La renovación inconclusa en UCR

Veinte años después, el radicalismo cordobés busca un liderazgo.



Por Alejandro Moreno

Eduardo Angeloz marcó una época en la Unión Cívica Radical y en la provincia de Córdoba, que gobernó durante doce años. Al acercarse el final de su tercer mandato consecutivo, del que tanto se arrepintió, debió buscar a quién dejarle la posta del poder. En 1995, el favorito del gobernador era su amigo y dos veces vice Edgardo Grosso, pero las encuestas, que por entonces también eran célebres y celebradas, inclinaron la decisión a favor de Ramón Bautista Mestre.
Mestre había sido intendente de Córdoba dos períodos (de 1983 a 1991), se había enfrentado a Angeloz en una interna y parecía, por ello, que podía encabezar un nuevo tiempo en la UCR.
La elección del 14 de mayo de 1995 concluyó con una victoria de Mestre sobre el ex juez Guillermo Johnson, el débil candidato del peronismo. La sociedad aún no había decidido castigar al radicalismo por la crisis y la inercia ganadora de doce años más la positiva imagen de hacedor que tenía el ex intendente fueron más que suficiente para imponerse al PJ.
Mestre en el gobierno trató de renovar la UCR. Angeloz fue a juicio con el envión de la Casa de las Tejas, y el nuevo líder partidario convocó al intendente Rubén Martí y al vicegobernador Luis Molinari Romero, hasta allí dos estrellas del angelocismo, a formar un nuevo grupo interno: la Corriente de Integración, a la que luego se sumó Mario Negri. La Corriente era básicamente el espacio de los que nunca habían sido angelocistas y de los que querían dejar de serlo (llamados por aquellos, con más espíritu corrosivo que afecto, los “conversos”).
Pero para ser el nuevo jefe de la UCR, Mestre tenía que demostrar que podía ganar por sí mismo. Y lo intentó convocando a elecciones para la insólita fecha del 20 de diciembre de 1998. Argentina vivía la anterior “ola de cambio” que llevaba indefectiblemente a la Alianza UCR-Frepaso al poder, pero el gobernador radical de Córdoba quería ser reelecto sin ese influjo; para algunos analistas de entonces, porque a partir de esa victoria podría pretender convertirse en el candidato presidencial.
Mestre agitó la bandera de la intransigencia radical para no aliarse con el Frepaso, un partido que en Córdoba, por cierto, era un insistente opositor a sus políticas. Muchos otros, entre ellos el más entusiasta era Mario Negri, quería que el radicalismo provincial juegue en el mismo esquema aliancista que a nivel nacional.
La experiencia salió mal. Incluso, el intento de jubilar a sus antecesores angelocistas, que con una fórmula poco taquillera, Edgardo Grosso-Eduardo Capdevila, le plantaron una interna que Mestre ganó ajustadamente; tanto, que algunos sostienen que el resultado oficial no fue el exactamente real, porque de haberse conocido lo que pasó en las urnas el castigo al radicalismo en las generales era inevitable.
El 20 de diciembre de 1998, Mestre perdió con José Manuel de la Sota, el renovador eterno del peronismo, y la UCR comenzó a vivir el escarmiento del llano (sólo entre su fundación en 1891 y la asunción de Eufrasio Loza en 1916, el radicalismo pasó más tiempo lejos del poder que ahora, aunque debe tenerse en cuenta que solo tres veces compitió en aquel lapso).
Tras la derrota provincial, Negri apareció como una nueva posibilidad de renovación en la UCR. Para eso, debía retener la Intendencia de Córdoba venciendo en 1999 al ucedeísta Germán Kammerath, que contaba con el apoyo de De la Sota. Una travesura de Martí, que bendijo la candidatura del radical Carlos Rossi por un partido vecinalista le restó votos a Negri y lo más importante del mapa cordobés quedó definitivamente en manos del peronismo y sus aliados.
