempos que corren.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Hace poco más de una semana un vuelco fatal nos volvió a enfrentar a una realidad que decreta que los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte de los jóvenes en Argentina. El choque reabrió el debate sobre los excesos y el rol del Estado.
Los análisis se encararon desde dos lugares habituales, la responsabilidad de los involucrados y la del Estado. En el primer caso se habló de excesos de todo tipo, de la irresponsabilidad de los jóvenes o de la ausencia de los adultos. En el segundo, de la falta de controles en las calles, de las habilitaciones de los boliches o de las penas que no disuaden a nadie.
Las propuestas esbozadas apuntaron a endurecer las penas o aumentar el número de agentes de tránsito y de inspección de boliches. La óptica punitivista, la más básica y precaria de todas, fue otra vez la elegida.
Lo que muchos pasan por alto es que esta tragedia -como tantas otras- se debe a la resistencia que presentan los gobiernos a la evolución y la innovación: pretenden resolver problemas de hoy con estrategias de ayer.
Reflexionando al respecto vinieron a mi mente dos cuestiones vinculadas a situaciones que interpelan a los gobernantes de turno, aunque en todos lados prefieren girar la vista y hacer de cuenta que no pasa nada.
La primera de estas cuestiones, muy teórica pero igualmente necesaria, es la que implica entender al Gran Córdoba como un espacio que necesita cooperación y coordinación para resolver problemáticas variadas, que incluyen tránsito o seguridad vial, pero también basura, transporte, salud y tantas otras.
Los jóvenes accidentados habían estado en un boliche cercano al ingreso a Saldán. Desde allí se dirigieron por ruta provincial a otro boliche de La Calera, pero terminaron accidentándose en la Ciudad de Córdoba. Esta vez fue hacia el norte, pero podría haber sido hacia Carlos Paz, Alta Gracia o cualquier otra localidad cercana. ¿Es razonable pensar que el esfuerzo del control debería recaer sobre cada una de ellas o lo lógico sería que trabajen en conjunto (y con la provincia)?.
Esa óptica es la que permite la administración eficiente de las megalópolis del mundo, mientras que acá cada policía municipal hace su negocio aprovechando la heterogeneidad de normas entre ciudades que comparten un área urbana con más del 50% de los habitantes de la provincia.
La segunda cuestión es mucho más concreta, un tema del que se viene hablando desde hace un tiempo y que seguramente volverá a aparecer en breve, el rechazo a tecnologías como Uber.
Para entender cómo podría haber ayudado en un caso como este hay que ponerse en la piel de los jóvenes (pero especialmente las jóvenes) que bordean los veintitantos años.
Los padres muchas veces no dejan que sus hijos lleven dinero de más por miedo a que lo usen para intoxicarse en exceso. Menos plata significa menos riesgos. Pero también significa no poder pagar un taxi o remise de vuelta a casa.
En el caso de que disponga de ese dinero, el móvil debe estar autorizado (volver al problema de estados ineficientes del punto anterior) y si no lo está, el riesgo es no saber con quién se suben al auto. ¿Cuántas mujeres solas se subirían de madrugada con un desconocido para volver a su casa? Porque, además, también está el riesgo de que si pasa algo se les eche la culpa a ellas.
Con Uber se conoce la identidad del chofer y el recorrido que hace. No sólo se puede saber quién maneja, sino también el puntaje que le asignaron sus clientes anteriores. Además, se paga por tarjeta directamente desde la aplicación, lo que hace innecesario el tan temido efectivo.
Por supuesto que para la clase política vernácula lo más fácil es no innovar, aferrándose a las prácticas y negocios del pasado para seguir dándole la espalda a las necesidades de la gente.
Ante la tragedia muchos salieron a pedir más Estado, aunque esté probado que en sus formas arcaicas no resuelve nada (o incluso lo empeora). Quizás lo correcto hubiese sido pedir que sea más eficiente, más moderno y más empático. Tal vez así podría volver a tenderle una mano a los ciudadanos.



Dejar respuesta