El socialismo bolivariano, fracaso anunciado que ayuda a Macri

El motivo por el que buena parte de Latinoamérica haya sido tan permeable a esta ideología perversa reside en que, en buena medida, sus habitantes consideran que viven en naciones ricas. En Venezuela esta creencia ha tenido, ciertamente, bases sólidas.

Por Pablo Esteban Dávila

Nadie debería sorprenderse de lo que sucede en Venezuela. Estaba escrito. Solo hacía falta saber leer. Cuando en 1999 Hugo Chávez llegó al poder escribió la primera página del actual descalabro. Al proclamar su engañoso “socialismo del siglo XXI” puso la piedra basal de la debacle que, tras su muerte, heredó el todavía más inepto Nicolás Maduro.
¿En qué consistió, originariamente, el experimento chavista? En un monumental proceso de intervención económica sobre el mercado y estatización masiva de empresas rotuladas por el régimen como “estratégicas”. Incluso la muy argentina Sidor (propiedad del grupoTechint) fue nacionalizada sin contemplaciones en 2008 pese a la alianza que, por entonces, Caracas mantenía con Buenos Aires.
El autoritarismo vino después. Con el creciente estancamiento que las políticas de nacionalización e intervención estatal produjeron sobre la economía venezolana (sumado a la baja en el precio del crudo operada desde 2014) el chavismo tuvo que recurrir a la conculcación de más derechos políticos y sociales para mantenerse en el poder. Además, y para ratificar que, en América Latina, los dictadores de derecha e izquierda aman a los fusiles, primero Chávez y después Maduro forjaron una alianza con las cúpulas de las fuerzas armadas entregándoles parcelas de actividades productivas para su manejo. Ni Jorge Rafael Videla se atrevió a tanto en su cruzada anticomunista.
El conocido economista de la escuela austríaca Friedrich von Hayek, en su obra Camino a la Servidumbre, lo había dicho sin medias tintas medio siglo atrás de que Chávez llegara al poder: “el socialismo engendra autoritarismo”. Comienza con propósitos nobles, tales como la justicia social, la igualdad o la lucha contra la pobreza, y termina apropiándose de la libertad. El proceso es mecánico y, en rigor, puede que ni siquiera haya estado, originariamente, en la mente de sus ideólogos. Simplemente ocurre que, cuando el Estado se mete en el mercado bajo la excusa de la planificación centralizada o la soberanía política (algo que muchos, al principio, aplauden irresponsablemente), a la larga o a la corta la economía termina viniéndose a pique, con el corolario que, en el ínterin, es necesario acabar con la prensa libre, silenciar a la oposición y, finalmente, reprimir a los ciudadanos que piden comida o medicamentos con tal de mantenerse en el poder. Hay innumerables ejemplos en todo el mundo sobre el funcionamiento de esta mecánica.
Von Hayek escribía con el comunismo soviético y el experimento nacionalsocialista en mente y, salvo alguna asociación con el peronismo de los años ’50, el fenómeno del populismo izquierdista latinoamericano lo debe haber tenido sin mayor cuidado. Pero lo cierto es que el cóctel entre socialismo, nacionalismo y populismo terminó por incoar un tipo de sistema que destruye las fuentes de riqueza que, al menos en las intenciones, los líderes de este cuño habían llegado para repartir.
El motivo por el que buena parte de Latinoamérica haya sido tan permeable a esta ideología perversa reside en que, en buena medida, sus habitantes consideran que viven en naciones ricas. En Venezuela esta creencia ha tenido, ciertamente, bases sólidas. El país descansa sobre una de las mayores reservas petrolíferas del mundo y el hecho de haber tenido históricas desigualdades puede que haya motivado a muchos sectores sociales a confiar a Chávez y sus afiebradas ideas un reparto más equitativo de tal riqueza.
Pero este concepto olvida que la riqueza no se mide en la cantidad petróleo o de minerales que haya bajo suelo, sino en el talento y los capitales disponibles para extraerlos. Lo mismo vale para las grandes llanuras argentinas: aunque naturalmente fértiles, necesitan del hombre para volverlas productivas y generar valor. Vale decir que, sin apropiados incentivos económicos y sistemas políticos, la riqueza “en potencia” no es más que un objeto de deseo sin posibilidad alguna de producir bienestar, mucho menos de ser distribuida con algún criterio de bondad estatal.
Juan Bautista Alberdi, el más lúcido de los pensadores nacionales, escribió a mediados del siglo XIX que “de suelos ricos nace gente pobre”. Él pensaba en las Provincias Unidas, llenas de vacas que se criaban solas y de pasturas interminables (o, en el caso de Bolivia, con minerales que, en definitiva, habían significado su ruina), pero su apotegma podría aplicarse a pie juntillas al caso de la Venezuela contemporánea.
Porque, para los venezolanos de a pie, el petróleo ha sido una maldición más que una cornucopia. Ayudó a estructurar la proto dictadura de Hugo Chávez cuando el barril superaba los cien dólares, y terminó de consolidar la dictadura a secas de Maduro cuando se desplomó debajo de los cuarenta. Si antes estas fluctuaciones no habían afectado decisivamente al andamiaje institucional del país fue porque, de alguna manera, la antigua elite política venezolana había acordado reglas de juego mínimas que permitían preservar la libertad de la mano de una economía algo más diversificada. Los bolivarianos rompieron con aquel delicado equilibrio -que muchos latinoamericanos admiraban- y, ya sin aquellos muros institucionales, terminaron por generar la actual catástrofe humanitaria sentados sobre monumentales (e hipotéticas) riquezas.
El comprender esta realidad e intuir que el horror que producía la dictadura chavista en buena parte del electorado argentino había colaborado a su propio triunfo, indujo a Mauricio Macri a sostener la que, quizá, haya sido su única política de estado, cual fue la denuncia permanente del régimen de Caracas como una dictadura asesina y autoritaria. El premio a esta tozudez fue la inesperada asunción de Juan Guaidós como presidente interino, que permitió a la Casa Rosada liderar una política que ha devenido en mundial, desde Washington a Bruselas.
En este sentido, la aceptación de las opinables credenciales de la embajadora de Guaidós en la Argentina ha permitido al presidente regresar a la gran escena internacional tras el exitoso G20, trabajando codo a codo con Donald Trump en el propósito -que de tan noble podría terminar en epopeya- de devolver la democracia a la atribulada Venezuela. Si tuviera éxito en la porfía sería un duro golpe a la resiliencia chavista que encarna Cristina Fernández de Kirchner y, a un tiempo, un eficaz recordatorio de la vigencia del pensamiento de Alberdi y Von Hayek, pese a que, en el mundo de lo políticamente correcto, ambos sufran de una velada proscripción.



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