Carrió, o las limitaciones del oportunismo ético

La disonancia de Lilita con el régimen imperante es pura apariencia. No hay que olvidar que alguna vez dijo “el límite es Macri”, para luego aliarse religiosamente con este. Vivió y vivirá del Estado, como todo político que se precie.



Por Luis Ortiz

El ciudadano de a pie, para quien la gestión de Cambiemos es apenas una más de una serie de catástrofes políticas, es periódicamente sometido a dosis inocuas de lo que podríamos llamar Carriomicina. Esta medicación, como casi todas con el paso del tiempo, ha terminado por crear hábito y hasta podría decirse que ha desarrollado tolerancia en el paciente: cada vez se le presta menos atención a las temeridades inofensivas de la rolliza diputada. El “huracán” Lilita ‒como alguna vez la denominó el amplio arco de medios afines al oficialismo‒ ha terminado pareciéndose a esos remolinos de las calles de tierra, tan abundantes en la canícula del Chaco, a los que las supersticiones de nuestra infancia pueblerina atribuían potenciales prodigios en respuesta a alguna provocación, por ejemplo la de arrojar algún amuleto religioso a su paso.

Quien esto escribe nunca se animó a realizar tamaño desafío en soledad. Hasta que en una siesta chaqueña, y en compañía de otros miedos concertados de similar tierna edad, llegamos a arrojar al interior de uno de estos fenómenos un pequeño crucifijo metálico, a la espera de la milagrosa respuesta. Con una mezcla de decepción y alivio, pronto comprobamos que el polvo giratorio se limitaba a ignorar al objeto bendito, el que fue rescatado intacto del sustrato polvoriento de la calle. No se hicieron presentes ni los coloridos demonios que esperábamos ver salir bailando de su interior, ni los truenos que hubieran estremecido al adormilado vecindario, ni la furia celestial ‒en resumen‒ que con inocente irresponsabilidad intentábamos desatar, se hicieron presentes. Nada: una veintena de metros más, y el polvo se nos desvanecía con total indiferencia. Hoy, con bastantes años a cuestas y como ciudadano ansioso de ver alguna vez un prodigio en el ámbito más pagano de la política, el suscripto tiene que resignarse a equiparar al “huracán” Lilita con aquellos modestos torbellinos predestinados a disiparse sin daño ni provecho.

Es que eso parece ser, más allá de la coincidencia geográfica de origen, el destino de la voluminosa legisladora: una permanente apelación a la credulidad de su electorado, seguida siempre de la evaporación intrascendente de las expectativas creadas. Todo ello batido con declaraciones altisonantes y categóricas, a tono con un ego tan prodigioso que supera generosamente a su furiosa acumulación lipídica.

Elisa María Avelina Carrió (a) Lilita se las ha compuesto desde siempre para vivir, y muy bien, de un régimen político al que dice detestar y del que se pretende fiscal insobornable. Hija de un capitanejo radical de Resistencia, ya incluso antes de egresar de la Facultad de Derecho de la vecina Corrientes, comenzó un rápido escalamiento de posiciones en sucesivos cargos (con ayuda familiar, dada la fluida relación de muchos radicales con el Proceso) en la satrapía chaqueña de la dictadura militar, de la que comenzó siendo Fiscal de Estado y terminó como Secretaria del Superior Tribunal de Justicia. Acusada luego de complicidad en el ocultamiento de los fusilamientos del paraje Margarita Belén, por toda respuesta dijo: “Lo reconozco, pero no me preocupa… lo que intentamos hacer durante largos años fue arrepentirnos de algunas cosas, construir otras y poder comprometernos” (sic). La contrición correspondiente a ese arrepentimiento parece haber consistido en cierta etapa de su vida en colgarse del cuello crucifijos cada vez más grandes, costumbre a la que probablemente debió renunciar cuando el peso de estos amuletos ya comprometía seriamente hasta su vigorosa estructura ósea.

Agotada la veta militar, comenzó a vivir con igual facilidad de la política, primero dentro de la UCR y luego con partidos ad hoc de su creación, a tal punto que hoy ya puede, con 62 otoños, amagar con jubiliarse. Porque es necesario entender algo fundamental: pese a todo lo dicho, ella se ha autoproclamado siempre investida de una absoluta superioridad moral con respecto a sus congéneres. Por infundada que sea esta pretensión no parece excesiva, siendo la moralidad promedio de nuestros políticos la de un Gildo Insfrán.

El secreto de Lilita es apelar a las comezones éticas que periódicamente padece la clase media porteña, que a la postre ha terminado siendo su electorado más fiel, aunque esté lejos de ser de su propiedad. No hace falta pagarle a Durán Barba para deducir que su mayor caudal de votos lo obtiene cuando va en el mismo sentido que Macri, pero que quedaría reducida a aquel histórico bajón suyo del 1,5% si anduviera en sentido contrario. Ella y él lo saben. Por eso lo de si se hablan o no, que si por teléfono o que si café mediante, etcétera, como gustan especular ad nauseam los medios dominantes, carece totalmente de importancia. Aunque sea capaz de proferir con impavidez cualquier descalificación del gobierno, sabe que eso ni resta ni suma votos al tinglado de Cambiemos. Ha encontrado así, al fin, un nicho termodinámicamente estable en el gatopardista universo de la política criolla.

Al igual que para esos remolinos de polvo que supimos temer en la infancia, toda expectativa puesta en ella carece realmente de fundamento; su disonancia con el régimen imperante es pura apariencia. Sus límites políticos son tan evanescentes como los de esas polvaredas; no hay que olvidar que alguna vez dijo “el límite es Macri”, para luego aliarse religiosamente con este. Vivió y vivirá del Estado, como todo político que se precie. No pondrá en peligro serio al circunstancial oficialismo del que forma parte. Más aún, puesto que su autoimpuesta investidura de vestal republicana sirve tanto para un roto como para un descosido, para oficialista como para opositora, siempre habrá para ella la banca que la conduzca a una ventajosa jubilación.

 



2 Comentarios

  1. Excelente nota , además de un lenguaje supino que no se vé ,lamentablemente , el los que escriben altisonantes notas en modesto y elemental vocabulario .

  2. Más que acertada descripción de ese personaje ridículo.
    En cuanto a la opinión crítica, comparto todos los aspectos mencionados por el autor. En resumen, y disculpen mis palabras, es una vieja de mierda, mierda diarreica.

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