Mala formación de los formadores

Los datos de la evaluación que se hizo a los estudiantes de profesorado enciende las alarmas en los responsables de la educación, porque docentes mal formados sólo pueden formar malos alumnos.

Por Javier Boher
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Finalmente, con casi seis meses de demora, se presentaron los primeros resultados de la Evaluación Enseñar, destinada a los estudiantes de último año de profesorados de casi todo el país. Sin diferenciación entre distritos, es sólo una previa para calmar a los responsables de la educación en cada provincia.
La evaluación Enseñar es el segundo paso dentro de un diagnóstico encarado por los responsables de la educación del país desde la asunción del presidente Macri. El primer paso fue la evaluación Aprender, que se dirigió a los alumnos de los distintos niveles de la educación obligatoria. El de ahora, sobre los futuros educadores. El tercero y último es el que falta, sobre los docentes que están en actividad.
Los datos que se difundieron desde el Ministerio de Educación de la Nación no desentonaron respecto a las malas marcas logradas en los Aprender. De lo poco que se pudo conocer, el 40% de los estudiantes de profesorado evidenciaron problemas respecto a la lectoescritura y a las estrategias pedagógicas que se pueden implementar en el aula.
Si se accede al detalle del documento se puede observar un dato no menor: el peor rendimiento está entre los estudiantes de los profesorados de nivel primario, justamente los que tendrán a su cargo los años más importantes para la formación de la persona.
Por supuesto que esto se enmarca en una realidad mucho más larga, que debe buscarse en políticas implementadas hace y durante años. Suponiendo que los evaluados en 2017 hubiesen estado cursando en tiempo y forma, serían casi en exclusividad un producto de un sistema educativo que hizo implosión después de diciembre de 2001.
En aquellos años de crisis la educación pasó a un segundo plano, con docentes mal pagos, mal formados y peleando para no caer en la pobreza. Lo que siguió no implicó una reversión del daño, sino sólo una mano cosmética para esconder que a ninguno le interesaba realmente lo que pasara con los niños y adolescentes.
Los planes fueron entregar computadoras sin capacitar a los docentes en el uso de las TICs (con el claro negociado por detrás), modificar los nombres de los eventos (como el “Día de la Raza” por el “Día del respeto y la tolerancia entre los pueblos”) y flexibilizar los criterios de evaluación, “porque los chicos son todos distintos y no se los puede evaluar a todos por igual”.
Córdoba, después de unos primeros años de premiar a la militancia y los amigos con cargos en el ministerio de educación (¿cómo olvidarse del inefable Ricardo Jaime como viceministro del área?) hoy la provincia parece haberse decidido a encarar una serie de reformas que -aunque no logren resolver todos los problemas- mostraron sus frutos en los buenos resultados de la evaluación Aprender.
Pese a todo, hay datos que no se pueden pasar por alto en lo referido a la educación. La obsolescencia de la propuesta pedagógica de numerosos institutos privados de formación docente (controlados en su mayoría por la Iglesia Católica) atenta contra las nuevas destrezas que requieren los docentes, no sólo en cuestiones técnicas sino también en lo referido al manejo de grupos y las nuevas problemáticas sociales de una realidad cada vez más diversa y heterogénea.
Hay otras tres cuestiones muy íntimamente ligadas entre si que afectan el nivel de los futuros docentes. En primer lugar, los bajos sueldos en comparación al resto de los trabajadores (especialmente los públicos). Eso genera el segundo problema: que los sectores con mejor formación de base esquiven la docencia. En la vereda opuesta, los sectores bajos de la sociedad ven en esto una posibilidad de ascenso social, estabilidad laboral y prestigio que otras generaciones de su familia no tuvieron.
En tercer y último lugar, el corrimiento de los educadores de vocación y la irrupción de los “trabajadores de la educación”, que no ven en los niños a futuros ciudadanos sino a una herramienta para extorsionar a los gobiernos por mejoras salariales. La expulsión de alumnos desde las escuelas públicas a las privadas ha dejado a los dirigentes sindicales como “socios” en el diseño e implementación de políticas, cuando sólo deberían velar por los derechos de docentes y alumnos.
Falta conocer los detalles de la evaluación. Lamentablemente, aunque Córdoba obtenga buenos resultados, lo que se conoce hasta ahora de todo el país es desalentador. Y aún peor es el tiempo que puede llevar revertirlo.



1 Comentario

  1. Al sujeto escriba lo formaron los malos formadores que el describe.
    Y como es dable esperar, gran parte de la culpa la tiene la Iglesia Católica (sufre la deformación ideológica que sufrió/sufre la educación). Dirían en mi barrio que «de un huevo de tero salen teritos, nunca palomas mensajeras».
    La decadencia de la educación y la consecuente malísima formación de los formadores comenzó en los años 80 (Congreso Pedagógico mediante). Recuerdo que, por pura ideología, en tiempos de Alfonsín, los docentes no hacían medidas de fuerza porque «eran» docentes (no trabajadores). La trabajadores estaban sindicalizados en la CGT peronista. En la era menemista se transformaron, se convirtieron en «trabajadores» de la educación y se sindicalizaron e iniciaron huelgas de carácter «reivindicativas» tal como se los ve actualmente.
    Boher es un producto de esa ideologizada educación que en parte lo exculpa.

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