Los riesgos de sumar los stents a la campaña electoral

La oposición, tanto la formal como la no formal, tratará de utilizar el episodio para llevar agua a su molino.

Por Pablo Esteban Dávila

Hasta el viernes por la tarde la campaña electoral cordobesa transcurría en un ambiente bucólico, a punto tal que lo único interesante era la interna -todavía no resuelta- de Cambiemos. Pero el anuncio de que el gobernador Juan Schiaretti fue sometido a una angioplastia en medio de una revisión de rutina alteró el panorama. Schiaretti, debe recordarse, es el gran favorito para las próximas elecciones. Con un muy buen nivel de imagen y encuestas que lo posicionan al tope de las preferencias, el gobernador ha transmitido, hasta el momento, la sensación que se enfrenta a un compromiso manejable. La trágica muerte de José Manuel de la Sota en septiembre pasado le confi rió, adicionalmente y sin que él lo hubiera esperado, el novedoso atributo de conductor único del justicialismo local.

Los peronistas, dado su origen, son muy sensibles al fenómeno de la conducción. Por más que, en las últimas décadas, el partido se ha alejado ostensiblemente de la estructura verticalista que ideara el general Juan Domingo Perón en los años ’40, el hecho de contar con un liderazgo unívoco llena de tranquilidad a sus dirigentes y certidumbre a la militancia. El particular modo de ejercerlo por parte de De la Sota y de Schiaretti aventó, durante veinte años, cualquier riesgo de doble comando o ruptura partidaria en el justicialismo mediterráneo. Esta particular filología del poder interno presenta un cúmulo de ventajas cuando se trata de una organización política que, puesta a disputar una elección, adopta la forma de un dispositivo militar en el que nada puede estar librado al azar para alcanzar su propósito, esto es, tomar o mantener, según el caso, el poder institucional. Sin embargo, y asaz su apariencia monolítica, este modelo tiene una debilidad estructural. Depende intensivamente de su liderazgo, al punto tal de tornarlo irreemplazable. Es natural, por consiguiente, que una corriente de desasosiego recorra el espinazo peronista. ¿Qué significan, en clave política, cuatro stents vasculares? ¿Ponen en riesgo una campaña que se descontaba sencilla? ¿Se trata de una vuelta de campana de la estrategia ensayada una y cien veces por el oficialismo? ¿Corre riesgo el liderazgo de corte parmenídeoal cual la fuerza se ha acostumbrado desde hace tanto tiempo? Estas preguntas, por supuesto, son lícitas, aunque difícilmente sean formuladas en público. Unión por Córdoba no puede poner en duda la viabilidad de su proyecto reeleccionista, ni tampoco acelerar el delicado proceso de transición que comenzará tan pronto Schiaretti asuma un nuevo mandato, siempre y cuando las urnas así lo decidan. Son muchas las cosas que el oficialismo pone en juego en esta instancia. La gran novedad, por estas horas, es que el camino pacífico que se había proyectado puede que no lo sea tanto. La oposición, tanto la formal como la no formal, tratará de utilizar el episodio para llevar agua a su molino.

Básicamente, se tratará de poner en duda la capacidad física del gobernador para continuar con un nuevo mandato. Las enfermedades que aquejan a los poderosos suelen operar, en la imaginación de estos sectores, como pócimas milagrosas, capaces de acercarles el poder mediante atajos clínicos. Adicionalmente, también alientan especulaciones de corte conspirativo, del tipo “es más grave de lo que se informa” o “algo están ocultando” y, con ellas, nuevas oportunidades de denuncias de manipulación de la opinión público o sobre el trato deshumanizante que los entornos dispensan a quien padece la dolencia, real o supuesta, con tal de mantener sus privilegios. El problema de este discurso es que la intervención practicada a Schiaretti es un acto médico más frecuente de lo que se supone. Miles de personas continúan vidas normales -incluso más normales que antes- luego de recibir stents. La práctica es la consecuencia de un diagnóstico precoz de un chequeo cardiovascular de rutina y no necesariamente una respuesta terapéutica ante un cuadro de infarto agudo de miocardio. En este sentido, el stent disminuye las posibilidades de ocurrencia de un evento cardiovascular mayor y forma parte de los nuevos enfoques de la medicina.

Batir el parche de la salud de un gobernante sobre esta base es, en consecuencia, asumir un pensamiento premoderno sobre que la enfermedad es, por el hecho de ser tal, una limitante laboral o política que incapacita para el futuro. Puede que esta forma de abordaje haya sido correcta (o una constante) sesenta años atrás, pero sostenerlo en la segunda década del siglo XXI es, cuanto menos, atávico. Enfermedades que, a mediados de los ’80 parecían una maldición bíblica, como el caso del Sida, se han transformado en dolencias crónicas, que permiten mantener una buena calidad de vida y ya no equivalen a una muerte segura. La ciencia médica es capaz de dar respuestas cada vez más eficientes y menos invasivas a males que, no hace mucho, eran considerados como altamente invalidantes. El análisis político no puede soslayar el hecho de que los hombres públicos no tienen, en la actualidad, una fecha de vencimiento por el mero paso de los años o por ser víctimas, en algún momento, de alguna afección. La medicina ha emancipado a la humanidad de maldiciones deterministas y, en forma ostensible, ha alejado las fronteras de la muerte hacia límites inverosímiles, tanto para las personas comunes como, con mayor razón, para aquéllas que tienen acceso a mayores posibilidades terapéuticas. Cifrar un discurso de campaña en semejante piedra de toque sería anacrónico y renqueante, pues bastaría con mostrar al candidato supuestamente enfermo en contacto con los electores y perfectamente lozano como para desmentir la especie.

Además, puede que sea un arma de doble filo. En 1995, cuando Carlos Menem enfermó de la carótida y fue sometido a una rápida intervención, buena parte del electorado tomó conciencia de que el país no se encontraba preparado para cambiar de monta. Bastó que el riojano se recuperara de tal operación para que, meses después, fuera reelegido por amplio margen. En la actualidad, y aunque avejentado por el paso de los años, el expresidente puede jactarse de haber sobrevivido a muchos de los que le atribuían la portación de alguna clase de mala suerte. No obstante estas perspectivas favorables, lo ocurrido con el gobernador probablemente refuerce ciertas cuestiones que, en las entrañas del Centro Cívico, eran tomadas con alguna liviandad. Una de ellas, tal vez la principal, es la elección de su compañero de fórmula. Hasta la angioplastia, el nombre del vicegobernador rayaba lo anecdótico; hoy tal vez no lo sea tanto. Para los que gustan leer entrelíneas, Schiaretti había tomado previsiones cuando Martín Llaryora, su vice de 2015, asumió como diputado nacional dos años después. “Pedí licencia, no renuncies” -le dijo. Siempre es mejor contar con una línea sucesoria clara y previsible, especialmente en un partido en donde la conducción no se discute y el que la transición comenzará, indefectiblemente y prescindiendo de la novedad de los stents, luego del próximo turno electoral.



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