Turrón a lo Gatricio

Otro año con fiestas resueltas con ingenio y creatividad, en las que ni un poco de macrisis nos saca las ganas de hablar zonceras sentados a la mesa de Noche Buena.

Por Javier Boher
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¡Cómo pesa la post fiesta, amigo lector!. Esto de comer y chupar como si se terminara el mundo no sé si está tan bueno. Ni un poco de macrisis nos saca lo goloso como para pegarnos una terrible rajada con todas las cosas ricas que llenan la mesa de Noche Buena.
Antenoche, mientras picoteaba unas garrapiñadas (porque praliné sólo es el del centro, ese que te dan en una bolsita que algún viejo desdentado sopló para poder llenar) y despuntaba el vicio del debate político-histórico con mi tío, me puse a pensar en qué cosas se podrían decir tan pegadito a las vacaciones, ahora que la gente está más pendiente de tener hielo en el freezer que de la política.
En esa cantidad abrumadora de cosas de las que fuimos hablando, me puse a pensar sobre cómo serían las navidades de los políticos. Por ejemplo, ¿Gatricio tomará sidra? Es más, ¿la habrá probado alguna vez? ¿o será una de esas grietas extremas entre lo peronista y lo antiperonista?.
Está más que claro que en más de una mesa de compañeros la sidra se debe tomar como si fuese la sangre de Perón, porque hay pocas cosas más populares que esas.
La caja navideña, ese reconocimiento al trabajador asalariado que sólo espera que se termine el año para tener las vacaciones, nunca jamás podría tener champagne. Sería una ofensa al general.
Acompañando a esa sidra seguro llegó algún pan dulce de esos que son baratos porque parecen un criollo con un poco de glaseado, no el de verdad, ese que es bien esponjoso y lleno de porquerías, que este año de vacas flacas fue un lujo. No sé si hay muchos que pudieron disfrutarlo.
Encima que fue un lujo, hay gente quisquillosa que le hace dar bronca al que lo compró. Hay algunos que odian las pasas. Otros no soportan las nueces o almendras. A algunos la fruta abrillantada les da arcadas. Y a los peores les molestan los chips de chocolate. Cada uno termina con la mitad de las cosas en una servilleta al costado. Con tantas excusas les hubiese convenido comprar un bizcochuelo de vainilla y listo.
Algo así le pasa al peronismo. Que a uno no le caen bien los kirchneristas. Que a otros les molestan los massistas. Algunos no soportan a los menemistas. Y encima después se quejan cuando algún gordo que no le hace asco a nada se da una vueltita y se termina llevando todo lo que otros no quisieron, como les pasó con Miauri.
El que está tratando de armar de nuevo el pan dulce es el Zabeca de Banfield, que insiste con su economista fetiche, Roberto LaBaña como unificador del peronismo. Mientras pensaba en eso, me di cuenta de que Duhalde sería como el Vitel Toné, del que todos se acuerdan cuando llega diciembre.
El tema con el Vitel Toné es que ha sufrido una campaña de desprestigio en las redes sociales, producto de algún frustrado al que le hacían comer lengua con salsa tártara y le hacían creer que era el manjar que Zeus se servía en el Olimpo. Con Duhalde sería justo a la inversa: nos quieren vender un estadista que no es más que el que nos encajó la pesificación asimétrica y nos dejó más pobres que arbolito de dispensario.
Su pollo, ese con el que pretende recuperar a un peronismo que está chinchudo y se hace el exquisito, sería algo así como el fresita, que te lo venden como una delicia bien caté y al final es un espumante con pulpa que te deja una resaca como sidra con granadina. Mientras te lo estás tomando está bárbaro, el tema es cuando lo cortás. Así fue la resaca que nos agarró con la Aforada de Recoleta.
La señora viuda del Nestornauta sería alguno de esos platos agridulces que te servís sin querer, como un cerdo con ciruelas y duraznos. Obvio que hay gente a la que le gusta y comería un montón, pero la mayoría la esquivaría. Se la comió y no la devolvió por respeto, pero va a hacer todo lo posible para no repetirla.
Permítame decirle, amigo lector, que el coletazo de la macrisis de estas fiestas nos devolvió eso de ponernos creativos para que todos tengan un regalo, para poder comer algo rico y para poder acompañarnos. Porque al final de cuentas, la vida en Argentina es como el turrón: aunque algunas veces toque duro, se sigue eligiendo, sigue gustando y se sigue disfrutando.



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