Un ciclo virtuoso que se abrió con una herejía

La inauguración del ciclo virtuoso del peronismo en el poder fue el 20 de diciembre de 1998, con el triunfo de la fórmula de José Manuel de la Sota – Germán Kammerath sobre un radicalismo que ya llevaba 16 años en el poder provincial.

Por Gabriel Osman

El peronismo de Córdoba muestra, quizás como ningún otro distrito, cómo le sienta de bien el poder para resolver sus conflictos internos. Claro, esto es cierto en el ciclo institucional que comenzó en 1983, el continuo más largo en la historia del país. Antes, en la década de plomo, fue el peor del país, para este y otros asuntos. En aquellos años dirimían sus diferencias a los tiros y tampoco las resolvían.
Estos dos ciclos, tan distintos en calidad y duración, pueden haber operado uno sobre otro, con el aprendizaje histórico realizado. Pero aquellos años del retorno de Juan Perón y después de un peronismo sin Perón, fueron dramáticos, pero finalmente un lapsus. Porque, después de todo, le sienta muy bien el poder: su irrupción fue un subproducto del golpe de ’43 y el poder está en su partida de nacimiento. Esto es más cierto todavía si se lo contrasta con el nacimiento de la UCR pos Revolución del Parque. Allí apareció y debió esperar en el llano un cuarto de siglo para llegar a la Presidencia.
La inauguración del ciclo virtuoso del peronismo en el poder fue el 20 de diciembre de 1998, con el triunfo de la fórmula de José Manuel de la Sota – Germán Kammerath sobre un radicalismo que ya llevaba 16 años en el gobierno provincial y municipal. Fue posible por gruesos errores de estrategia electoral de Ramón Bautista Mestre y por la audacia política del recientemente desaparecido rival: urdió una alianza con su principal enemigo en el Partido Justicialista.
Carlos Menem había derrotado sorpresivamente a la fórmula Antonio Cafiero –José Manuel de la Sota en las internas partidarias de julio de 1988. Eran el agua y el aceite, pero a ninguno de los dos le faltaba audacia. Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él, fue la formula que –con o sin la lectura de El Príncipe, de Nicolás Maquievelo- aplicó el luego tres veces gobernador, que acordó un ensamble con la Ucedé. El riojano puso a su delfín, también riojano, Kammerath, como prenda para entrar segundo en la fórmula de la flamante alianza de Unión Por Córdoba, para la cual aportaba un 10% crítico de capital electoral para quebrar la hegemonía radical. Le hizo acreedor a la Vicegobernación, que ejerció durante algunos meses, y después, para la verdadera contraparte del contrato, la Municipalidad de Córdoba. Que ganó, porque el peronismo, ya en la Casa de Gobierno cuando esa elección, sabe qué tiene que hacer con el poder. Fue más notable este triunfo que el provincial, porque la UCR había administrado notablemente el municipio durante 16 años, con dos períodos brillantes de Ramón Bautista Mestre y otros dos en línea de Rubén Martí.
De la Sota había llegado a la Casa de las Tejas después de tres derrotas consecutivas a mano de radicales: una contra Mestre (2003) y las dos restantes con Eduardo Angeloz (1987 y 1991). Pero, increíblemente, nunca había perdido el liderazgo partidario, aunque sí la conducción formal a manos de intervenciones federales del partido, dispuestas por Carlos Menem, y un pequeño hiato en una elección que lo enfrentó a Juan Schiaretti a comienzos de los ’90.
De cada derrota, De la Sota emergía más entero y conservaba el poder partidario. Claro que con resultados más que parejos, en particular el de 1987. Fue esta ascendencia en el peronismo cordobés y no otra cosa lo que le dio margen para un acuerdo con Menem. No era el mejor año de la Convertibilidad y tampoco el del riojano.
Ya casi de manera póstuma, De la Sota intentó un acercamiento al kirchnerismo, él que era precisamente la principal víctima del destrato de Cristina Kirchner. Al principio fue criticado por esta audacia extrema –incluso, quien escribe estas líneas. Pero probablemente no lo comprendieron. Le asistía todo el derecho, porque era la víctima, no el victimario, y tenía el derecho de autor para estas herejías. Paradoja: hoy lamentan su súbita muerte hasta los kirchneristas.



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