Cambiar por miedo al cambio

Los cambios en las reglas de juego de cara a las elecciones del año próximo llevan incertidumbre a los ciudadanos y desgaste a los gobernantes.



Por Javier Boher
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Los cordobeses estamos locos. No en el mal sentido, así de tipos mal llevados, sino en lo anárquico de nuestro modo de vida. Es sabido que estamos insertos en un país que nos va en saga, pero acá nos la ingeniamos para darle una vueltita de tuerca.
Las últimas discusiones que reflejan esa anarquía tienen que ver con las idas y vueltas en cuestiones electorales. Se sabe que el manejo de los distintos instrumentos que conforman el sistema electoral es tan antiguo como votar, pero llegamos a extremos insospechados.
No hace falta ir tan lejos como a los años previos a la reforma constitucional impulsada por De la Sota, que armó una unicameral que no logró la eficiencia económica prometida pero sí una eficacia brutal para ser una escribanía del ejecutivo.
Tampoco hace falta irse hasta la adopción de la boleta única de papel, que fue un gran paso en la democratización del proceso electoral (aunque después le agregaran el casillero de lista completa y un poco más tarde la foto del candidato a gobernador en la columna del partido).
Pensemos en todo lo que hemos vivido en el último año, que hizo que las cuestiones electorales sean más difíciles de seguir que una conversación entre gitanos.
Tuvimos el visto bueno (pero afortunadamente todavía no la confirmación) para el uso del voto electrónico.
También se trató la cuestión de la fecha, poniendo un límite que después se pasó por alto para mover la elección provincial al mes de mayo. Los mismos que cuestionaban que por eso no había tiempo para definir una estrategia, ayer confirmaron que se va a votar el mismo día, porque desde Einstein se sabe con certeza que el tiempo es relativo.
Después se puso la doble candidatura a gobernador y legislador, que horrorizó a los que tienen (y se han valido de) ese sistema en la capital cordobesa, la misma en la que se impuso la moda de pedir la paridad en la conformación de las listas.
Por último, todo el debate por la interna en la oposición. Arrancaron con que lo definía Macri. Después, las encuestas. Finalmente, internas en febrero. Desde ayer, el 17 de marzo. Si les damos un poco más de tiempo, la ponen el 24 y le dan de comer a los que les gusta compartir la foto de Aguad en el palco con Menéndez.
Si pasamos en limpio, hoy Córdoba tiene un sistema electoral que no parece el del segundo distrito del país, que representa alrededor del 8% del PBI y aporta el 13% de las exportaciones. En lo que se refiere al sistema político, parece que nunca perdimos lo pueblerino de las diez manzanas alrededor del cabildo.
Desde aquella reforma política a medias que encaró el gobernador Schiaretti para ganar legitimidad en su anterior gestión, Córdoba dejó pasar la oportunidad de armar un sistema electoral (a nivel provincial y  municipal) que lleve previsibilidad a los ciudadanos y los candidatos.
Por eso hoy en Córdoba no hay un calendario claro como el que existe hace años a nivel nacional.
Tampoco hay ballotage, un instrumento esencial para dotar de legitimidad a cualquier político que deba acceder a un cargo de titular del poder ejecutivo.
No existen controles adecuadamente transparentes para evaluar los aportes de campaña, ni mecanismos de fiscalización fuera de los momentos en los que se registra el voto en la escuela.
Todas las vueltas que dan los políticos -independientemente del color de su partido o el nivel de gobierno en el que se encuentren- son una clara muestra de que tienen miedo a la voluntad popular que se puede expresar democráticamente en las urnas.
En lugar de generar las condiciones para que se los evalúe correctamente en una fecha clara, nuestros dirigentes prefieren modificar los instrumentos con los que se someten a examen, como si se pudiera patear la fecha o la modalidad de un parcial a un momento en el que hayamos estudiado o a una forma que nos siente bien.
Por último, una palabra a los cerebros de las internas de Cambiemos. Uno de los motivos por los que Hillary Clinton perdió con Donald Trump fue que tuvo una interna extensa que se definió sobre la fecha de las presidenciales.
Un gran despliegue por una interna dos meses antes de la elección general no necesariamente va a significar que se posicione adecuadamente a un candidato para enfrentar a un oficialismo que está bastante consolidado con un gobernador que va por la reelección.
Todos estos cambios, transformaciones y manipulaciones -que tan buenos réditos pueden dar en el corto plazo para ganar las elecciones- contribuyen a ese mecanismo por el que, a la larga, los procesos políticos terminan desgastando a los dirigentes, a sus espacios políticos y -finalmente- a sus gobiernos.



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