La izquierda inmadura defiende a Maduro

La crisis venezolana ha despertado distintos tipos de análisis, con la izquierda que otra vez ha sabido dejar en claro que -aunque no odie la democracia- tampoco la aprecia.

Por Javier Boher
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La Ciencia Política es una disciplina que se vale de múltiples categorías y conceptos para clasificar los diversos fenómenos políticos. Equidistante de los debates filosóficos sobre cómo debe organizarse el mundo y del ejercicio de la práctica política, cada fenómeno político puede ser denominado de alguna manera por los politólogos.

Entre las clasificaciones hay toda una rama dedicada a catalogar a los distintos regímenes políticos. Aunque se puedan designar de distinta forma según aquello que los caracteriza, la principal diferencia es entre los sistemas de consenso y los sistemas de coerción. Aunque se puedan aplicar matices, en los primeros están las democracias y en los segundos los autoritarismos.

Por eso acá hay que hacer un llamado de atención a los desorientados, poco formados, desinformados e hiperpolitizados progresistas que analizan la cuestión venezolana. La única democracia que existe y funciona es la democracia liberal. Se entiende que les guste hablar de democracias populares, democracia directa o democracia plebiscitaria, pero sólo la democracia liberal (que puede ir de una fórmula representativa pura a un mix con instrumentos de democracia directa) garantiza que sea un verdadero sistema de consenso.

Las izquierdas latinoamericanas han dado muestras de desprecio por la democracia liberal (con algunas pocas excepciones). En sus argumentos en contra de las instituciones liberales (como la división de poderes y el sistema de frenos y contrapesos) han expuesto, por ejemplo, que es una doctrina norteamericana o que está pasada de moda, como dijo en su momento Evo Morales, presidente de Bolivia. Esto no los hace necesariamente autoritarios, pero los acerca bastante.

La crisis de Venezuela ha corrido el velo de lo que entienden muchos de nuestros políticos por democracia, república, instituciones y derechos. En un año electoral que promete una pelea intensa, la urgencia del progresismo por salir a defender a Maduro y sus esbirros es incomprensible (al menos desde lo discursivo). Prefirieron defender el autoritarismo antes que la democracia.

La ebullición hormonal del progresismo adolescente los ha empujado a elevar la voz por Venezuela, defendiendo a Maduro y en contra del “imperialismo yanqui que se entromete en los asuntos internos de un país soberano porque quiere el petróleo”.

Pese a esa encendida defensa de la soberanía, durante su gobierno arreglaron un contrato secreto con Chevrón, permitieron una base militar china en Neuquén, recibieron plata de Venezuela para financiar campañas o firmaron el memorándum con Irán, todas muestras de una pobreza absoluta a la hora de plantear la inserción internacional del país.

Incluso obviando aquello y concentrándonos sólo en las cuestiones internas, la defensa del régimen venezolano que ejecuta el progresismo vuelve a poner en el centro de la escena aquella idea de que el kirchnerismo pretendía dirigir al país hacia un modelo como el del profundamente ineficiente y antidemocrático madurismo venezolano.

Aunque sea un análisis contrafáctico -por la irrupción del macrismo como asesino del sueño bolivariano de la progresía local- la cerrada defensa que han hecho los kirchneristas y la izquierda clasista de un régimen con presos políticos, muertos por desnutrición, ausencia de libertad de expresión, proscripción de candidatos y partidos, militarización del gobierno y las calles o la negación de las instituciones que quisieron hacer funcionar esos frenos y contrapesos, demuestran que aquel miedo podría haberse convertido en una realidad si no se cambiaba el color político en 2015.

Que a un par de meses de las elecciones el kirchnerismo (y los que suelen serle funcionales) haya decidido defender un régimen cuestionado por la inmensa mayoría de los regímenes democráticos del mundo, es algo que puede entenderse por alguna de tres razones. Primero, por una cuestión de simpatía ideológica. Segundo, por una absoluta ignorancia política. Tercero, por temor a que se profundicen las investigaciones de la corrupción sistemática en la década de la “Patria Grande”.

Quizás sea una o tal vez sean todas. Lo que es seguro es que en ningún caso eso es bueno, ni para ganar elecciones ni para gobernar si consiguen el triunfo.