Ahí la crisis y los gritos por una renovación se extendieron en toda la UCR. Como conservaban intendencias de peso en el interior, los radicales no capitalinos comenzaron a reclamar la condición de renovadores. Fue como el mito del buen salvaje: extramuros vivían los buenos. Sin embargo, los intendentes nunca llegaron a formar un polo de poder dentro de la UCR, ni siquiera cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo para competir en elecciones internas, y hasta fueron señalados por los capitalinos como demasiados cercanos, o directamente funcionales, a De la Sota. Algunos de esos intendentes que encabezaban la esperanza radical terminaron convirtiéndose al kirchnerismo, como el sanfrancisqueño Hugo Madonna, o se refugieron en los brazos de denunciadores antiradicales, como el riocuartense Antonio Rins con Luis Juez, por nombrar los más expectantes.
El radicalismo capitalino, o central, apostó una y otra vez a Oscar Aguad (al punto de que éste batió el record de cantidad de elecciones encabezando boletas, por encima de próceres partidarios como Amadeo Sabattini o Eduardo Angeloz) y a Negri. Las derrotas se sucedieron, cada vez más amargas.
La UCR dio vueltas en círculos, pero una nueva esperanza surgió. Tras la muerte de su padre, Ramón Javier Mestre buscó reconstruir al mestrismo. Primero, compitiendo en elecciones internas, y en 2007 presentándose como candidato a intendente por la UCR. No ganó, pero hizo una buena elección como para ser considerado el abanderado de la renovada esperanza radical. En 2011 le devolvió el orgullo a los radicales al recuperar el Palacio 6 de Julio, y todas las presunciones parecían cumplirse. Buena parte del radicalismo giraba en torno suyo y el que no era mestrista era panmestrista, y si no, apenas minoría anecdótica.
Como una estrategia más parecida a la enseñada por su padre que las desarroldas por el último caudillo partidario, Angeloz, Mestre creyó que al mismo tiempo que taponaba a los más jóvenes como Rodrigo de Loredo debía jubilar a la generación mayor, y quiso mandar a Oscar Aguad, Mario Negri y Miguel Nicolás a alimentar palomas. El plan podría haber llegado a feliz término si la gestión municipal hubiese sido satisfactoria para los cordobeses, pero siete años después hay muchas críticas en las calles. Aguad se corrió de la escena provincial para dedicar sus horas al gabinete del presidente Mauricio Macri. Nicolás desafió en una temprana interna a Mestre y le mostró los límites de su idea. Y Negri esquivó las esquirlas, recuperó crédito en el Congreso Nacional y reapareció en Córdoba para disputarle a Mestre la candidatura a gobernador.
A pesar de ser reelecto en 2015, lo que renovó las ilusiones radicales de ir por el premio mayor de la política provincial, Mestre estableció sus propios límites al no poder crear aún un mestrismo con mayúsculas; es más, convirtió a los no mestristas en antimestristas, y en esa lucha se encuentra ahora el partido radical.
Veinte años después de aquella derrota dolorosa para ellos, los radicales juegan por la interna y p or la general. Quieren derrotar al peronista Juan Schiaretti, pero también definir el liderazgo del partido.
La lucha es, hoy, entre el renovador aletargado y el viejo principito de Renovación y Cambio.



1 Comentario

  1. Ramoncito Mestre, desperdició DOS OPORTUNIDADES DE ORO para trascender y asì legitimar sus ambiciones de gobernador. Pero, asi como vemos con sana envidia como la ciudad de Mendoza, LA LEY ha logrado erradicar las actividades mendicantes, disfrazadas de trabajo, como naranjitas, limpiavidrios. En la SEGUNDA ciudad de la Argentina. eso no es posible. ademàs de no haber podido erradicar a los carreros y mucho menos a los basurales a cielo abierto que existen hasta en zonas residenciales y…¡CALLLES ASFALTADAS!. En la UCR, cualquier otro que no sea Mestre, puede generar mayores espectativas de triunfo, incluso el “jubilado” Negri, que con experiencia y vinculo con el PODER central, podría ser muy POSITIVO para Còrdoba y así evitar intermediarios “caros”, como Schiaretti

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