Un discurso solvente, pero aún sin relato

El prestigio con el que terminaría su segundo mandato no consecutivo es tan alto que, incluso, Schiaretti sueña con arrebatarle a Cambiemos la ciudad de Córdoba.

Por Pablo Esteban Dávila

¿Puede alguien haberse sorprendido por el tenor del discurso del gobernador ante la Legislatura? Aparentemente sí, contrariamente a lo que podría suponerse. Buena parte de la prensa comentó que los anuncios de Juan Schiaretti obviaban el hecho de que, técnicamente, este es su último año de mandato. Con precisión, pero también con bastante ingenuidad, se destacó que la mayor parte de los proyectos enunciados necesitaban más tiempo de lo que le queda de gobierno, y que esto desnudaba su vocación por permanecer en el poder pese a que estuvo lejos de blanquear esta intención frente a los legisladores. La pasión por el calendario puesta de manifiesto por estos análisis pretende denunciar una intención del gobernador que se juzga inapropiada, cual es entender que las próximas elecciones son un mero trámite para el oficialismo. Semejante cosa se antoja como presuntuosa y prematura. El asunto es que difícilmente Schiaretti podría haber obrado de otra manera. Reclamarle que hiciera lo contrario de lo que hizo el viernes pasado es desconocer que, en política, está prohibido mostrar debilidad. Si un gobernador al que le asiste el derecho de una reelección decide, sólo porque el almanaque así lo indica, pronunciar un discurso cancelatorio de su actual período, evoca, implícitamente, una preocupación por su futuro que, desde el punto de vista del realismo, es a todas luces contraproducente.
Es cierto que la única verdad será la que surja de las unas el próximo 12 de mayo y que, en una democracia auténtica, nada está dicho hasta que el último voto haya sido contado. En 2015 las encuestas vaticinaban un cómodo triunfo del actual gobernador sobre la fórmula Aguad – Baldassi (las apuestas eran por cuanto sería la diferencia) pero, cuando culminó la jornada electoral, la distancia terminó siendo de cinco puntos, con la ciudad de Córdoba eligiendo una vez más en contra del oficialismo provincial. Aunque aquel antecedente debería ser siempre un llamado a la prudencia, tampoco debe imaginarse un escenario catastrofista para Unión por Córdoba, que transforme sus anuncios ante la Legislatura en un voluntarismo alucinado. Es un hecho que la gestión schiarettista tiene méritos para reclamar un nuevo mandato. Hay un festival de obras públicas en ejecución, el gobierno en general muestra una gestión eficiente y sin fisuras y no existen denuncias de nota por corrupción, pese a los múltiples esfuerzos de la oposición por contagiar a Córdoba con la sepsis de Odebrecht, hasta ahora sin éxito. El prestigio con el que terminaría su segundo mandato no consecutivo es tan alto que, incluso, Schiaretti sueña con arrebatarle a Cambiemos la ciudad de Córdoba. Por primera vez en medio siglo un candidato peronista, Martín Llaryora, se encuentra en condiciones de sentar sus reales en el Palacio 6 de Julio. Si esto efectivamente ocurriese, el gobernador podría agregar a sus proyectos provinciales de largo aliento similares empresas dentro de la Capital. No es, por consiguiente, ni realista ni sensato pretender que, con semejante espalda política, el gobernador se despida por las dudas y al sólo efecto de dramatizar el final de su período. Cualquier sorpresa porque no haya hecho tal cosa es inconducente. Pero esto no significa que todo le haya salido perfecto en los últimos tiempos. Por ejemplo, no habló de EPEC. Muchos han recalcado esta omisión. Pese a que, objetivamente, el gobierno ha lidiado con solvencia frente al poderoso gremio de Luz y Fuerza a lo largo del último año, las distorsiones en la empresa son tan fuertes que no alcanza con ganar algunas de las partidas de ajedrez que se libran en contra de Gabriel Suárez y de sus conducidos. EPEC merece un remedio estructural que, al parecer, Unión por Córdoba no está dispuesto a administrar. Sin eficiencia en el manejo de sus costos y sin concentrarse en el negocio de la distribución eléctrica (el único en el que podría mostrar números positivos), la empresa es inviable. Pretender continuar operando los segmentos de generación y transporte de energía -lo que el gremio denomina “empresa integrada”- y al mismo tiempo equilibrar los números es, cuanto menos, realismo mágico. El gobernador lo sabe perfectamente, tal como lo supo José Manuel de la Sota, pero ninguno de los dos quiso, a su tiempo, tomar el toro por las astas y desprenderse de este gravoso engendro económico – sindical. Otro aspecto que no fue mencionado por el discurso del gobernador es el de la inseguridad. Es sabido que el oficialismo no ha tenido un Rudolf Giuliani al frente de la policía que haya actuado decisivamente en contra de los malvivientes. Sin alcanzar los niveles de violencia de la provincia de Santa Fe, especialmente en la ciudad de Rosario, Córdoba padece un problema cierto que, hasta ahora, no se ha abordado con la prioridad que pudiera merecer. ¿Hay una solución evidente? Para EPEC podría existir -dicho sin vueltas, su privatización- pero para combatir la inseguridad se requiere una constancia que excede el voluntarismo o la anécdota mecanizada, tal como lo es la adquisición periódica de nuevos patrulleros. Hay muchos ejemplos en el mundo sobre cómo una policía eficiente, con presencia en las calles y reglas claras sobre cómo abordar el delito puede hacer la diferencia. Pero, por sobre todo, debe existir alguien (un funcionario con nivel o el propio gobernador) dispuesto a hacer lo que dictan los manuales. Hasta ahora esta persona no ha aparecido, y tampoco sus líderes han brindado respuestas de largo aliento al respecto, mucho menos señalando el problema como prioridad ineludible. Finalmente, el mensaje de Schiaretti dejó un déficit que, dada su personalidad de ejecutor, es comprensible, pero que, en algún momento, deberá abordar, esto es, su relato. Este término, íntimamente unido a la praxis política, otorga sentido a lo que se hace e invita a hacer lo que todavía no se ha logrado. Aunque pervertido por las post verdades del kirchnerismo, la función del relato es pedagógica, toda vez que orienta, uniforma y confiere sentido a la acción, al tiempo que invita a continuarla más allá de sus ejecutores. En este sentido, falta todavía comprender cuál es el propósito final de Schiaretti como político. La obra pública, su especialidad, es, sin embargo, el distrito de los ingenieros y los planificadores, no de los estadistas. Si es reelecto, el gobernador puede legítimamente aspirar a ser parte de esta categoría, pero le faltará su visión, su relato, para ser admitido como tal. Mientras vivió De la Sota, la epopeya de Unión por Córdoba sea recreaba en cada elección, una combinación entre propaganda eficaz e ingeniosas construcciones ideológicas, tan propias de su liderazgo. Ahora, y con su ausencia, Schiaretti deberá suplir aquellos destellos programáticos con su propio entendimiento del futuro. Todavía no lo ha hecho y, de triunfar nuevamente en mayo, comenzará a serle exigido cada vez más con mayor premura; en rigor, no tendrá excusas para demorar esta construcción, la única que no se soluciona con cemento.



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