Los que no conocen de deporte piden plata para sostenerlo

Como si el desempeño deportivo dependiera sólo de la plata del Estado, numerosas personalidades salieron a cuestionar la decisión del gobierno de habilitar el financiamiento con aportes privados.

Por Javier Boher
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Vivimos en una sociedad absolutamente estadodependiente. Muchas veces reclamamos para que el Estado ejerza numerosas funciones que en otras partes del mundo quedan en manos de la sociedad civil (porque, aunque haya que aclararlo, no todos los actores privados son empresas).
Si hablamos de educación y salud la cosa está más o menos clara, porque cualquier sociedad necesita de una fuerza de trabajo sana y capaz para generar los recursos que la sostengan. Ahí el Estado es necesario, sea proveyendo o regulando los servicios. Ningún país desarrollado ha logrado serlo retirándose de ambos sectores. El tema, sin embargo, se plantea en los alcances que debe tener el Estado más allá de esas funciones vitales (junto a la seguridad) para la conservación y reproducción social.
Ayer se desató un interesante discusión por la creación de la Agencia del Deporte Nacional para reemplazar a la Secretaría de Deportes de la Nación. Rápidamente, decenas de periodistas, intelectuales, deportistas y opinólogos salieron a cuestionar la medida, por considerar que era la “privatización del deporte en Argentina”.
El panorama que pintaron es desolador. A su entender este decreto (que habilita los aportes privados para sostener la estructura deportiva, tal como sucede en Córdoba desde que se creó la Agencia Córdoba Deportes hace casi 20 años) significaría el abandono del interés público respecto al deporte. Muchos de los críticos consideran consumado un negociado inmobiliario con el valioso predio del CeNARD (lo que de concretarse sería un terrible error).
Lo real es que los que verdaderamente sostienen los deportes son quienes los practican, sus federaciones y los sponsors que acompañan a aquellos que salen a conseguir financiamiento para desempeñar sus actividades, no los que opinan desde afuera.
Los grandes fondos con los que se dice apoyar el deporte muchas veces terminan asignados a dedo, por amiguismo y no por mérito, o sosteniendo gigantes burocracias cuyo vínculo con el deporte es usar jogging y zapatillas de correr para ir a la oficina.
De manera casi simpática, los que se rasgan las vestiduras por el deporte nacional son los mismos que aseguraban que era un despropósito organizar los Juegos Olímpicos de la Juventud del año pasado, o los mismos que se quejan de que el gobierno financie ciertas actividades deportivas no convencionales.
Los que siempre se dedicaron al trabajo intelectual y desprecian la actividad física (como el grueso de los académicos universitarios) hoy piden que el Estado sostenga a los deportistas tal como debe sostenerlos a ellos con becas y equipos públicos de investigación, sin importar si pueden competir (y ni hablar de ganar).
Son los que no ahorran en prejuicios para hablar de los que practican equitación, rugby, tenis o hockey, mientras se deshacen en elogios para los que hacen fútbol o boxeo, deportes populares convertidos en bandera y caricatura de un movimiento político que hizo de la pasión un negocio muy rentable.
Esta decisión del gobierno nacional es un reordenamiento de un perverso armado institucional con el que el kirchnerismo maniató la circulación de fondos para el deporte, creando diversas instituciones de tareas poco transparentes pero muy útiles para los que creen que gobernar es simplemente declarar.
No es casual el revuelo. Hay que recordar los negociados que se hicieron durante muchos años (y aún se hacen) con el deporte. El Fútbol Para Todos, Aníbal Fernández como presidente de la Confederación Argentina de Hockey, Víctor Santa María (sindicalista de porteros de edificios) como presidente de la Confederación Argentina de Deportes, los desmanejos de la AFA y los clubes o el uso político de los deportistas en campaña.
El deporte en Argentina está herido. No es a través de más Estado que conseguirá sanar, sino a través de políticas serias, sostenibles y sin multiplicidad de actores que busquen fondos públicos con voracidad. Difícilmente dependa de una agencia o de una secretaría que los deportistas se entrenen con compromiso y pasión: defender esas instituciones no es defender a los que juegan.



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