Cambiemos inscripto, pero sospechas están intactas

La filial local de Cambiemos dio ayer un paso significativo de cara a las próximas elecciones provinciales. Con la firma de su presidente, el PRO selló ante la Justicia su compromiso de disputar el gobierno a Unión por Córdoba junto a la UCR y el incombustible Frente Cívico.Llamativamente, el partido del presidente Macri todavía no lo había hecho.

Por Pablo Esteban Dávila

cambiemosLa filial local de Cambiemos dio ayer un paso significativo de cara a las próximas elecciones provinciales. Con la firma de su presidente, el PRO selló ante la Justicia su compromiso de disputar el gobierno a Unión por Córdoba junto a la UCR y el incombustible Frente Cívico.Llamativamente, el partido del presidente Macri todavía no lo había hecho.
Podría decirse que el hecho es auspicioso. Más allá de que los plazos electorales son fatales y que incumplirlos hubiera supuesto el quedarse al margen de la competencia, el minué de desencuentros dentro de la alianza macrista necesitaba un hecho simbólico que, de alguna manera, pusiera de lado sus actuales desavenencias. En este sentido, el hecho de mostrarse juntos ante la jueza Marta Vidal no es poca cosa.
Sin embargo, la realidad se empeña en recordar quela situación de Cambiemos está más próxima a la de una tragedia de Sófocles antes que a la de una novela de Corín Tellado,
Tan pronto hubo presentado el escrito aliancistaante el juzgado electoral, el apoderado radical, Alberto Zapiola, aseguró ante una consulta periodística que el candidato de la entente será Ramón Javier Mestre. Casi al mismo tiempo, pero a doscientos kilómetros de distancia, Mario Negri(el otro precandidato) afirmaba desde Bell Ville que será él quien habrá de vérselas con Juan Schiaretti, aunque “no descarta el diálogo”.
Para agregar desasosiego,el enfrentamiento dentro de la UCR también divide al PRO. Héctor “la coneja” Baldassi, sin decir agua va, ya se muestra como vicegobernador de Negri, en tanto que la conducción orgánica prefiere a Mestre, con Gabriel Frizza o Laura Rodríguez Machado como sus eventuales compañeros de fórmula.
¿Se trata de un enfrentamiento de los outsiders contra los aparatos partidarios? Alguien podría suponer de que se trata de algo así. Mestre controla el radicalismo, mientras que Darío Capitani preside un delicado equilibrio interno en el que, más allá de su endeblez, nadie saca los pies del plato excepto Baldassi, portador histórico del virus de la discordia amarilla. Negri, a quien nadie podría acusarlo de no ser un hombre de partido, se encuentra sin embargo extrañado de las estructuras formales de la fuerza y recluido en su importante zona de confort, esto es, el prestigio adquirido en Buenos Aires como gladiador legislativo de la Casa Rosada. Córdoba es su distrito, pero la conducción radical funciona sin su impronta.
Como fuere, sigue siendo una situación precaria para una coalición que, nominalmente, sostiene que no parará hasta arrebatarle el poder al peronismo. Claro que esta tarea no es menor. Unión por Córdoba está por cumplir dos décadas en el gobierno, una estadística que cualquier adversario debería tener en cuenta. Ninguna fuerza se sostiene durante tanto tiempo si no se asienta sobre algún mérito propio.
Las rencillas internas no constituyen, en si mismas, un problema. Forman parte de la dinámica política. No obstante, suelen ser más frecuentes en partidos periféricos (la izquierda es el caso paradigmático) que en los que tienen chances ciertas de ganar una elección. Cuando se está en el gobierno hay fuerzas poderosas que incentivan a quienes lo detentan a mantenerse unidos -los riesgos que entraña la desavenencia pueden ser enormes- y similares tendencias operan entre los que pretenden sucederlos dado que, si no prima el consenso, la división de esfuerzos puede acercarlos a la derrota antes que a la victoria.
Pero esta lógica no es la que opera en Cambiemos, con el agravante de que se trata de la filial cordobesa del oficialismo nacional. Si el que está detrás de este armado es el propio Mauricio Macri no se entiende, en definitiva, el porqué no es posible una estrategia interna coordinada.
Hay múltiples explicaciones. Una de las más difundida (aunque en clave conspirativa) es que Macri no quiere, en realidad, ganar en Córdoba. Que le sirve más un opositor como Schiaretti que un aliado de su propio espacio. El problema de esta teoría es que no puede ser documentada y que, aunque pudiera verbalizarla, el presidente se metería en un lío de órdago con repercusiones por doquier, ninguna edificante.
¿Puede que sea una prueba indirecta de este deseo oculto su reticencia en ordenar su tropa mediterránea mediante un dedazo de necesidad y urgencia? Tal vez, pero en justicia debe decirse que, aunque ahora quisiera hacerlo, llegaría demasiado tarde. Mestre no acataría una orden que, previsiblemente, lo dejaría afuera. Y es el intendente quién lleva las riendas del principal socio de la entente.
La tarea de fabricar un candidato desde la Casa Rosada debería haberse acometido algún tiempo atrás. En rigor, mucho tiempo atrás. Pero no se hizo, con las consecuencias a la vista. Negri se cree ungido por el afecto presidencial y Mestre se considera excluido de los beneficios de tal amistad.La falta de previsión ronda la irresponsabilidad política, especialmente teniendo en cuenta que Córdoba es la provincia que, en términos electorales, más satisfacciones le ha dado a Macri.
Este factor es lo que diferencia a la actual irresponsabilidad territorial de aquélla que supo protagonizar el kirchnerismo durante su larga década. Ni Néstor ni Cristina, a pesar de su enorme poder, pudieron nunca organizar otra cosa que famélicas mini tribus K en lajurisdicción. Recursos no les faltaron, mas no lo lograron. Córdoba jamás les fue propicia, ni siquiera para organizar una estructura formal y disciplinada que sobreviviera a los vaivenes electorales a la espera de mejores tiempos.
Si la Casa Rosada no logra, independientemente de sus inquilinos, desarrollar al máximo un proyecto propio en una provincia tan importante, debe ser porque muchas de sus avenidas están bloqueadas con barricadas políticas. Los K padecieron un PJ poderoso con un fuerte liderazgo local, que les privó de cuadros peronistas que, en la mayoría de los distritos, nutrieron sus experimentos locales. Ahora Cambiemos debe vérselas con el mismo actor que, a efectos simbólicos, suma a su clásico electorado justicialista muchos votos moderados que, en las elecciones nacionales, votan sin fisuras por Macri. Para el macrismo, su base electoral juega al poliladrón. Debe ser un auténtico suplicio.
Todos estos desencuentros ocurren en el mismo momento en que Schiaretti se apresta a atacar el gran feudo de la coalición, esto es, el Palacio 6 de Julio. Hace algún tiempo que tiene el candidato para el asedio y los números parecen alentar la empresa, sin que desde la vereda del frente parezca haber reacciones adecuadas al desafío.
La contienda municipal, de producirse según los vaticinios, mostrará la fibra de la que están hechos los oficialismos en pugna. El nacional, incapaz de ordenar a su tropa y ofrecer un auténtico proyecto de poder, con el riesgo de perder la segunda ciudad del país; el provincial, reinventando su veteranía y a punto de disputar un territorio hasta ahora esquivo. ¿Le alcanzará al primero los cursos intensivos de Durán Barba para suplir la falta de un armado convincente en Córdoba? La magia del ecuatoriano, tal vez, ya no resulte suficiente.



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