Salum, adiós al primer notable del Fondo

El ex dirigente del Fondo de Inversión de Talleres falleció a los 69 años, dejando un legado de pasión y gestión al servicio del club, en tiempos de quiebra, con riesgo de liquidación y el equipo en la hora más oscura.

Por Federico Jelic

Como todo “Turco”, contaba con picardía, empatía inmediata para comunicar algo, y mucha capacidad de negociación. Con esas características, Ernesto Salum empuñó la bandera de Talleres en tiempos de quiebra, como representante de los socios,  y se enfrentó a la Justicia, magistrados, gerenciadores, técnicos, inversores, en la etapa más oscura del club en su historia. Por eso, invade el dolor general en barrio Jardín con su deceso; se fue el abanderado de la resistencia y de la lucha, cuando la institución estaba más cerca de seguir quebrado que de salir a flote.
Con aciertos, errores, novelas bizarras, cada capítulo vale la pena destacarlo porque formó parte del aquelarre y de lo insólito que fue por momentos el proceso de quebranto en el club albiazul, que duró una década (entre 2004 y 2014) y que tuvo momentos turbulentos, con riesgo de liquidación, con el predio de las 24 hectáreas en jaque, un equipo con descenso al Argentino A y otras experiencias que tuvieron sabores de todo tipo. Dentro de esa película, fuera de la cancha, primero como opositor  y después como oficialismo (compartido con el órgano fiduciario y la Justicia), Salum formó parte relevante en esos años, por eso el lamento en el ambiente, pero con la satisfacción de poder dejar a Talleres otra vez en manos de sus socios.
De un paso en los ’90 como directivo, apareció en escena otra vez con los “Notables”, que pretendieron impugnar el pliego de licitación y que se enfrentaron a los gerenciamientos y al juez y quien hiciera falta. Condujo a la Fundación Azul y Blanco preparando el terreno para pasar al Fondo de Inversión, que aportó recursos para el mantenimiento diario y el giro ordinario, en la última etapa de la quiebra. De adentro y afuera. En todas esas figuras legales, aparecía Salum, como hombre de influencias, porque si tuvo una virtud, esa  fue la de saber persuadir y consensuar con diferentes actores de la vida política de Talleres, empresarios enemistados incluso entre sí, para apoyar la causa común, que era el salvataje del club de sus amores.
Seguramente, habrá aspectos para recriminarle, pero si alguien puso la piedra basal de la resistencia, jugando limpio y sucio también cuando era necesario, fue Salum, el “Zapatillero”, como le había puesto despectivamente el gerenciador de Ateliers Carlos Granero, por sus empresas del rubro de indumentaria deportiva. Aunque su respuesta fue inmediata: “A Granero yo le digo que es Mario Bros, no por el bigote solamente, sino porque come, come pero al final siempre se cae”.

La cara opositora
Primero estuvo con los Notables apenas el club quebró (Egidio Heyd, Hugo Bertinetti, Miguel Srur, Aldo Roggio), financiando la campaña aunque en julio de 2005 el juez Tale le otorgó la concesión a Granero, desestimando la otra propuesta. Salum después apoyó a “La Causa”, grupo de socios que militó contra Granero, liderado por el hoy candidato a intendente de Mendiolaza por el Justicialismo, Nicolás Martínez Dalke. Denunció penalmente al juez, pero luego hubo una tregua. Antes de eso, ya el órgano fiduciario anunciaba en voz baja el desapoderamiento de Ahumada en 2009, y la Fundación Azul y Blanco calentaba al costado de la cancha para entrar en acción. Pero, una vez apartado Tale por falta de imparcialidad, la asunción del juez Saúl Silvestre trajo aparejada otra novela.
Después de algunos ataques mediáticos, Salum recurrió a su amigo Armando Pérez, en ese entonces gerenciador de Belgrano y muy afín a Silvestre, para una reunión personal en un hotel de la calle 27 de abril. Pérez fue mediador y el cauce se encaminó al menos con más armonía, a pesar de la acuciante situación con el descenso y  la deuda judicial. Eso pintaba a Salum en cuerpo y alma: hábil negociador, conciliador cuando fuera necesario, implacable en momentos oportunos. Un sello de su ADN.
La llegada del Fondo de Inversión puso cierta organización en 2010, ya con Rodrigo Escribano como presidente, persona con quien Salum terminó enemistado una vez licuado el pasivo y con la devolución del club a los socios. Entendió que el hombre fuerte de Roggio buscó aliarse con la gente Pachuca dejando atrás a históricos directivos. Hubo diferencias ideológicas con Andrés Fassi, pero lo mismo respaldó a esta gestión.  Ya Salum a esa altura lucía desgastado, con achaques de salud, pero con las convicciones de siempre. El apellido Fassi ya sonaba en los rincones del club, nombre con quien tuvo relación directa y empatía, pero miraba de reojo su accionar empresarial dentro de la institución, por encima de la voluntad de los socios, como todos los de la vieja escuela.
A los 69 años, su hígado dijo basta. Todos en el mundo albiazul le rinden tributo por haber tenido la capacidad y la virtud persuasiva de haber reunido a viejos dirigentes, peleados entre sí, por una causa común llamada Talleres. Usó la picardía. Le decía  al juez: “Tengo 15 millones de pesos para ayudar a Talleres”, cuando en realidad tenía monedas y la necesidad de una colecta general. Todo vale para mantenerse en carrera en las compulsas políticas y tiempos difíciles. Pasional, impulsivo, a veces arrebatado, profundamente generoso, pero siempre con el overol puesto para ayudar a la institución, a la que pudo ver saneada y recuperada después de tanta lucha. Con aciertos y errores, la historia elige valorar sus intenciones de estar siempre y colaborar, porque su vocación de ayuda y gestión trasciende todo, con un legado particular. El más “notable” de los notables, guste o no.



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