La insoportable liviandad de Lilita

Lo de Carrió es la distracción política sistemática: su función es el permanente intento de desviar la atención del ciudadano común desdeel agobio que le provocan las sucesivas malas praxis políticas hacia un terreno presuntamente ético, del que se ha autoerigido en abanderada, superando en ese empeño a la ahora deslavada y gemebunda Margarita Stolbizer.

Por Luis Ortiz

Dice el Nobel de literatura español Camilo José Cela, en su Enciclopedia del Erotismo (Madrid, 1976, tomo III), en la entrada Ekberg, Anita: … “La Ekberg es un claro ejemplo de la posibilidad de llegar a actriz careciendo de las más elementales dotes interpretativas; las razones de su éxito —relativo y no más que efímero— deben buscarse en la aparatosa y pasmosa distribución de sus carnes y, especialmente, en la rotundidad de sus tetas heroicas que, ocupando por completo la pantalla, impiden que el espectador pueda fijarse en ninguna otra circunstancia”. Se refería, claro está, a la hoy difunta actriz sueca que supiera protagonizar ‘La dolce vita’ (1960) de Federico Fellini, una diva de la que ya casi nadie se acuerda.
Es probable que el lector impaciente se pregunte qué demonios tienen en común la “monumental hembra sueca” (Cela dixit) y nuestra atrabiliaria dirigente política. Obviamente, no es la belleza. Aunque nuestra Lilita abunda en algunos de los dones de la sueca, la madre Naturaleza no atinó a dispensarle unadistribución proporcionada. Ergo, no faltará quien piense que las similitudes no van más allá del uso del diminutivo en sus respectivos nombres y que por ello toda otra comparación entre ambas es improcedente y traída de los pelos. En lo que sigue, intentaremos demostrar lo contrario.
A nuestro juicio, lo que comparten la sueca y la chaqueña está relacionado, básicamente, con su quehacer: ambas pertenecen a la industria del entretenimiento. Lo de la Ekberg fue el entretenimiento cinematográfico, en Hollywood y en Cinecittá. Lo de Carrió es la distracción política sistemática: su función es el permanente intento de desviar la atención del ciudadano común desdeel agobio que le provocan las sucesivas malas praxis políticas hacia un terreno presuntamente ético, del que se ha autoerigido en abanderada, superando en ese empeño a la ahora deslavada y gemebunda Margarita Stolbizer. Esto se vio con claridad hace poco en los recurrentes (y enésimos) apagones de verano en Buenos Aires —resultado de que se sigue generando y distribuyendo electricidad con la misma infraestructura que en su momento privatizó el menemismo, aunque ahora con tarifas neoyorquinas—. Lilita subió al podio mediático para decir que los últimos aumentos eran injustificados. Eso. Nada más. Nadie mejorará la infraestructura, que seguirá su natural deterioro, ni parará las tarifas, que seguirán aumentando según el cronograma previsto. Ella ya hizo lo suyo en el escenario.
El papel que más le gusta representar es el de una autoproclamada columna vertebral de la República: algún distraído que la escuchara autoelogiarse podría terminar convencido de que, de no ser por este solitario Atlante con polleras, el cielo se nos caería encima. Entiéndase, algún distraído que desconociera su oscuro pasado de sirviente de la dictadura militar en el Chaco y cómplice de los fusilamientos clandestinos de Margarita Belén; todo reconocido por ella misma y por lo cual jamás se le escuchó pedir disculpas. Tampoco se acuerda nadie ya de sus coqueteos con el kirchnerismo (ver foto) ni de su papel de valedora del “Rulo”, como solía llamar cariñosamente al torpe y ambicioso Lousteau, el otrora entusiasta inventor de la 125. Algunos elementos esenciales para su módico éxito son su infinito descaro, la voluntariosa desmemoria de la sociedad argentina y, lo más importante, el tablado que generosamente le ofrendan los medios del arco oficialista, en cuyos programas prácticamente forma parte del mobiliario. El entretenimiento que brinda requiere que cada aparición suya sea anunciada previamente con bombos y platillos y, a juzgar por las expectativas que se busca crear, como la ocasión de una revelación sísmica que pondrá al mundillo político patas arriba. Todo termina siempre en un cada vez más previsible parto de los montes, en el que la mamushka de sucesivos ratoncillos ya muestra signos de agotarse.
Su vanidad y megalomanía son hiperbólicas. En el último reportaje que concedió a La Nación (27/01/2019) afirma sin temor al ridículo que la pasada “navidad pacífica” se debió a que “… yo garantizo la institucionalidad. Después puedo discutir todo lo demás.” Y afirma acto seguido que, a raíz de su apoyo a Macri durante el “intento de golpe cambiario y político”, “en un momento sale el Papa diciendo ‘hay que ayudar a Mauricio’. Y la segunda cosa que dice el Papa, a través de Grabois, es “queremos que haya elecciones el año que viene”. Así, Francisco dejaría que ella lo conduzca por el recto y angosto sendero de la institucionalidad. La forma en que pretende manipular los hechos es de una torpeza supina: el “golpe cambiario” fue un choque autoinfligido por la ineptitud y el internismo del gobierno; y si el papa prefiere las elecciones, es sólo porque piensa que su candidata tiene chances de ganar. El papel de ella en todo el proceso es inexistente.
El macrismo no depende de Carrió, pero ambos se complementan. El gobierno lleva el barco a la deriva, y ella trata de entretener al pasaje con su peculiar versión de vodevil ético. No es necesario esperar a su óbito para que la alcance el merecido olvido: bastaría con que los medios dejaran por un tiempode dar cámara y centimetraje a su intranscendencia. Si el mundo ya olvidó a la Ekberg, a los argentinos nos llevará apenas algunas semanas arrumbarlas liviandades de Liliraen el oscuro desván que les está reservado a los cómicos fracasados.



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