Los conservadores quieren una revolución

La proximidad entre dos eventos como el aniversario de la Revolución Cubana y la asunción de Nicolás Maduro en Venezuela nos hacen reflexionar sobre la revolución, la libertad y la democracia.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

El 10 suele ser un buen número. Podemos pensar en jugadores como Messi o Maradona, en la más alta de las calificaciones o en un ranking de Youtube sobre algún tema que nos interesa. Pero también son los días que separan las celebraciones por los 60 años de la Revolución Cubana y la asunción de Nicolás Maduro en Venezuela.
Mientras la primera es la imagen idealizada del socialismo que se vendía en revistas y libros antes de la existencia de los grandes medios audiovisuales, el caso de Venezuela es el fracaso real de un modelo que no logró posicionarse en el inconsciente de varias generaciones como un modelo de “dignidad frente a las provocaciones del imperio”.
Por supuesto que lo de Venezuela era una tragedia que se podía prever desde hacía años. Max Weber, uno de los mayores teóricos sociales de la historia, reconocía tres tipos de dominación legítima o autoridad. El primer tipo, el de las democracias liberales, es el racional-legal, en el que el fundamento de la dominación reside en leyes racionales que alcanzan a todos por igual.
El segundo tipo, es el de la autoridad tradicional. Aquí el fundamento de la legitimidad se encuentra en la santidad de reglas históricas, custodiadas por los mismos que se benefician de ellas y que son virtualmente inmutables. En este lugar podrían estar la iglesia católica o las monarquías en general.
El tercer y último tipo es el de la autoridad carismática. En este caso sólo importa la creencia en las cualidades excepcionales del líder, que pueden o no ser reales, pero son compartidas por el grueso de la población ordinaria. Aquí entran liderazgos como el de Hugo Chávez o el de Fidel Castro.
El gran problema de este tipo de liderazgos es qué ocurre cuando ese individuo sobrenatural desaparece. En el caso cubano es más fácil: años y años de manipulación ideológica y un aceitado sistema represivo y de espionaje domesticaron a la población y permitieron el surgimiento de un tipo de autoridad tradicional, en el que el recién asumido Díaz-Canel se comprometió a conservar los logros de la Revolución (ninguno significativo desde el momento que niega la libertad individual).
En Venezuela fue distinto. Usando las palabras que Jorge Asís dirigió a Néstor Kirchner, Hugo Chávez “cometió la irresponsabilidad de morirse”. Ahí pudimos ver en tiempo real el colapso de una sociedad que alguna vez fue próspera y democrática, con mucho más potencial que el uso geoestratégico de una isla del Caribe como Cuba. No lograron imponer una autoridad tradicional y cayeron en la represión lisa y llana.
El aislamiento internacional de ambos regímenes se ve en la estrecha relación que los une, sólo sustentada a nivel continental en los deseos de liberticidas amparados en los derechos que dan las democracias liberales como la nuestra, que aunque sean imperfectas son perfectibles desde la crítica y la participación.
Ver la movilización de piqueteros a la embajada venezolana en apoyo al régimen, escuchar las palabras de Diana Conti (ex diputada del núcleo duro cristinista) sobre la necesidad de una reforma constitucional en línea con el texto fascista que impuso el peronismo en 1949 para someter la justicia a la voluntad popular, las de Camilo Vaca Narvaja (hijo de uno de los fundadores de Montoneros y ex yerno de la ex presidenta) diciendo que en Venezuela hay democracia plena o las de Tumini (líder de Libres del Sur) pidiendo “una democracia participativa” -un eufemismo para las prácticas hiperburocráticas y antiparticipativas de los regímenes del socialismo real- nos convencen de que no hay que descuidarse.
A muchos no les alcanza con ver las escenas de la represión en Venezuela: para ellos la fe en el modelo cubano es suficiente para justificar diversas atrocidades.
Así se explica una frase de Hannah Arendt, quien reflexionó sobre los grandes totalitarismos del siglo XX: “el revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución”. No importa que las revoluciones no hayan sido por estos lares, igual se llenó de conservadores que defienden dictaduras cuyo único logro significativo ha sido convencer a los que no las padecen de que son un modelo a seguir.



Dejar respuesta