El socialismo quiere arreglar un nuevo matrimonio

El socialismo ha ocupado un importante lugar en la historia. Hoy, en una crisis de identidad que se combina con su poca representatividad, anda buscando pareja para las elecciones de mayo.

Por Javier Boher
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Todos hemos visto esas películas que retratan a alguna familia tradicional con un pasado de gloria que hoy vive en decadencia. Ropajes algo quedados en el tiempo, grandes casas mal mantenidas y añejos retratos colgando de las paredes.
Por supuesto que en Córdoba conocemos a muchos de esos con dos apellidos y estirpe monserratense que hoy sólo viven de recortes de diarios con las hazañas de los que los precedieron. Sorprendentemente, también hay algunos partidos a los que les pasa más o menos lo mismo.
Hace sólo unas semanas este mismo medio publicó la foto de la reunión sostenida por Esteban Avilés, Alberto Martino y Matías Chamorro con la que pretendían comunicar las negociaciones por los acuerdos que les permitan presentarse juntos a elecciones.
Avilés y Martino son dos personajes con perfil conocido, por sus gestiones al frente de Carlos Paz y Río Tercero respectivamente. Chamorro, por su parte, es un poco más anónimo: es el joven presidente del Partido Socialista cordobés. Como las familias nobles que se casaban con los burgueses para evitar la decadencia, el socialista estaría buscando vender bien el sello.
De pasado ilustre, el Partido Socialista fue, junto a la UCR, uno de los primeros partidos políticos modernos y de masas en el país. En sus filas pasaron nombres célebres como Juan B. Justo, Alicia Moreau, Alfredo Palacios, Nicolás Repetto o José Ingenieros. Más acá en el tiempo, Hermes Binner o Raúl Giustiniani le dieron proyección nacional desde su bastión santafesino.
La realidad en Córdoba siempre fue bien distinta. Desde la unificación de los ‘90, el partido exhibió nombres que poco pudieron hacer para darle centralidad, y siempre sobrevivió como relleno, lejos del protagonismo que detentó en sus primeras décadas. El PS se convirtió en la joya para legitimar las alianzas.
Desde la “Gestión socialista” que promocionan en Cosquín están proyectando los esfuerzos hacia afuera. Convirtieron al municipio en la kamchatka progresista en la que refugiarse para sobrevivir a los tiempos de polarización. Por eso fue que Tomás Méndez mudó parte de su campaña a ese escenario serrano.
El diálogo de aquella primera reunión terminó sumando al propio Méndez, que en la tirante elección que se espera para mayo corre riesgo de quedar al margen de la disputa que se va a concentrar en los dos polos más tradicionales de la provincia, peronismo y radicalismo más allá de las denominaciones.
El Partido Socialista, con su pasado y -algunas veces- presente de defensa de los trabajadores, está tratando de sobrevivir al personalismo de los dirigentes que creyeron ser más que un espacio que pese a todo ya tiene más de un siglo. Hoy prestaría el sello a los que tienen los votos.
La provincia y el municipio ya vivieron las candidaturas de Sesma, Eduardo García o Carlos Vicente con ese sello, hoy desperdigados en otros espacios llevando a cuestas su puñado de seguidores y su facturero de monotributista para poder seguir viviendo de las arcas públicas gracias a aquel que los quiera recibir.
El Partido Socialista pasó de defender a los menesterosos a ser un menesteroso.
Justo e Ingenieros fueron los pensadores que conjugaron la conciencia del socialismo, los derechos individuales del liberalismo y los preceptos científicos del positivismo en una identidad política que promovía la igualdad, la democracia y el pensamiento crítico, valores que hoy parecen una caricatura en manos de los representantes que se ven en la docta.
La indulgencia -o complicidad- del socialismo cordobés con el proceso kirchnerista, la pretendida neutralidad ante la catástrofe venezolana y el apoyo a los reclamos de grupos abiertamente antidemocráticos los ponen del mismo lado que el progresismo infantil que no conoce de civilización, civismo o civilidad.
La diferencia con aquellos es que estos, a falta de votos, tienen un apellido ilustre para aportar a un nuevo matrimonio por conveniencia.



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