El kirchnerismo se comió otro amague

El supuesto secuestro de un militante en La Plata dejó expuesto, nuevamente, todo el aparato de victimización que pone en marcha el kirchnerismo ante cada denuncia.

Por Javier Boher
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Nunca es lindo comerse un amague, pero algunas veces es inevitable. Lo peor es que, si uno viene con mucho envión, sí o sí termina expuesto al ridículo, porque no se puede corregir el rumbo a tiempo. Esos momentos, cuando capturan una escena deportiva o una actividad familiar, suelen llegar a las redes sociales y la efímera fama de la viralización inmediata.

Cuando el amague es sólo por lo que se dice, ahí sí es más complicado quedar inmortalizado en una filmación para las masas. Por eso hay que tratar de recurrir a las palabras para que quede claro cómo se comieron el amague.

El fin de semana se conoció que un dirigente del Partido Justicialista de La Plata denunció que había sido secuestrado. Aunque la noticia pasó sin mucho éxito por fuera de la burbuja de información que maneja el kirchnerismo, fue suficiente como para que una multitud de organizaciones protestara al respecto.



Organismos de Derechos Humanos, el PJ bonaerense, el platense y el nacional salieron a exigir al gobierno que cese con la persecución política y el acoso al que somete a los luchadores de la dignidad popular.

El militante denunció haber sufrido maltrato verbal y psicológico, así como también el robo de $35.000. Nadie reparó en chequear la información, siempre partiendo de la premisa de que primero se debe escuchar a la víctima y no poner en cuestión su versión.

Claro que el tiempo demostró que la maniobra del militante, Mario Aranda, en realidad era una graciosa finta con la que pretendió burlar las terribles garras de… su esposa. Lo que parecía un caso de hostigamiento ideológico por parte del gobierno terminó siento un nuevo relato de victimización ideológica por parte de un partido que todavía no entiende cómo funciona estar del otro lado del mostrador.

Las teorías sobre el secuestro se multiplicaron, incluso diciendo que había sido ejecutado por presos liberados para tal fin. Todo resultaba verosímil, pero para creer se debería necesitar algo más que fe, especialmente para evitar armar un caso en el que después el implicado termina develando que en realidad se había ido con su amante.

Los diversos organismos del Partido emitieron sus comunicados al respecto, rectificando sus comunicados previos y anunciando que iban a tomar medidas disciplinares con el joven, poco experimentado e iluso militante de 68 años.

No es la primera vez que ocurre esto. El peronismo de Buenos Aires, atado como un adicto a Cristina Kirchner y su cosmovisión política, sigue tratando de alimentar a un colectivo de personas que cree estar resistiendo estoicamente una dictadura a través de operaciones mediáticas que finalmente quedan en evidencia.

Pasó con Santiago Maldonado, el punto más alto y casi exitoso que pudo haberles dado la victoria electoral en 2017. Pasó hace unos meses con la maestra secuestrada en Moreno, que cambió su relato más veces que los políticos. Lo de Milagro Sala, finalmente condenada hace dos días, también fue parte de su victimización y martirización. Más lejos en el tiempo, aquella vez que Néstor Kirchner, luego de exigirlo por televisión, consiguiera que liberaran a Luis Gerez, en algo que luego se probó armado.

El reflejo condicionado que exhibe el kirchnerismo para subirse acríticamente a todas las causas que coinciden con sus reclamos políticos se ha convertido en un rasgo identitario que -ante la denuncia- sirve para que nadie los escuche, tal como le pasó al pastorcito mentiroso.

Además, y mucho más importante, es que nos ayuda a todos a estar pendientes de que se coman el amague para divertirnos al verlos quedar en ridículo. Porque tal como rezaba aquella vieja propaganda de gaseosa narrada por Jorge Lanata, nos divierte la desgracia ajena.



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