La utopía del orden

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

De manera cotidiana, los insistentes encuestadores informan cada vez con más detalle acerca de cuáles son las preocupaciones de la gente, como para que los candidatos enfoquen dentro de esas problemáticas sus propuestas electorales. Estos relevamientos pretenden ser un termómetro de la opinión pública, sobre la base de lo que indica el método científico con respecto a universos, muestras y posibilidades de generalizar a partir de casos particulares. No son nada nuevo, por supuesto, pero van incrementando su presencia en el mundo de la política doméstica, donde se ha empezado a tomar a sus resultados como si fueran una palabra revelada. De hecho, a veces se justifican decisiones trascendentales a partir de la interpretación de esos porcentajes. Asignaciones de presupuesto, discursos de campaña y hasta la elaboración de las listas partidarias, pueden tener como origen un cuestionario respondido por una equis cantidad de personas. Y esa consecuencia de la tarea de los encuestadores resulta notoria, más allá de los cuestionamientos que suelen recibir algunas de estas empresas, ya sea por acomodar las cifras según el gusto de quien las encargó, o por falsear los datos técnicos que figuran al final de esos papers ilustrados por diagramas de diversos colores y tamaños. Aunque a menudo las conclusiones a las que arriban los analistas al desglosar esta información puede provocar una que otra sorpresa, en general aquellos trabajos de campo que se proponen auscultar las cuestiones que desvelan a los ciudadanos no van mucho más allá de ponerle porcentuales a lo que nos indica nuestro sentido común. La inflación, la inseguridad, la corrupción y la desocupación seguramente van a figurar por estos días en los primeros puestos del ranking, en cualquier medición realizada en la Argentina, de las tantas que preceden a la campana de largada de los actos proselitistas, con la mira puesta en alguno de los tantos comicios que habrá a lo largo de este año. Esos temas urticantes serán mencionados en los mitines, pero sobre todo en las campañas mediáticas, que de un tiempo a esta parte incluyen como parte trascendental los spots que circulan de teléfono en teléfono por las redes sociales, en un flujo que se se sabe dónde comienza pero no dónde puede llegar a terminar. Los postulantes ofrecerán soluciones a cada uno de esos ítems sobre los que la sociedad pone la lupa, aunque muchos de ellos luego, ya en funciones, manifestarán que la salida del problema podría llevar décadas. Lo insólito es que ninguna de las consultas realizadas por las firmas que se especializan en preguntarle a la gente qué opina, detectó un tema que, evidentemente, está entre las prioridades de muchas personas: mantener el orden en sus casas. Y la que percibió que esa necesidad era muy común en todo el mundo, fue la japonesa Marie Kondo, quien desarrolló un método que combina elementos de la filosofía oriental y el feng shui, para llevar a cabo algo tan práctico como darle su espacio a cada cosa, y así lograr que la armonía hogareña pueda mantenerse. Es obvio que en las opulentas democracias del hemisferio norte, donde están resueltas varias de las demandas vitales que se escuchan por aquí, aparece como lógico que las familias requieran de cosas que en estas latitudes se nos hacen superfluas o carentes de sentido. En las viviendas suburbanas de Latinoamérica, es difícil imaginar que haya quien se plantee como una dificultad grave la urgencia de acomodar la ropa o la vajilla, que probablemente escaseen, al igual que otros insumos esenciales. Sin embargo, si Marie Kondo expande sus dominios aún entre aquellos que no requieren sus servicios, es porque hay un trasfondo que lo solventa. Marie Kondo no figura en ninguna boleta electoral, pero ha sido elegida por millones de personas, que leen sus libros y ahora ven los episodios de su serie en Netflix, detrás de la utopía del orden perdido. Tal vez este fenómeno sea el indicador de que cualquier cambio social empieza en el propio hogar. O quizás el furor por el método KonMari exprese lo mismo que ciertas movidas políticas internacionales: el temor al caos y la necesidad de aferrarse a algún ordenamiento. Lo de la coach japonesa sería, en ese caso, una salida mucho más inocua que la de adherir a las propuestas de los fundamentalismos.



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