El juego de las elecciones

Las elecciones son el momento más importante de una democracia, y aunque sólo se las considere productoras de gobiernos, jamás pueden quedar fuera del juego político.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Las elecciones son un momento fundamental del ejercicio de la democracia, pero no el único. Eso es lo que llevó a Guillermo O´Donnell a formular el concepto de “Democracia delegativa”, con el cual buscó definir los rasgos que hacen a una democracia formal pero con baja participación ciudadana.
De hecho, ese tipo de democracia se caracteriza por una ciudadanía de baja intensidad, o ciudadanos que no se reconocen como los verdaderos actores de cualquier proceso democrático o colectivo de toma de decisiones.
Por supuesto que no es tan simple como parece: consultar al pueblo todo el tiempo (tan habitual en los regímenes populistas de todo tipo) es otra muestra de que se está ante una democracia que no funciona, porque el vínculo es de la masa con el líder, no entre individuos que interactúan y le dan sustento a las decisiones colectivas.
La herramienta de las elecciones (sea en plebiscitos o para elegir representantes) sigue siendo central en cualquier régimen político democrático, sea de baja intensidad o con ciudadanos plenamente activos. Es por eso que siempre se debate sobre cómo se elegirá, especialmente en lo referido a la fecha y la forma.
Con el anuncio del gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, de que se desdoblan las elecciones en esa provincia, ya son nueve las que tienen fecha diferente a las presidenciales, que se suman a Corrientes y Santiago del Estero, que votan siempre en coincidencia con las elecciones nacionales de medio término.
Al menos la mitad de las provincias no tendrá elecciones de ese nivel que coincidan con las nacionales, pero también se sabe que al menos tres han decidido hacer lo mismo y sólo dos confirmadas con elecciones simultáneas para provincia y nación.
Sin embargo, todos los ojos están puestos en Provincia de Buenos Aires y Capital Federal, los distritos más importantes para la alianza de gobierno.
Todos tienen en cuenta el “efecto arrastre” que se supone hace el candidato más fuerte sobre los más débiles. Aunque eso es real, tampoco debe ser sobredimensionado: si dos candidatos son muy distintos, no hay efecto arrastre que valga.
En las PASO 2015, entre Mario Negri y Luis Juez (cabeza de lista en diputados y senadores de Cambiemos, respectivamente) hubo más de 20.000 votos de diferencia en favor del primero frente al segundo -acaso porque éste había anunciado que iba a ser candidato a intendente-.
En Buenos Aires parece que muchos tienen miedo de que Macri pueda hacer perder a Vidal, lo que los llevaría a desdoblar para evitar que un candidato peronista (arrastrado por Cristina) se imponga frente a la mandataria bonaerense en una elección muy polarizada.
El análisis no puede ser más errado. María Eugenia Vidal se mantiene hace tres años como la figura política con mejor imagen del país. Difícilmente pierda una elección, aunque seguramente preferiría ganarla por mayor margen (y aumentar las chances de los candidatos por fuera de la grieta). La decisión seguramente magnificaría el triunfo y ayudaría a Macri frente a sus rivales.
Ahora bien, ¿qué pasaría si Vidal fuese derrotada? Claramente el control de daños sería más fácil estando desdobladas que si se votara el mismo día, con un resultado que te agarra de sorpresa. Macri podría no buscar la reelección, ahorrarse el disgusto de gobernar sin controlar el distrito más conflictivo del país y retirarse de nuevo a hacer las compras en Crocs a Villa La Angostura.
Todos estos cálculos, sin embargo, son diametralmente opuestos a lo que proponía el gobierno allá por 2015. Con la lógica del mercado y la eficiencia, ¿para qué desdoblar elecciones?. Es más, ¿por qué no votamos con máquinas, así eliminamos a los punteros y los aparatos?. Todo eso era parte de la ingenuidad de un partido que llegó al poder aún en su infancia.
El intento de voto electrónico fracasó y la previsibilidad a través de la unificación del calendario ni se planteó, pero la política volvió a ganar. Porque las elecciones, aunque sólo sean vistas como productoras de gobiernos, son el momento en el que el debate político adquiere su mayor intensidad. Y en democracia -sea delegativa o sustantiva- sólo sirve ganar elecciones, no sólo disputarlas.



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