Francisco le teme al poder

La tibieza del papado de Francisco deja a la vista que tiene miedo de ejercer el enorme poder que pusieron en sus manos, porque sigue apostando a la prescindencia internacional.

Por Javier Boher
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La política está unida de manera indisoluble al poder, porque es este último el que permite triunfar en la primera. La pregunta que subyace a esta cuestión, entonces, es para qué se quiere el poder. Al ser un medio universal, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo, aunque también puede ser subestimado o ejercido con culpa.
El caso del poder que se acumula para convertirse en un fin es el que típicamente caracteriza a los autoritarismos como el venezolano, que renuncian a toda pretensión de usarlo como un medio para mejorar la calidad de vida de la gente. Dejan de lado su utilidad política, concentrándose cada vez más en la represión para ocultar beneficios obtenidos a costa de la gente.
El segundo caso, aquel en el que el poder se posee con culpa y no se ejerce en toda su magnitud, es el caso del Papa Francisco. Los católicos, de ser considerados una nación, representan a alrededor de 1200 millones de personas, sólo superados por China y la India.
Pese a ese gran activo, el Papa se comporta como un pastor humilde de parroquia de barrio que debe recordarle a los fieles la importancia de sostenerla con la limosna, no como un líder mundial que podría sentarse a la mesa de las negociaciones terrenales con los que cortan la torta.
Sus declaraciones alrededor de las dictaduras venezolana y nicaragüense lo dejan muy mal parado ante una sociedad americana que hace tempo decidió darle la espalda a esa forma de hacer política. Por su postura quedó atado a gobiernos salientes vinculados a corrupción, violencia o abusos.
Aquí poco importa la simpatía ideológica: el accionar del papa no logra ni siquiera contener a la tropa propia, un rebaño que se sigue dispersando en decenas de ramas de un evangelismo que sigue creciendo. Para hablar de una apuesta por los pobres, ésta parece no estar pagando, porque es justamente en esos sectores donde le dan cada vez más la espalda.
Cuando al principio de esta semana, después de visitar Panamá, aseguró que le preocupaba un derramamiento de sangre en Venezuela, lo suyo pareció una burla a los familiares de los más de 12.000 muertos a manos del estado venezolano en los últimos dos años, casi el triple que la dictadura de Pinochet a lo largo de 17.
Parece demasiada sangre como para pasarla por alto.
Su fallido equilibrismo para no ofender a nadie lo ha dejado en ridículo más de una vez. Su papado hasta ahora es de una intrascendencia absoluta, en línea con la tibieza con la que lo ha ejercido. No logró el éxito en ninguno de los procesos en los que intentó interceder, sea Cuba, Colombia o México.
Jamás logró torcer el destino de las negociaciones sobre ningún tema de relevancia internacional. Muy por el contrario, se dedicó a darle letra a sus enviados en la sombra en la Argentina para que opinen sobre la inmoralidad de cuestiones que no mueven el amperímetro de ninguna sociedad moderna. Pudiendo tener el mundo, se concentra en su aldea. Más mediocre no se consigue.
Aquel temor del progesismo por la sorpresiva asunción de Francisco (de que se convirtiera en un bastión de la lucha contra la izquierda y las dictaduras como fue Juan Pablo II para Europa Oriental) demostró ser exagerado y terriblemente equivocado.
Su permanente cuestionamiento a la inmoralidad del capitalismo y la perversidad del neoliberalismo se parece el discurso de aquellos abuelos que, añorando sus épocas, cuestionan las formas de los jóvenes. No las aceptan ni logran cambiarlas: lo suyo es la queja estéril mientras los involucrados prefieren ignorarlos.
Francisco jamás puso en riesgo a los gobiernos populistas de América Latina, nunca condenó a sus líderes ni amenazó con excomulgarlos. No supo convertirse en un defensor de los pobres, como gusta definirse. Sus gestos de humildad quedaron en escenificaciones que rápidamete se evidenciaron como poses, lejos de la efectividad de las personalidades verdaderamente revolucionarias.
Sus acólitos hacen contorsionismo para defender su supuesta magnanimidad. No se rebelan, no lo cuestionan, no le exigen. Acatan y justifican. La realidad los deja expuestos mostrando la misma tibieza que ha caracterizado su papado, en el que ha rehusado ejercer el enorme poder que pusieron en sus manos.



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