Calentando motores: con una economía pobre la campaña requerirá de otros temas

La actividad llegará a la elección con una recuperación modesta; el resto de los datos tampoco serán para festejar. Apostar a que sea menos peor que en 2018 no alcanza. El oficialismo sumará otros debate y la oposición debería detallar “cómo” hacer lo que dice.

Por Gabriela Origlia

La forma en que está dado el cronograma electoral hará que el país rápidamente ingrese en “modo elecciones”; en Córdoba por ejemplo, los precandidatos del radicalismo ya apuntan a los números provinciales como uno de los ejes de la campaña y, a nivel nacional, oficialismo y oposición tienen en claro que será uno de los aspectos cruciales a tratar pero no el único. Al menos Cambiemos necesita de otros para mantener voluntades.
Desde el Gobierno la expectativa está puesta no en el crecimiento, la “pobreza cero” o la lluvia de inversiones que fueron ítems de su campaña para llegar a la Rosada. Se trata, ahora, de que el año sea mejor que el que pasó. Ambiciones pobres, pero son las que hay. ¿Alcanza para ganar? Pareciera insuficiente y por eso se buscan sumar otros temas a la agenda, como el de la seguridad.
Después de una inflación de 47,6% la de este año será menor (aunque probablemente, una vez más, esté por encima de la proyectada oficialmente) y en el segundo semestre –justo antes de la votación para Presidente- la actividad reaccionaría.
El otro desafío pasa por contener el dólar; en los últimos días ya empezaron las especulaciones sobre a cuánto llegaría con la reelección de Macri, con Roberto Lavagna candidato o con Cristina Fernández compitiendo por la presidencia. También pesan en la voluntad del votante factores como empleo, poder adquisitivo de los salarios y pobreza.
Como “logro” del 2018 en los últimos días el Gobierno mostró el cumplimiento de la meta fiscal primaria. Para este año, el acuerdo con el Fondo Monetario      Internacional (FMI) establece un objetivo más exigente: alcanzar el equilibrio entre ingresos y gastos, lo que implica un ahorro de 2,7% del PBI frente al rojo de 2018. Los planes de Hacienda apuntan a alcanzarlo combinando baja de gasto con aumento de los ingresos.
Un análisis de Ecolatina apunta que el gasto público disminuirá principalmente por la caída de subsidios, gastos de capital y transferencias a provincias, mientras que los ingresos crecerían traccionados por las retenciones y la generación de recursos no tributarios (inversiones financieras y ventas de activos), ya que los impositivos cederían, producto de la recesión.
Para la consultora la meta “luce optimista” ya que entiende que el avance de los ingresos será menor al presupuestado a la par que el ajuste del gasto estará limitado por ciertas rigideces. Así, el déficit primario rondaría el 0,5% del PBI. Como la diferencia con lo acordado con el Fondo es acotada, no habría impacto en los desembolsos.
La suba de la presión fiscal –los niveles de impuestos son más altos hoy que cuando asumió Cambiemos- son el resultado de la necesidad pero no resultan gratuitos. El economista Orlando Ferreres definió: “Es mucho el esfuerzo que se le pide al sector privado. Y en definitiva, la conclusión, lo que realmente importa, es que no hay inversiones privadas, justamente por esa presión fiscal. Si no se baja la presión fiscal no hay manera de crecer”.
¿Y la oposición? Por ahora, los diferentes segmentos que se muestran en carrera tienen cero definición económica. Plantean generalidades. A nueve meses de la votación no es muy diferente a lo sucedido en otros procesos; se limitan a planteos que sólo pueden tener consenso general (bajar la pobreza, dominar la inflación, atraer inversiones) sin incluir el cómo.
La clave, una vez más, es explicar cómo superávit fiscal para bajar impuestos. Tal como está la ecuación ahora alcanza para cumplir con el Fondo pero no para bajar impuestos.
El Ieral la última semana simuló cómo llegaría la economía a octubre: recuperación modesta e inflación parecida a la de los últimos meses de 2016 y primeros de 2017. En resumen: en mejor forma que en 2001, 2009 y 2013 (donde el oficialismo resultó perdedor); de forma muy similar al 2014 (donde el oficialismo resultó perdedor) y peor que los períodos donde el oficialismo resultó ganador (2003, 2005, 2007, 2011 y 2017).